Leer El Quijote y escuchar música

 

Por: Neftalí Coria

 

Han pasado algunas semanas desde que di inicio a la lectura anual de El Quijote. Y como algunos de mis amigos saben que lo comienzo en la llamada Semana santa –a la par que el viernes santo, escucho la Pasión según San Mateo de Bach y como este año no fue la excepción–, mi amigo Oscar Millán, me envió un álbum espléndido que homenajea al Caballero de la triste figura.

Escucho las piezas durante mis jornadas de trabajo, la experiencia ha sido magnífica. La música renacentista me ha dado atmósferas, que de otro modo nunca hubiera podido encontrar. En esa audición, la lectura ocurre con mejores trotes y me doy cuenta que mientras avanzo, voy por la novela como por una ciudad que conozco y en la que voy por sus calles saludando a viejos amigos y conocidos. Nunca olvido que a una pregunta que me hiciera un joven, respecto al porqué me gustaba El Quijote, le respondí aventuradamente “Porque me gustaría vivir en la novela”, una provocación que me dio por imaginar que se puede vivir en una novela, porque la imaginación todo lo puede. y con esas prerrogativas, leer esta enorme y generosa novela, es como vagar por un pueblo en el que nunca me perdería. Y ahora que a la lectura agrego música de ese tiempo, la percepción ha sido una verdadera delicia.

Una gran aventura ha sido escuchar: El romance viejo Nunca fuera caballero, piezas que interpreta Monserrat Figueras, Hespèrion XXI Capella real de Catalunya y Jordi Savall, Miguel de Cervantes Saavedra/ Don Quijote de la Mancha, Romances y músicas. Álbum de 2005. Una noble experiencia escuchar la música e imaginar el ritmo de la vida de aquellos tiempos y los pasos del loco más hermoso de las letras españolas.

Mientras leo la ingeniosa obra de Cervantes, bajo el influjo de la música, puedo olfatear aquellos días del tiempo del caballero que soñó componer el mundo y limpiarlo de los entuertos que nunca –hasta hoy– se desfacieron, pese a los que no hemos perdido la esperanza y llegamos a soñar como don Alfonso Quijana, que fue acicateado por la puta realidad, y cuando esta perra lo alcanzó, prefirió morir que volver a la cordura y salir de la ensoñación más lúcida de la literatura en español. Y es que El Quijote, a diferencia de Hamlet –según una aseveración de Harlod Bloom sobre el personaje de Shakespeare–, yo creo que el de Cervantes, cabe perfectamente en su historia y tiene la medida exacta para su fabulesca presencia en la novela (Bloom dice que el personaje Hamlet le quedó grande a su tragedia, con lo que estoy de acuerdo). La traslación de Alfonso Quijana hacia la locura, es de la más fina perfección, pese a que en su época, se desconocían las causas y las características de la locura (He visto algunos análisis de la locura de Don Quijote y la condición del personaje, es tan acertada, como si Cervantes hubiera sabido a ciencia cierta, qué cosa es la locura de un hombre).

Sé muy bien que El Quijote no ha sido una lectura que muchos frecuenten, aunque de su historia y su personaje hablen con la facilidad del que solo oyó la historia. Y es por demás sorprendente, que la sabiduría de la novela y del personaje, alcanza para aquellos que no la han leído. Hace mucho que no recomiendo su lectura porque ha sido por demás y aunado al poco caso que hacen, he visto que la mayoría de las veces que se recomienda un libro, no se lee, pero creo fervientemente, que los libros buscan a sus lectores que los merecen y quienes no los han de leer, pueden seguir la vida, como si nada les hiciera falta. Además, desde que no hago televisión, ya no recomiendo lecturas. Hay muchos, muchísimos que pasarán la vida entera sin abrir un libro y en eso, nada tengo yo que ver, ni debo entretenerme. Sé que pareciera una necedad y un hartazgo lo mío, y mucho hay de eso. Pero muchas veces, leer las maravillas que se van encontrando en el mundo libresco, provocan una emoción que nos arrastra a hablar de ellas hasta con los enemigos de la imaginación y los libros.

Sigo en la lectura de mi amada novela, que me alienta a vivir, que me da consuelo y me provoca deseos de luchar por las mismas causas en las que en la realidad he dejado de creer, de soñar con el paraíso de la justicia, de buscar que el mundo sea un mejor lugar para la vida, un mundo menos enfermo y destruido.

Y mientras sucede esta lectura –claro que leo otros títulos más; yo sí tengo tiempo–, imagino que no todo se ha perdido, que al menos puedo tener conversaciones con los pocos amigos que me quedan y mostrarles que hay una esperanza, que el miedo sigue de pie con sus botas bien puestas y que siempre busca aplastarnos, que la desolación es combatible, que la tristeza es la mejor consejera ante la ira y la infamia, que si un solo hombre es justo, otros lo podrán ver, como lo vio Sancho tras la cabalgata de su amo y señor de las palabras. Podremos conversar sobre la maldad que inunda a muchos corazones infames y contra ellos, está el escudo de la verdad y la paciencia.

Y me emociona escuchar la música, a la que me he referido en el principio de estas líneas, y en esos momentos, me arrastra la sensación de alegría íntima que la música provoca en quienes la apreciamos y bajo su influjo, sigo adelante y me parece que puedo ver el polvo del camino por donde el hombre sabio camina y busca destorcer el mundo y alinearlo, como se busca alinear aquello que torcido seguirá para siempre.

Y aunque vaya contra mi nueva convicción, a mis lectores, les recomiendo que lean El Quijote y si está en sus manos, escuchen esta música maravillosa. Algo nuevo dejará en su corazón.

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