Falta algo por decir

Por: Neftalí Coria

 

Siempre falta algo por decir, así lo he visto siempre. Hay algo que se quedó en el silencio para siempre o algo que se dijo tarde y su efecto ya fue el mismo que hace un objeto de hojalata en una calle sola.

Y cuando no se dijo aquello a tiempo, aquello que pudo cambiar la historia de la persona que no oyó lo que alguien no le expresó en la oralidad, aquello que no evitó llevarlo a la desgracia o a la emancipación, me pregunto dónde queda aquello que no se dijo, lo que por la razón que fuera, se quedó en la punta de la lengua y dejó que la historia se fuera a donde unas palabras pudieron haberlo evitado, o también pudo ser un impedimento para que la historia tuviera lo que puede llamarse triunfo.

Siempre he pensado en todo ese mundo de palabras que no se dijeron, e imagino que esas palabras bien o mal pensadas, viven en el tamiz oculto de todo lo que se perdió, como se pierde el amor que no llegó al corazón de la persona amada. Y esas palabras que pueden igual estar en la basura o en un resonador escrito, pero en el cajón de las cosas inútiles a las que el tiempo las mató.

Cuántas prédicas, cuantas teorías se quedan en las entrañas de la oscuridad del silencio o en las cuerdas del olvido como si nunca hubieran sido nada, y lo peor, como si nunca hubieran existido.

A mediados de los noventa, escribí un poema que se pregunta ¿En dónde están los poemas que no se escribieron? (publicado en mi libro “Cuaderno Infiel”, Col. Los Cincuenta; CONACULTA/Instituto Cultural de Tabasco, México, 1996, p.p. 134). El poema hace un recorrido por sitios humanos donde los poemas pueden navegar como si fueran otra cosa y cínicos, que abandonaron a su poeta, viven en el mundo con un disfraz y con una distinta apariencia, con la que nadie los descubriría como los poemas que pudieron ser.

Imagino una multitud de poemas que viven en los tragos de alcohol, en los momentos de tristeza, en las fiestas del alma cuando llega la felicidad como tempestad (dice Pascal Quignard que “La felicidad es un desconocido que llega como una borrasca a la rivera”). Los veo ir por la calle con un paraguas o vestidos como pordioseros, o en la fila del banco llorando por el dinero que no necesitan, porque al final su naturaleza de poema, no necesitan nada, por el contrario, de haber sido poema, le darían una limosna al mundo. Esos poemas que nunca verán su propia armonía en las palabras de un verso, viven en el exilio de los cuadernos y el dominio del poeta. Nadie los nota y los usa como las cosas y utensilios que nada tienen que ver con ese efecto magnético que tienen los poemas visibles.

Así, en el limbo, vive aquello que nunca le dijimos a la mujer que no supo que daríamos la vida por ella, a la que no le dijimos que no se fuera, y se fue porque no hubo las palabras precisas para decirle nuestro deseo que no se fuera, al amigo que confundió nuestro cariño con otros lastres que otros sí le dijeron, al padre que nunca abrazamos y murió sin decirle en un abrazo lo mucho que lo amamos, a la madre a la que esperamos que muriera para solo decirle frente al ataúd que nos hizo falta, que la amamos tanto tanto, o al poderoso que podría cambiar el mundo si le hubiéramos dicho cómo hacerlo y cómo guiar al pueblo por el mejor camino y no se dijo nunca, ni hubo el momento para decirlo y se perdió. O cuando algo quisimos decirle al que ha muerto, al que se fue, a los amigos que fracasaron y en lo que no le dijimos estaba su salvación.

Aunque también pienso en lo que debemos saber sobre el tiempo que se debe hablar o callar, y eso es en la política humana la mejor sabiduría con las palabras, porque una palabra puede ser nuestra esclavitud, y aquella que callamos, puede ser un tesoro o un arma poderosa (Parafraseo a un admirado filósofo alemán). ¿Y cómo saberlo? ¿Cómo saber cuándo decir lo que se piensa y cuándo callar lo que debe esperar, como soldado ante el comienzo de la guerra?

Así, como lo he dicho al principio de estas líneas, cuando falta algo por decir en voz alta, puede ser que no fuera necesario y callarlo fue el acierto, pero cuando somos testigos que lo que debimos haber dicho era indispensable para el bien, puede ser una desgracia.

O puede suceder que lo que sí dijimos no fue dicho como debía y eso ya es otro asunto que por lo regular ocurre cuando nos falta léxico, cuando no se tiene buena relación con las palabras y creemos que con palabras en reguero y gestos basta. Pero en el común de nosotros, el uso de las palabras no es lo que se desarrolla en nuestra educación lingüística que siempre en la historia de la lengua mexicana ha fallado. Y –como lugar común–, nos hace falta la lectura, nos hace falta una infraestructura para el manejo del lenguaje con mejores propiedades, pero no es el caso en lo que he venido diciendo (¡Y sí lo digo! Aunque se crea que no hace falta).

Lo central, respecto a lo que falta o no falta por decir, es la inteligencia para saber cuándo se dice lo que se desea y hace falta, o lo que se debe callar y decirlo en el momento exacto en el que las cosas que se pueden evitar, o las cosas que se pueden conseguir con aquel dicho, se vuelven hechos consumados. Recordemos a Octavio Paz que en un poema afirma que “las palabras son actos”.

Lo que he dicho esta vez, había que decirlo, y si hacía falta o no, poco me importa, porque al que le hacía falta decirlo, es a mí, quizás a nadie más.

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