El picnic Autor AnónimoEl picnic Autor Anónimo

Óleum: columnas sobre arte

Arte malo y feo

Estefania Riveros Figueroa

 

Cuando pensamos en Arte, esperamos encontrarnos con obras bellas, que narren una historia, que el artista domine sus materiales, es decir, que tenga una técnica, que nos comunique un mensaje de forma armoniosa, proporcionada, equilibrada. Tenemos expectativas sobre lo que es bello, pero no tenemos las palabras en mente o un listado de requisitos para saber qué exactamente es lo bello o por qué algo nos gusta o nos atrae. Solemos ser más elocuentes al momento de describir lo que nos desagrada. Hay algo en nuestro cerebro que rechaza lo malhecho, las obras mal ejecutadas que nos generan repulsión o burla.

Esto es común con una obra de arte. Si una obra es de gran calidad, podemos decir que nos gusta, sin saber realmente por qué. En el fondo, nuestro cerebro percibe cuando hay equilibrio o cuando existen inconsistencias. Sin embargo, cuando estamos constantemente rodeados por fealdad, basura, calles sin terminar y entornos violentos, nuestra percepción de lo bello se distorsiona y es difícil centrar la atención y cuestionarnos: ¿Por qué esto es bello y por qué esto es feo?

En la actualidad nos han enseñado que la palabra discriminación es una palabra prohibida, porque está cargada de un mensaje indeseable y pernicioso para el bienestar de la sociedad. A la palabra discriminación se le atribuye un sentido de menosprecio, casi como si fuera sinónimo de exclusión hacia alguien porque luce o piensa diferente. Curiosamente, no se define a la discriminación por lo que es, si no por los efectos que causa. Se dice que es una acción que genera división, intolerancia y maltrato, pero es muy raro que se aduzca al origen de su etimología.

La verdadera raíz de la palabra discriminación proviene del verbo en latín discriminatio, que equivale a separación (en latín separatio) o distinción (distinctio). La palabra discriminación se ha puesto de moda en un contexto político donde no es correcto hablar de hacer distinciones en el valor de los seres humanos por condiciones tales como su apariencia, creencias, preferencias sexuales, etcétera.

Pero si le quitamos el contexto político y usamos el significado sencillo de la palabra discriminación por lo que realmente significa: separación, entonces, no tiene un valor moral, ni es reprensible. Cuando tratamos de definir qué es bello y qué es feo, sí es importante discriminar, en el sentido de que hay que distinguir, hay que separar y darle un valor a las cosas y los conceptos que contemplamos en una obra. Si no podemos separar lo bello de lo feo, no somos capaces de decir la verdad.

La belleza no es cuestión de una opinión subjetiva, ni de un mensaje político. Lo que es bello, lo es porque responde a cualidades objetivas, medibles, que se pueden comparar, que se puede discriminar, que es susceptible subirlas a una balanza y ser valoradas. Discriminar si una pintura es bella o no, no es cuestión de insultar a su autor como persona, es la cualidad de discernir si su trabajo responde a los parámetros y requisitos suficientes y de preferencia, que excedan al promedio, para ser considerado un trabajo de calidad, sublime, magnífico y extraordinario.

Contemplar el Arte reconcilia el imperativo “moral” impuesto por la sociedad de que separar las cosas y darles una jerarquía es algo malvado; al contrario, lograr discernir en el Arte es deseable, porque la belleza es algo que nos impulsa a mejorar, a ir más allá de nuestras capacidades aparentes. Un artista practica y se cultiva no para retroceder y conformarse con sus resultados, si no que está animado a perfeccionar sus habilidades y solamente sabrá si lo ha logrado, si hay una evaluación de su trabajo.

La belleza se puede evaluar, tanto es así, que puede probarse con proporciones matemáticas y las matemáticas no son cuestión de opinión. La proporción áurea es una relación matemática muy famosa que genera armonía y equilibrio. En el cuadro que vemos hoy, que se exhibe en el Museo del Arte Feo de Boston (Museo MOBA por sus siglas en inglés) podemos ver a una pareja recostada bajo la sombra de un árbol. A su lado hay un lago, al fondo una ciudad y del follaje del árbol emerge una cara vegetal de perfil. La premisa cuenta una historia, el cuadro se titula “El Picnic” y es de autor Anónimo. Al ver este cuadro, muchas personas pueden identificar la historia que recrea como una experiencia personal, pero ¿Por qué este cuadro es feo? Cumple con la premisa de narrar algo, pero su ejecución es deficiente.

Los trazos de la pintura son planos, los colores opacos, no hay profundidad ni equilibrio en los tamaños de los objetos retratados. No hay sombras ni luces que nos indiquen el volumen de los objetos, los cuerpos de las personas no corresponden con las proporciones de cuerpos humanos reales, el tronco del árbol que los acoge, ni siquiera tiene textura rugosa, las barcas del fondo se diluyen en el azul del lago, que parece artificial, plano, sin vida, como si una cubeta de impermeabilizante se hubiera derramado. Un lago real, no es solamente una alfombra azul, tiene matices, puede tener partes verdosas, amarillas, negras, blancas… No hay atención al detalle, a los tamaños, a los colores de la realidad que pretende emular. Contemplar Arte permite discriminar, en todo el buen sentido de la palabra lo que meditamos anteriormente y como ejercicio de reflexión, nos mueve a no conformarnos con lo que está mal ejecutado o a medias, como es el ejemplo del cuadro de hoy. Aprender a valorar el Arte nos permite aspirar a un mundo más bello y mejor.

Comentarios al correo: erf.literata@gmail.com

 

El picnic Autor Anónimo
El picnic
Autor Anónimo

Deja un comentario