Por: Neftalí Coria
Cuando desperté, la tenía pegada a mi cuerpo. Era imposible dejar de pensar en aquel desvío de Paura en el que estaba seguro que había visitado con su memoria inteligente, algún escollo en el que su personalidad, no era la de la cara de amor que me estaba dando fuera de su novela. Quizás temía ser descubierta. Pensaba y giraba mi pensamiento en torno a las dos Pauras. Ella aún no había despertado.
Hice café. La mañana avanzó y dudaba si escribiría la novela o abriría un libro para hundirme en la lectura. Seguimos la rutina que comenzaba a encontrar modelos de acción; hacer el aseo de la casa, recoger, lavar trastes del desayuno. Nos repartimos de buen humor los quehaceres. Yo después ordené libros huyendo de abrir las puertas del cuaderno de Paura. Temía avanzar en aquella historia que la pluma y la mano parecían escribir solas, pero en ese momento, me resistí.
Muchas veces, en el tránsito de la historia mientras escribo, temo llegar a los momentos determinantes en los que se avecina una catástrofe para uno o más personajes, o sencillamente para la historia. Siempre titubeo porque esos fantasmas morales de no hacer daño a nadie, saltan como si de verdad importara, hasta que llega la formidable frialdad de novelista y ya no importa quién sufra, quién muera, y de mi mano nace el encuentro con la desdicha de cualquiera y sin remordimientos.
Pasé el día escapando de escribir y con los ojos puestos en la cita que por la noche tendría con Anabel. Le dije a Paura que iría al bar El pez en llamas para ver a Anabel. Prefirió quedarse.
–No conozco ese lugar –dijo.
–Para que lo conozcas, vamos –le dije.
Quiero dormir temprano y terminar de ver la película que estoy viendo.
Llegó la tarde y salimos con Vanessa a nuestra tarde de jardín. Pasamos un buen rato contemplando el cielo azul profundo.
Cuando nos fuimos rumbo al bar de la cita, Vanessa se durmió. Estacioné el coche sobre el Boulevard y entré al bar a las 8:02. Allí estaba Anabel en una mesa del fondo. De inmediato sobresalía su elegancia. Enfundada en una chamarra para la lluvia, botas rojas y jeans ajustado. Se le veía cómoda. Me sonrió. Se levantó y nos saludamos con un beso discreto. Pedí una cerveza. Me agradeció que hubiera asistido a la cita. Confesó estar entusiasmada y con las esperanzas renovadas por volver a habitar su mundo.
La mirada de aquella mujer era de una ternura, que de inmediato pensé que no merecía morir en nombre del amor, como ella me lo había dicho. Me pregunté si sus esperanzas de habitar la ficción, dependían de mí. Claro, Anabel esperaba que mi escritura la devolviera al mundo en el que viviría “de verdad”, como ella misma lo dijo en ese momento:
–Hace mucho padezco la soledad como una enfermedad –me dijo enseguida.
Vi la desesperación que padecen los abandonados cuando se encuentran frente a la única tabla de salvación. Y yo era esa tabla que había buscado y encontrado. No me quedaba más que escuchar los deseos de la joven valiente, que era capaz de morir de amor, o por el amor vivido, morir.
En aquel momento que la miraba de cerca y hablaba como una ilusionada, comencé a admirarla. Era una mujer joven. Y nunca me ha conmovido más, que una persona joven sufra la soledad. La seguridad, la entrega al amor y la muerte eran verdaderas y lo estaba leyendo en su mirada.
Trabajaba en un asilo de ancianos y la observación de la vejez le había dado una conciencia clara de la vida y la muerte.
–Si algo he aprendido –me dijo con seguridad–, es que la vida puede valer tan poquito, y yo pasé mucho tiempo dándole un valor que no tiene, si no se vive con amor.
–Aunque la vida puede ser hermosa –le dije.
–Un espejismo, como el que ahora estás viviendo –me dijo mirándome a los ojos.
Me quedé en silencio por un momento.
–¿Espejismo? –le dije con desconcierto.
–Sí, la vida se puede vivir y creer que es hermosa cuando vives en un espejismo.
–¿De qué espejismo hablas?
–Los escritores siempre viven en el espejismo, en la bruma –hablaba claro–, en la neblina de las confusiones y no pueden hallar diferencia entre lo que es amor verdadero y las máscaras que el amor se pone para representarse.
Me molestaron sus aseveraciones, y aunque razonables, no quise discutirlas. Siguió hablando:
–Los escritores, creen que el dominio que tienen con las palabras, lo poseen en el dominio de los sentimientos en su realidad, pero siempre fallan y creen que el amor está siempre donde ellos creen haberlo encontrado. Y ese es tu caso; la mujer que amas, necesita de tu amor, pero ella no sabe amar, ni conoce el alma que ama. Su alma es negra, metálica, y como el metal, dura, indolente, necia.
Sentí un escalofrío por todo el cuerpo.
–¿Hablas de Paura? –pregunté con la voz temblorosa.
–¿De quién sino?
Sabía de mí y de Paura. ¿Quién era Anabel? Era posible que lo que me estaba poniendo en la cara, era lo que en la escritura de la novela estaba descubriendo.
–Por qué me dices eso –le dije con cierta molestia.
–No puedo callarme y mucho menos puedo guardarme algo que sé muy bien.
–¿Y qué ganas tú? –la increpé al borde del enojo y decidido a abandonar aquel lugar.
–Lo mismo que ganas tú, dándole a esa mujer la posibilidad de salvarse de esta pestilente realidad.
No podía creer lo que estaba escuchando en voz de aquella mujer, que también deseaba subir a su novela. Y si ella estaba dispuesta a morir en su historia, no podía mentir, porque quien va a la muerte, lleva la verdad en el corazón. Y su dicho tenía esa textura que en la verdad, siempre brilla y lastima.
En ese momento vi en el umbral de la puerta del bar a Lord Anton, Agripina y al de la gabardina con la rata en el bolsillo. Levantaron la mano saludando a Anabel y Anabel sonrió. No sabía qué decir mientras nos acomodábamos en la mesa y ellos cruzaban saludos y palabras como los viejos amigos que se encuentran. Yo estaba perplejo. Agripina le dio un abrazo a Anabel. Denotaban el tiempo de conocerse. Fue un abrazo alegre y sincero.
–¿Y Paura por qué no vino? –Me preguntó Agripina.
No supe qué contestar.
