Los Ficticios (4)

Recordé el cuento del autor de El llano en llamas

 Por: Neftalí Coria


De principio no quise creerle, aunque vestía con ropa de campesino de muchos años atrás. Lo observé y en ese instante creí que me estaba tomando el pelo.

–Ese cuento del escritor de Jalisco, fue escrito hace mucho –le dije– y el cuento al que usted se refiere, sucede en los años veinte del siglo pasado.

–Así es.

–¿Cómo es que usted en pleno siglo XXI siga vivo?

–Los hombres como yo no mueren y a lo mejor ni siquiera viven, hasta encontrar destino en una historia –respondió–, pero debemos encontrar a un autor que nos ocupe, y ya estoy en tratos con uno de ellos, aunque no creo que su obra pueda superar a la de mi primer autor, pero ahí no muero. Si hubiera regresado a la historia donde llegué a la vida, hubiera sido un ahorcado más.

Recordé el cuento del autor de El llano en llamas, y por supuesto, nunca lo mencionaba, pero era claro que me decía la verdad. Todo tenía sentido cuando recordé aquel encuentro en la Central camionera de Tepatitlán en los años 90’s, donde aquel campesino me reconoció, porque Los ficticios reconocen a los que tienen por oficio construir personajes, como las muñecas reconocen a las mujeres que las confeccionan.

Se despidió y se dirigió a la puerta principal. Allá desde la puerta levantó la mano con una sonrisa. Vi como desapareció en la noche cálida, como se desvanecen los fantasmas.

Cuando se fue aquel campesino de la época de la Guerra cristera, me di cuenta que me dejó un pequeño escapulario y un papelillo que decía “póngaselo”. No quería nada, solo hablar, decirme que era uno de ellos, o de menos que no me olvidara que hay muchos por ahí desperdigados, como almas errantes o espíritus encarnados que aparecen y desaparecen ante quien a ellos les da su gana. Admiro ese poder que tienen, porque muchas veces yo he querido salir a la calle o al café y no encontrar más que a quien quisiera ver, pero siempre encuentro personas ante las que quisiera ser invisible.

En aquel viaje rumbo a Guadalajara, una mujer mayor me miraba con tal extrañamiento que me inquietó. Hasta que no pudo aguantar la pregunta:

–Disculpe, ¿de quién se despedía allá en la sala de espera? Porque vi que levantó la mano, pero no había nadie en la puerta.

–Era un amigo que vino a traerme algo que olvidé.

–Ah… no lo vi… –agachó la mirada–…un amigo, ah… –dijo con el mismo extrañamiento y una mayor incredulidad.

Se volvió hacia la ventanilla en el asiento de al lado y me miraba intermitentemente de reojo, pero no me volvió a mirar de frente. Lo entendí. Era seguro que por discreción, no me preguntó si hablaba solo, pero entendí que me vio hablar con aquel personaje escapado de un cuento del Juan Rulfo y recuerdo bien, que desde la puerta de la Central, el campesino se volvió hacia mí y agitó la mano diciéndome adiós. Yo hice lo mismo. La mujer no lo podía ver, para ella era invisible. Aquel tipo solo existía para mí y por su deseo de hacerse presente. Y eso es algo de lo que podemos decir que es su libertad de elección, porque ellos pueden hacerse presentes y aparecer ante los reales y ficticios por donde vayan. Y lo más sorprendente, es que pueden cobrar la corporeidad necesaria para que su presencia sea completamente humana, como cualquier persona de esta realidad en la que sus movimientos, su peso, su composición corporal y humana, son totalmente normales. Y aunque pareciera una extraña magia, es un fenómeno que Los ficticios viven y eso les da un gran poder.

Están por todas partes y yo con mucha frecuencia los encuentro. Y me preguntarán por qué los veo o por qué se presentan ante mí. Es una pregunta que yo mismo me he hecho sin poder descifrarla, simplemente un día lo supe y me di a la tarea de comprobarlo, y como hacen todos los que padecen la curiosidad, los busco hasta inconscientemente.

Claro que mis amigos y otros más, podrían decir –sobre todo aquellos que no entienden los laberintos de la literatura–, que he cruzado la puerta de la locura y esta es la prueba, aunque sin las comunes alteraciones de echarme a caminar por la orilla de la carretera descalzo con trapos arrastrando, o hablar solo por todo Madero, increpar a los árboles del Bosque Cuauhtémoc o que me vean frente a los portales cantando consignas como: “¡Lávense las manos pecadores, que se aproxima la redención!” O a grito abierto: “¡Arrodíllense que está por llegar Jesucristo a la Plaza de Armas!”. Pensarán que de tanto imaginar, ya llegué a creer que lo que imagino es real; parecido a lo que le sucede a don Alfonso Quijana, que “de tanto leer (escribir) se le secó el celebro”. Y lo entiendo, pero a esta altura de mi oficio, no puedo hacer otra cosa, más que seguir mis instintos y correr hasta alcanzarlos.

Ahora que voy a comenzar la búsqueda de ese hombre, todavía no sé la razón para ir a buscarlo, ni entiendo mis intenciones de encontrarlo. La historia que prometió contarme no me interesa, ni es posible darle trabajo en la novela que ya está escrita, terminada y publicada; además no soporto su rata inmunda que vive en el bolsillo de su saco.

Quizás haya algo más que me interesa en ese hombre y todavía no lo he podido entender. Es un misterio que me seduce: el solo hecho de poder mirar un ser que pertenece a un mundo en el que yo también –cuando escribo– creo pisar. Y se preguntarán ¿Por qué esos seres no se ven, mientras a simple vista, arrastran su “vida” como veletas sin destino, o engañados y con la esperanza ilusoria de entrar a ser parte de esos edificios verbales que son los cuentos, las novelas y las obras de teatro? ¿Quiénes son…? ¿De qué están hechos…?

Yo comencé por hacerme la misma pregunta cuando escribí mi novela: Novelista y el pájaro ciego. Y comencé a verlos siempre, desde entonces.

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