Por: Neftalí Coria
No había nada más en ella –salvo la belleza–, que me mantuviera cautivo como lo estaba acá, con ella en mi casa. Y aunque algunas veces eso –pese a ser un espejismo–, es suficiente para desbarrancarse en el amor.
Sin poder evitarlo, seguí en la escritura sin importarme a dónde me llevaría el destino con mi Lobita:
–¿Me invitas otra? –me dijo levantando el brazo con la copa de vodka y un pañuelo blanco para que la viera el mesero.
–Sí –le dije.
Sabía que todo estaba perdido, que era una más que usaba a los hombres, como era tan común y ordinario en aquel mundo del que en ese momento decidí salir antes que la embriaguez me traicionara. Yo que soy abogado y tengo la suspicacia había crecido en mi trato con las personas. No podía ser víctima de un vulgar juego en el que solo mi dinero, era la carta con la que se juega.
Le trajeron la copa del vodka (rebajada con agua por supuesto), no sin antes –en secreto– recibir una orden del mesero que le dijo, “te están esperando en la seis”. Y como si no le hubieran dicho nada, me miró sonriente, y me dijo:
–Salud corazón –levantó la copa con una sonrisa que adiviné falsa.
Chocamos vidrios y nada dije. Estaba seguro que sería la última copa que pediría. Y así fue. La bebió con rapidez y se fue. Nada más dijo, ni hubo manera de pedirle una cita más. La vi marcharse. Hermosa como un ángel.
Nunca más se volvió a mirarme. Reía entre aquellos hombres que se divertían con otras tres de sus compañeras. Eran personajes típicos y ella estaba incrustada ahí, hasta el fondo.
Pagué y me fui pensando que nada tenía qué hacer. Lamentaba dejar aquel lugar con una especie de herida a la dignidad ¿Qué me había hecho creer en ella? Con otras mujeres me habían sucedido momentos parecidos. Maldije mi ingenuidad olvidadiza.
En el estacionamiento le di unas monedas al joven que también fingía amabilidad conmigo –por dinero, claro–.
–Todas son iguales– le dije.
–Así es mi hermano –dijo sonriendo–, todas…
Me fui de ahí con un sabor triste y decidido a dormir, di vuelta en las calles rumbo a mi casa. Quería olvidar aquel encuentro, en el que el único que se había ilusionado como idiota, era yo. Había en mis labios un sabor negro que me lastimaba.
No había por qué estar triste por una ilusión que nada que no fuera mi sensibilidad me la había dado, pero no podía evitar estar triste. Cuando estaba en la cama, no supe cuándo me dormí.
Vino el nuevo día. No debía dejarme vencer por aquella decepción. No era para darle la importancia mayor a la que tenía. Era una puta más y como todas, haciendo su trabajo.
Dejé de escribir y fui a ver a Paura que ahora veía una película. No parecía ser la misma que acababa de ver en la novela. ¿Estaba fallando la escritura o su personalidad había dado un sesgo que no correspondía? Tuve paciencia y me senté junto a ella. Me recibió con ternura. ¿Qué examen debí hacer antes con aquella mujer a la que ya amaba? ¿Por qué tuve la impresión que me hizo retirarme de la historia con un sobresalto? Algo estaba descompuesto en las palabras, o no fueron las indicadas. Algo se rompió en los deseos míos por soñar con las mujeres buenas, porque lo primero que hago es creer que las personas son como yo pienso y no, luego viene la sorpresa.
Abracé a Paura y poco más tarde debía salir de casa. Le dije a Paura que viniera conmigo, pero prefirió quedarse. Estaba interesada en la película. Cerré con llave las puertas del cuaderno, guardé a Lobita en su casa. Fui por Vanessa al patio y cuando la cogí extendió las cuatro patas y estiró el cuello (señal conocida que no quería moverse).
Por alguna razón enfilé rumbo al centro. Llegaba la noche. Decidí caminar sin rumbo y hasta después de caminar, pensando en Paura en la novela, Paura en la realidad, Paura en los dos ámbitos que no parecía ser la misma. Me preguntaba donde estaba esa bisagra que separaba su personalidad ¿O es que la de la novela era la verdadera y en la realidad –a la que amaba–, estaba actuando como la buena en el amor y la vida? La escritura no miente, la escritura se somete a un dictado que nace de la imaginación que no debe mentir y puede ser capaz de copiar la realidad, pero no de traicinar. Quise entender aquella diferencia, pero no pude encontrar respuesta.Volví a la casa. Paura dormía. Tuve la sensación que da la culpa, pero no sabía por qué. No podía entender. No pude mantenerme despierto frente aquel nudo ciego. Recordaba lo escrito en la escena donde me dijo “corazón”.
Despertamos temprano. Paura hizo el desayuno. Desayunamos. Ella estaba alegre.
–Sé que estás escribiendo mi nueva casa –me dijo.
–Si, así parece –fue lo único que pude decir.
Estaba desconcertado. Me dio un beso tiernísimo y me dijo que me quería, que estaba feliz a mi lado y que no quería dejarme nunca.
–Iremos juntos a mi casa de palabras –me dijo–, allá seremos los enamorados más felices del mundo.
Callé. No sabía qué decir, ni podía decirle nada de lo que estaba sucediendo.
Sonó mi teléfono con un número desconocido. Por alguna razón quise contestar.
–Buenos días, soy Anabel –escuché la voz compacta de la Ficticia.
Le dije que estaba ocupado, que me llamara un poco más tarde.
–Solo hablo para decirle que el lunes próximo, lo espero en el mismo bar a las ocho y tiene la obligación de ir –dijo amenazante. Colgó.
