José Juan Marín.
Ser maestro o maestra es ser invitado, en ciertos momentos privilegiados, a entrar al alma de un niño o de un joven y ayudarle a encontrarse, a afirmar paulatinamente su carácter, a descubrir sus emociones, quizás a superar sus temores y angustias, por estas razones reflexiono lo siguiente:
Uno. Es el bajo sueldo y, más a fondo, lo que ese sueldo significa: el poco reconocimiento social hacia el maestro. Esto duele; lo percibe todos los días y te acompaña como mala sombra; a veces alguien te ve de arriba abajo; mucha gente no valora ni lo que estudiaste ni lo que haces. Fuera del libro de texto y el gis, casi no cuentas con nada; estás librado a tu imaginación.
Dos. La corrupción en el medio magisterial y sindical; reglas del juego poco edificantes que tiene que aceptar; a veces manipulación, abusos y un doble lenguaje que molesta.
Tres. Hay también -aunque no es privativo de tu profesión- rivalidades, murmuraciones, envidias y zancadillas de algunos compañeros. Entre todo esto hay que caminar, como equilibrista sobre la cuerda floja.
Cuatro. La pobreza de los alumnos que les dificulta tanto aprender; la testarudez, indisciplina y rebeldía de algunos muchachos en el aula; la ignorancia, a veces, de los padres de familia que no saben estimularlos ni corregirlos, y la maledicencia, que nunca falta, en la comunidad. Para ganarte la atención de los chicos tienes que competir con las redes sociales, “tele”, los videos y los cantantes de moda, en batallas que están perdidas de antemano; y, como colofón, se te culpa no sólo de que los alumnos no aprendan, sino de todos los males del sistema educativo.
Por eso culminó: Felicidades este próximo 15 de mayo a los buenos Maestros y Maestras de ayer y de hoy.
