Dos mujeres… un camino

Por Leopoldo González

Mientras la casa arde, debido a las lumbres y a los lodos acumulados en siete años, la señora Sheinbaum tocó base en Barcelona, para formar parte de una cumbre a la que Pedro Sánchez y el club de los iguales llamó “en defensa de la democracia”.

En el mismo fin de semana, otra mujer de una clase, un pensamiento y una estatura diametralmente distinta y opuesta, hizo acto de presencia en Madrid, invitada por la comunidad venezolana y latina con fuerte presencia en esa ciudad: María Corina Machado, la lideresa de la democracia y la libertad que, entre otras cosas, fue determinante para poner fin a la dictadura bananera de Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela.

Ambas mujeres son respetables en esencia, por su condición de nacimiento y por ser mujeres. Sin embargo, es claro que son diferentes y que sus contrastes dibujan la asimetría de sus vidas y visiones.

La señora Sheinbaum fue a Barcelona, invitada por el presidente populista de España, a una cumbre en la que sobresalieron el exconvicto Lula da Silva, el guerrillero Petro y otros de mala pinta; María Corina estuvo en Madrid, invitada por el exilio venezolano y la comunidad latina, sólo para refrendar su largo caminar al lado de un pueblo humillado, vejado y ofendido por 25 años de dictadura.

En Barcelona recibieron a la señora Sheinbaum no más de 40 personas, casi todas más interesadas en una selfie con ella que en escuchar su mensaje; en Madrid, recibieron a María Corina Machado más de 150 mil personas, todas ellas interesadas en conocerla y comprometidas con valores realmente auténticos como la democracia y la libertad.

En Barcelona, la cumbre populista se dio un balazo en el pie: ofreció una defensa de la democracia, pero todos sus integrantes han sido defensores de las peores dictaduras, incluidas las de Cuba, Venezuela, Rusia y Nicaragüa.

En Barcelona, la desafortunada presencia de Joan Manuel Serrat, que los propios catalanes censuran, en la que calificó como “fantástico” el desempeño de la señora Sheinbaum, fue una clara señal de que un gran cantautor puede, en unos cuantos minutos, arruinar su propia credibilidad y coherencia y pisotear de fea manera la dignidad del quehacer artístico.

En Madrid, la diputada española Cayetana Álvarez de Toledo, entre cuyos atributos figura una oratoria parlamentaria fina, conceptual, luminosa y profunda, acompañó a María Corina Machado y mostró que el lado correcto de la historia son la coherencia y la honestidad intelectual.

En Barcelona, la cumbre de las impurezas censurables y del populismo autoritario hizo alarde de una incontinencia verbal poco aseada y de un “palabreo” sin contenidos reales: es decir, de un bla bla bla que no corresponde ni es consistente con la realidad que viven los países de los gobernantes invitados.

Luis Inazio Lula da Silva, de Brasil, estuvo preso por corrupción; Boric perdió la más reciente elección presidencial en Chile por su incompetencia; Petro no entiende la O por lo redondo y la señora Sheinbaum juega con una imagen de científica que no le va ni le queda y, lo que es peor, no es de su talla.

En esa cumbre, por cierto, no hubo un ejercicio de autocrítica serio; tampoco un pronunciamiento claro sobre la deriva autoritaria de los populismos; menos un documento sustantivo en torno a algunas precondiciones para la paz en el mundo y, finalmente, mucho menos un enriquecimiento teórico ni una defensa explícita de la democracia en el siglo XXI.

La señora Sheinbaum, en sentido estricto, se presentó como lo que no es: una heredera de la larga tradición democrática de México. Y no lo es, porque el ADN de sus entrañas la coloca en la tradición autoritaria y dogmática del viejo estalinismo.

La erosión democrática que inició López Obrador y hoy continúa Sheinbaum, no la autorizan a presentarse como el agua cristalina de la democracia mexicana en una cumbre internacional.

La captura de todos los poderes y su encarnación en uno de ellos, no la avalan como guía de un México democrático al que su partido no representa.

El desmantelamiento de la democracia en México, que implica la captura de instituciones, la prostitución y empobrecimiento del Poder Judicial, la distorsión de los órganos electorales y la extorsión a los ciudadanos por medio de dádivas clientelares, no autoriza a nadie del partido gobernante a erigirse en paladín de la democracia y la libertad.

Cuando hablamos de mujeres, conviene saber exactamente de qué estamos hablando, y distinguir el perfil de cada una de ellas.

Pisapapeles

¡Quienes confunden democracia con populismo, no saben el grave embrollo conceptual en el que el demagogo los ha metido!

leglezquin@yahoo.com

 

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