Piénsalo tres veces
Santas lecciones ajedrecísticas
Francisco Javier Rauda Larios
“De que sirve ganar el mundo, si pierdes el alma.”
San Ignacio de Loyola.
Hace unos días estaba trabajando en mi oferta de cursos para este 2026 y pensaba que, de alguna manera, sería bueno rediseñar algunos para salir de lo convencional.
Jugando con las ideas recordé un par de libros que, en lo personal, me dejaron, amén del buen sabor de boca, lecciones que me han servido para mejorar, tanto en mi vida, como en mi práctica profesional.
Los libros a los que me refiero son: “El liderazgo al estilo de los jesuitas” y “Como la vida imita al ajedrez”.
Pensando en cómo podría unir a un santo y un genio ajedrecista, para ofrecer un curso de liderazgo estratégico al que se me ocurrió llamar: “Ajedrez Empresarial”, me empezaron a revolotear idea tras idea en la cabeza.
Al tratar de ir hilando y dando forma a todo este barullo mental, resultó, ya un poco más ordenado, claro está, lo que voy a compartirle a continuación, estimados lectores.
La vida, al igual que el ajedrez, no se juega al azar. Cada movimiento tiene consecuencias, cada decisión abre posibilidades y cada error enseña una lección.
No basta con reaccionar; es indispensable pensar, anticipar y comprender el tablero completo. Por otra parte, es necesario entender el liderazgo como un ejercicio consciente, ético y orientado al bien común. Desde mi punto de vista, estas perspectivas ofrecen una poderosa metáfora para comprender cómo pensar, decidir y liderar en entornos complejos e inciertos.
En el ajedrez, mover una pieza sin analizar el contexto suele conducir a la derrota. En la vida y en las organizaciones ocurre lo mismo. El pensamiento crítico implica detenerse, cuestionar supuestos, analizar información y reconocer patrones antes de actuar. No se trata de paralizarse por el análisis, sino de desarrollar la capacidad de leer el tablero: entender el entorno, los recursos disponibles, las limitaciones y las intenciones —explícitas o implícitas— de los demás actores.
Los jesuitas entendieron esto desde hace siglos. Su formación se basa en la reflexión constante, el discernimiento y la evaluación profunda de la realidad. Liderar, desde esta óptica, no es imponer decisiones rápidas, sino tomar decisiones conscientes, alineadas con valores y con una comprensión clara del impacto que generarán a corto y largo plazo.
Una partida de ajedrez no se gana con un solo movimiento brillante, sino con una secuencia coherente de decisiones estratégicas. La estrategia exige visión de largo plazo, claridad de propósito y flexibilidad para ajustar el rumbo cuando el contexto cambia. En la vida profesional y organizacional, la estrategia no es un documento estático, sino una práctica viva.
El liderazgo jesuita destaca precisamente por su enfoque estratégico: formar personas capaces de adaptarse, aprender y responder eficazmente a entornos cambiantes sin perder su centro. Esta forma de liderar entiende que no todas las batallas deben librarse, que a veces retroceder es una jugada inteligente y que sacrificar una pieza puede ser necesario para proteger el objetivo mayor.
En el ajedrez, el rey es la pieza central, pero no es la más poderosa. Su fortaleza depende de la coordinación y protección del resto del equipo. De igual manera, el liderazgo efectivo no se basa en el poder jerárquico, sino en la capacidad de influir, inspirar y dar sentido a la acción colectiva.
El liderazgo al estilo de los jesuitas pone énfasis en el autoconocimiento, la disciplina personal y el compromiso con una misión trascendente. Un líder que se conoce a sí mismo toma mejores decisiones, gestiona mejor la presión y actúa con coherencia incluso en escenarios adversos. Este tipo de liderazgo no busca ganar partidas individuales, sino construir organizaciones y personas capaces de sostenerse y desarrollarse a lo largo del tiempo.
Cuando combinamos el pensamiento crítico del ajedrez con la profundidad ética y humana del liderazgo jesuita, emerge una forma de actuar más consciente y efectiva. Pensar antes de mover, anticipar consecuencias, aprender de cada jugada y liderar con propósito se convierten en habilidades esenciales para enfrentar la complejidad actual.
La verdadera maestría —en el ajedrez, en el liderazgo y en la vida— no consiste en nunca equivocarse, sino en aprender rápido, ajustar la estrategia y mantener la fidelidad a los valores que dan sentido al juego. Al final, no se trata solo de ganar la partida, sino de cómo se juega y en quién se convierte uno en el proceso.
“La belleza de un movimiento no se refleja sólo en su apariencia, sino en el pensamiento detrás de él.”
– DR. S. Tarrasch.
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