Niña italiana con flores (1886) Joaquín Sorolla

Óleum: Columna sobre arte
La luz de las cosas
Estefanía Riveros Figueroa
Grosso modo, la Historia del Arte se puede dividir en las siguientes etapas: Arte Prehistórico, caracterizado por las pinturas rupestres y las cerámicas decorativas; el Arte Antiguo, monumental y desde una visión “eurocentrista”, enfocado a las grandes civilizaciones antiguas: Egipto, Mesopotamia, Roma y Grecia; el Arte Medieval que nos legó hermosas construcciones de manufactura románica y gótica; el Arte Renacentista y su valiosísimo aporte que fue el punto de fuga; el Arte Barroco y Rococó, con sus respectivos dramatismos y claroscuros; seguido por el Neoclasicismo, con sus intentos de revivir la Antigüedad Clásica, el Romanticismo que valoró lo exótico y lo emocional; el Arte Moderno y el Arte Contemporáneo, donde el quehacer artístico se diversificó en una miríada de vanguardias y escuelas, caracterizado por el arte que se libera (para bien, o para mal) del financiamiento de los mecenas y se expone en museos y galerías, más allá de colecciones privadas o por encargo. Después del Arte Contemporáneo, hay quien considera que el arte ha muerto y que no queda más que aportar, pero esa será discusión para otra ocasión.
Hoy admiramos una obra moderna, que encarna gran parte de la esencia de la pintura moderna del siglo XIX, cuyo autor fue el pintor español Joaquín Sorolla, a quien podemos considerar un puntal en la pintura española, una transición entre el impresionismo y el realismo social. En su faceta impresionista, lo que más llama la atención de las obras de Sorolla es su manejo de la luz, un concepto fundamental de esta escuela.
Surgido en el siglo XIX y respaldado por las innovaciones científicas de las pinturas que se podían contener en tubos de óleo que permitían pintar au plein air (al aire libre), los impresionistas basaban todos sus esfuerzos en retratar la impresión de la luz (de ahí su nombre) en el instante presente. Era como pintar a contrarreloj, para ellos, la quintaesencia de las obras era poder capturar la vibración de los colores iluminados por la luz natural y ¡Misterio aún más glorioso! Que, al ver sus cuadros, uno sintiera como si fuera un instante suspendido, donde la interacción de la luz con los objetos y los elementos del cuadro, es la protagonista. Esto permitió que las pinceladas fueran más sueltas y menos precisas que las corrientes académicas anteriores.
Por supuesto que Sorolla pudo captar la importancia de la luz y hablar de luz no es solamente hablar de un concepto abstracto, porque el componente geográfico juega un papel trascendental. Joaquín Sorolla es reconocido por saber capturar la luz del Mediterráneo. Esto llama poderosamente la atención cuando observamos el cuadro que nos ocupa hoy, titulado: “Niña italiana con flores” (1886). Este cuadro de aire inocente y paleta sobria, nos comunica un momento muy específico del mediodía y más propiamente, de cómo el pintor percibió la luz en Italia, donde pasó una temporada.
Tal vez para nosotros mexicanos que nos encontramos en un país de mucho sol y colorido, estemos acostumbrados a ese tipo de escenas donde la luz cae a plomo y proyecta sombras difusas en el pavimento, pero imaginemos por un momento lo que un cuadro soleado significaría para un inglés, un holandés o un nórdico, etcétera, que para ellos el Sur como son España, Italia, Grecia, se convierten en paraísos cálidos de luz y color.
En la obra de Sorolla observamos el poder de la luz para transmitir temperatura y brillo. Primero nos lleva al centro del cuadro, donde prestamos atención al cuello puro, rematado por una melena castaña de una niña, cuyo perfil apenas asoma tras la cabellera semi despeinada y al fondo, como un telón que se pierde entre la maleza y los colores, una profusión de tonos verdes, ocres y marrones, muy parecidos al vestido que lleva la cría. De entre sus semi bucles, surge el pabellón tímido de su oreja derecha y las pestañas las podemos adivinar porque tiene la mirada puesta en unas flores, que nos ven, que nos regresan la mirada con su corola ¿Qué flores? Son unos geranios, por supuesto, flores que sustentan la idea de calidez y sol propios de su especie, muy comunes en Italia.
Frente a la nariz respingada de la niña, surgen este par de geranios blancos, orlados y altivos, y aunque no compiten con la protagonista, realzan el gesto natural y orgánico de la obra. Como observadores, podemos sentir que la perspectiva del cuadro es casi aérea y nos transmiten un momento sereno e ingenuo. No solamente los rasgos infantiles nos confirman que la modelo es pequeña, el hecho de verla de perfil y un poco desde arriba, nos da la sensación de que somos más altos que ella, lo cual refuerza la idea de que se trata de una chiquilla, absorta en los geranios y nosotros, absortos en ella. Un cuadro sencillo, con una niña sencilla y unas flores igual de sencillas, que nos comunican la profundidad de los gestos cotidianos, cargados de vida, aunque sean sencillos…
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