José Juan Marín
El gran problema de nuestro tiempo son los fanatismos -de tipo religioso o político- y su pariente gemelo los radicalismos.
Por eso, porque hemos desarrollado una tolerancia imperdonable hacia el radical y el fanático, por eso el mundo anda como anda.
No hemos hecho crecer la serenidad y la mesura en nuestras vidas, por eso la agitación neurótica y la desmesura parecen controlar el mundo.
Un ejemplo de esto es la adoración ciega e irracional de ídolos de barro y de “becerros de oro”, que han crecido en el ánimo, gracias a sus creencias torcidas y al fanatismo de sus lemas y banderas.
Otro ejemplo de esto es la pulsión de guerra y destrucción que, desde febrero de 2022 y hasta la fecha, se ha adueñado del mundo.
La guerra que desató Rusia al invadir a Ucrania, la guerra que en semanas recientes desató el ataque de Israel a Irán. Son otros ejemplos del daño que hacen el fanatismo y el radicalismo en el mundo.
La moraleja y la lección de todo esto es que en el mundo crecen y toman carta de normalidad, preocupantemente, la desmesura, la falta de juicio y el extravío de la racionalidad.
En muchos países ocurre el mismo fenómeno que trae al mundo de cabeza: se premia al que daña y destruye, en lugar de alentar a los espíritus mesurados que buscan la convivencia y no la confrontación.
Dice el gran escritor israelí, Amos Oz: “Creo que el síndrome del siglo XXI es el choque entre los fanáticos de todos los colores y el resto de todos nosotros”.
La solución es una sola: en el mundo, no tienen otro camino que apostar al imperio de la mesura y la racionalidad.
