José Juan Marín


Pepe Mujica de 89 años, el austero expresidente de Uruguay falleció el martes 13 de mayo. Filósofo sin pelos en la lengua, ofreció la sabiduría de una vida plena mientras luchaba contra el cáncer.

 

«Ya terminó mi ciclo. Y el guerrero tiene derecho a su descanso». Dijo José Alberto Mujica Cordano.

 

Como tributo a un hombre público ejemplar van estas palabras, aunque mis palabras no estén a la altura de su testamento cómo ser humano.

 

Hace una década, el mundo sintió una fugaz fascinación por José Mujica. Era el informal presidente de Uruguay que había rehuido del palacio presidencial de su país para vivir en una pequeña casa y junto a su perrita Manuela de tres patas.

 

El legado de Mujica será algo más que su pintoresca historia y su compromiso con la austeridad. Se convirtió en una de las figuras más influyentes e importantes de América Latina en gran parte por su filosofía franca sobre el camino hacia una sociedad mejor y una vida más feliz.

 

Provenía “de la cultura del esfuerzo”: esa que no se aprende en grandiosos tratados ni en estudios de excepción, sino al ras del piso, en las cuestas del hambre, quemando suela y haciendo milagros con el diario vivir.

 

Desde aquí, desde este espacio, comparto mi humilde homenaje hacia el ser humano que amó al ser humano, hacia el político que hizo de la política un acto de servicio al prójimo.

 

Por esa razón, y porque las obras son inseparables de quien las crea, es necesario no olvidar con la inteligencia despierta, no olvidar con la sangre del corazón, no olvidar con las cicatrices del tiempo la gran enseñanza crítica que nos dejó, en presencia y en ausencia, Don Pepe Mujica.

 

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