Dr. Alejandro Guzmán Mora

 

En nuestra tradición mexicana, la sabiduría popular ha fungido, durante generaciones, como un espejo descarnado de la moralidad colectiva. Los refranes no son meras piezas de folclore; son sentencias que revelan verdades que los discursos oficiales suelen sepultar bajo el peso de la retórica. En la actual crisis política de México, sobresale el caso Sinaloa centrada en la figura del gobernador Rubén Rocha Moya y los presuntos vínculos institucionales con el crimen organizado, tres aforismos adquieren una vigencia casi profética: «Casa de herrero, azadón de palo», «Lo que no puedes ver en tu caso, lo has de tener» y «Te espantas del muerto y te abrazas de la mortaja».

El primero, «Casa de herrero, azadón de palo», descubre la contradicción medular del proyecto político vigente. La promesa de una «transformación» cimentada en la pulcritud ética y la erradicación de la corrupción desde las cumbres del poder se erosiona ante la realidad fáctica. Cuando emergen señalamientos contra funcionarios de alto nivel (gobernadores ungidos por la misma bandera de honestidad), la arquitectura institucional flaquea. La respuesta se agota en licencias temporales y contra ataques mediáticos contra los organismos que presentan las evidencias. En la casa del herrero que forjaba herramientas de acero moral, el instrumento sigue siendo de madera quebradiza.

Por otro lado, «Lo que no puedes ver en tu caso, lo has de tener» denuncia la miopía selectiva de la crítica gubernamental. Durante décadas, se señaló con ferocidad la ineficacia y complicidad de administraciones previas frente a actos de corrupción. No obstante, ante el cuestionamiento de los cuadros propios, sobreviene una ceguera voluntaria. Esta asimetría moral socava la legitimidad de cualquier pretensión de cambio. La ciudadanía percibe con nitidez que los vicios de épocas pasadas condenados en el adversario habitan ahora en el propio patio.

Finalmente, «Te espantas del muerto y te abrazas de la mortaja» describe la paradoja ante la violencia sistémica. Se minimiza la tragedia o se externaliza la culpa cuando el horror ocurre bajo la gestión actual. Se «abraza la mortaja» del eufemismo «soberanía», «bienestar», «esperemos pruebas» mientras la estadística mortuoria desmiente el relato. Aunque las cifras oficiales reportaron un descenso promedio de 87 homicidios diarios en septiembre de 2024 a cerca de 51 en enero de 2026, el acumulado histórico es devastador. En 2024, México superó los 32,000 homicidios dolosos; solo en el primer semestre de 2025, se contabilizaron preliminarmente 14,488 defunciones por presunto homicidio. En Sinaloa, bajo la égida del gobierno, la violencia no solo persistió, sino que se exacerbó: los homicidios escalaron de aproximadamente 600 en 2021 a más de 1,600 en 2025.

Esta realidad es refractaria a las narrativas de «bienestar». El costo humano es inaceptable: comunidades fragmentadas por el miedo y un Estado que, en regiones críticas, luce muy endeble ante el imperio del narco. La verdadera transformación exige mirar de frente el espejo de estos refranes.

México requiere resultados tangibles en seguridad y justicia; los muertos, trágicamente, no tienen tiempo para esperar a que el relato oficial se complete.

Hoy, ese vacío de justicia se hace carne en el espacio público. En una geografía de ausencias que abarca desde las plazas de Culiacán hasta las canteras de Morelia, las madres buscadoras han tapizado el país con la iconografía del desamparo. Colocan las imágenes de sus desaparecidos no como un acto de protesta, sino como un imperativo de memoria contra el olvido oficial. Sus rostros, impresos en hoja, lonas que ondean frente a la indiferencia burocrática, son la prueba final de que, mientras el poder se abraza a la mortaja de la negación, el pueblo sigue desenterrando su propio dolor.

Deja un comentario