Por: Neftalí Coria


Nunca se entienden los principios, ni se aprende de los anteriores la manera en la que llegan a la vida ¿O al trabajo? Por alguna razón llegan palabras, retazos de momentos vividos, imágenes que sorpresivamente vuelven sin explicación, imágenes de cosas que se amaron y envejecieron en nuestras manos, imágenes que nos arrebataron, sueños que no se olvidan y sensaciones que vuelven y muy poco se entienden. Así se escriben poemas nuevos y nadie está para entender a la madre memoria que devuelve y quita el pasado a capricho de puta.

Ahora he visto una mujer corriendo por la arena de una playa y viene su voz. La escribo y crece lo que va pronunciando. Llega a la página, su voz es un latigazo, una obligación que sin remedio hago mía y se escribe con mi mano, casi involuntaria y luego aparecen otras voces narradoras que ven a la mujer corriendo, y se empujan por narrar lo que ven de la mujer, y entonces pienso en un enjambre sonoro que tiene prisa por sonar en sus palabras, entre la punta de la pluma y la luz de la tinta, el papel. Y yo quedo a expensas, obediente para copiar en la escritura la faz de este loco enjambre de música. Y días después, no se puede escapar de esa persecución. No es posible escapar, pero me pierdo en las cosas simples que se deben hacer cada día y hay que volver al cuaderno; escribir lo que no se sabe, pero que en esos empujones que no sé qué manos me dan, hay precisiones de la historia. La novela es un padecimiento, pienso.

Y uno de esos días he despertado enfermo de quién sabe qué cosa y no puedo levantarme del sueño, ni de la vigilia. Y cuando por fin estoy de pie, voy a escribir, como si supiera el camino.

Y así da comienzo una historia que no sé a dónde me ha de arrastrar, e inexplicablemente me alegra, como al tonto que descubre por azar un pequeño tesoro y camina con él en las manos. Y lo único que sabe, es que debe protegerlo y esculpirlo con el mismo amor que a la vida profesa.

Estos han sido días de principios, porque también se comienza el trabajo escénico de la obra de teatro que he de dirigir. Y se tienen visiones de las nuevas escenas que hay que construir, como si fuera el principio de la construcción de una casa o una carretera. Y comenzar un trabajo escénico, también se viven momentos maravillosos, aunque me pregunto por las necesidades que esta aventura tiene en sí misma.

Se vive como para el levantamiento de esas imágenes que se han visto en los primeros días en que hubo el primer acercamiento con la historia. Y lo que ahora he de llevar a escena, proviene de una novela indiscutible de la que hice una adaptación y ya de solo ver que tal obra es una joya de la literatura latinoamericana, impone. Pero lo interesante también es la edad que tiene la lectura. La leí a finales de los ochenta, y ya lo he recordado en otra entrega, que fue una lectura que me arrebató a creer que se trataba de algo que había visto en otras historias, pero en ninguna como en la que tenía ante mí. Me refiero a “El túnel” de Ernesto Sabato, que con esta edad de lectura, pude atreverme a llevarla a la plancha de la adaptación para convertirla en guión teatral.

Y es que no he visto nada más parecido a una cirugía, que la fragmentación y análisis de una obra que debe transformarse en el género de la interpretación escénica, para darle cuerpo, de ser novela, a convertirse en un texto dramático, y que tenga en paralelo la misma complexión, que su cuerpo vuelva a ser ideal para sus fines, y sobre todo, sin llegar a traicionar lo esencial, que el autor del texto narrativo construyera –en este caso–, con la maestría que la breve novela de Sabato fue escrita.

Si bien, tengo derecho a no saber por qué es que el enjambre de voces me llevan a escribir –no lo sé aún– una novela, cómo no saber el porqué de la elección de esta otra novela, para llevarla a escena. En primer lugar, hay que poner en claro la capacidad y si acaso el conocimiento del autor, es suficiente para tal empresa. No me atrevería por ningún motivo hacer lo propio con autores de los que desconozco hasta el idioma.

Siempre he creído que las razones de elección de una obra para montaje, están en nuestras obsesiones y en lo que la vida nos dio para el aprecio de la belleza del mundo y los abismos del alma del ser humano. Aprendí que desde la elección del texto, está el destino de una puesta en escena (en la escuela, era la calificación). La obra elegida, debe tener mucho qué decirle al público del tiempo en que se monta, aunque eso puede variar, cuando la belleza de la obra, debe imponérsele al público, que no siempre sabe lo que necesita, y aunque también la obra, debe también lograr situarse en el alma del espectador y darle al menos, una nueva pregunta.

Los principios siempre son nebulosos y no puede saberse el final de lo que se emprende. Creo profundamente en que la entrega al trabajo, da frutos, siempre y cuándo, la entrega a lo que hemos dado en llamar creación, se viva allá adentro, al fondo, en las venas mismas de la obra, en el hermoso lodazal de la sangre misma, por la que se navega en los momentos de amasar y levantar en la página o el escenario, una obra con la limpieza y la fuerza de su propio cuerpo.

Aunque no puedo negar, que cuando he estado parado en un principio, ya en el segundo renglón o al borde del escenario, dudo. ¿Pero qué es dudar? Reconocer sin soberbia que todo puede suceder. Y ya lo veré pronto.

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