Marco Antonio Solís

 Por: Neftalí Coria

 

Ahora que Marco Antonio Solís ha venido a Morelia a dar un magno concierto, cedo a la tentación de escribir unas líneas sobre tan querido cantante y de observar el enorme aprecio que la gente tiene por sus canciones y en especial por lo que para la gente ha significado su música y su historia. Y no me sorprende, porque Marco Antonio es de los pocos artistas michoacanos que son muy queridos por los michoacanos, porque hay que reconocer, que al menos en lo que he visto, si un artista es apoyado por sus coterráneos, es en estas tierras michoacanas. Aquí no se admira lo cercano, ni lo nuestro. Pero con Marco Antonio parece haberse hecho pedazos la regla, aunque también, hay que anotar que la fama y el reconocimiento de Marco no se hizo en Michoacán, ni en Morelia, y su desarrollo y su crecimiento sucedió lejos de su tierra, y vaya que el crecimiento ha sido notable, pero si se ha quedado en su tierra, tal vez nada hubiera sucedido igual. Y ahí está el tino que Marco Antonio tuvo, de haber ido a crecer con sacrificios múltiples, lejos de su tierra, aunque tampoco nunca la abandonó del todo, aquí se quedaron familia y amigos. Y siempre volvió, porque es cierto, el amor a la tierra no se nos quita.

Hace muchos años que nos conocimos con el compositor y he seguido su carrera por la sencilla afición que da la amistad que me une a su persona y su trabajo. Y en la medida de su potencial, ha sido un hombre de trabajo y dedicación, como se tiene que ser en un oficio como la música o cualquier otra de las disciplinas artísticas cuando la entrega es total. Y para Marco Antonio, desde adolescente, la música fue el corazón de su vida. Y contra las tormentas de la vida, se mantuvo de pie con su guitarra bien afinada.

Y es cierto que la fama no llega sola; hay que trabajar porque esta llegue, y en los géneros musicales que él fue cultivando, hay que trabajar a brazo partido por colocar sus canciones en el gusto de muchos, y lograrlo no es fácil, por buenas que estas sean. El público es caprichoso y complejo. Nunca se sabe que es lo que quiere escuchar, ni se sabe nunca, donde está su talón de Aquiles. Aquí reconozco que la puntería de Marco y su visión en ese mundo de la canción popular, fue infalible y llegó al fondo del sentimentalismo mexicano y logró estremecernos con acierto en la educación sentimental que llevamos en la sangre, desde que José Alfredo nos acostumbró al eco de sus canciones, por mencionar sólo un caso.

Pero vayamos a sus canciones, que a fin de cuentas, son las que han llevado a Marco Antonio, al cenit de la fama en el que se encuentra en estos momentos. ¿Y qué hay de sus canciones? Nada fácil es comprender porque se cantan con la facilidad del desgarre. Somos proclives a la celebración de la desdicha, al grito desde la soledad y el abandono, al reclamo del amor y al llanto por lo que se pierde, y son esas fibras, las que Marco Antonio toca de manera punzante.

“Cada que escucho a Marco Antonio, me siento desdichado”, me dijo un amigo. Y es cierto, sus canciones nos entristecen, y es precisamente desde la tristeza, desde donde las emociones galopan como si las penas nos llevaran a cantar esas letras desgarradas, que siempre nos llevarán a un espejo roto, y en su azogue mirarnos como si la desdicha fuera nuestra; esa es nuestra legitima teatralidad a la que nos llevan sus canciones, aunque pueden hablarnos de esos momentos en nuestra historia real y lastimarnos de verdad y soltar lágrimas como la sangre que brota de una hemorragia.

Un día en una conversación con Marco Antonio, me contó que en un restaurante, en una de sus giras por Centro América, el mesero lo reconoció y le dijo: “Marco Antonio, yo con sus canciones me casé”. Y el mesero, cuando le trajo el café, le dijo: “Pero también yo con sus canciones, me divorcié”. Y ahí no acabó la cosa, porque la siguiente visita a la mesa de Marco, le dijo con alegría: “… y con sus canciones, me volví a casar.” Vaya que me reí, luego pensé, que justamente ahí está el efecto de las canciones de Marco Antonio. El amor y el desamor en ambos sentidos. El estremecimiento que provocan y al momento de escuchar esa sensitiva voz de Marco Antonio, no hace falta entender si estamos enamorados o el amor nos acaba de llevar a la desdicha, pero en esos terrenos dolorosos y paradójicamente alegres, nos envuelven sus canciones y eso no es fácil conseguir con una multitud y Marco aquí en Morelia, en Chile, en España, en Estados Unidos y donde cante, lo consigue.

Y personalmente admiro a Marco, porque como yo, llegamos a la ciudad desde un pueblo y puedo entender con mucha claridad su lírica, su sensibilidad, su talento. Y recuerdo alguna vez, hablando de su padre, a quien conocí, Marco me contó que su padre tocaba la guitarra y alguna vez soñó con hacer carrera en la música. Y Marco Antonio, niño, se acercaba a la guitarra de su padre, la tocaba, la olía y soñaba… Y ahora que recuerdo ese relato, puedo entender el esfuerzo que este artista michoacano hizo para darle al mundo, lo que todavía este fin de semana entregó en Morelia.

Hubo quien se burló de mi gusto por las canciones de Marco Antonio Solís. No entendí de pronto, pero si no me equivoco era un poeta que no toleraba el mundo fuera de ese gusto culterano y purista, personajes que desde la frustración que portan con orgullo, odian al mundo y creen estar cocidos con hilos de oro y de modo distinto a la gente común, que nunca descarta, un día escuchar una orquesta filarmónica y emocionarse.

Pero vuelvo a Marco Antonio Solís, que sin duda en la música popular mexicana, tiene ya un lugar bien ganado y con una factura de impecables efectos en la aceptación del público que lo siente suyo, como ocurrió con Juan Gabriel y voy más lejos, con José Alfredo Jiménez.

 

 

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