Óleum: columnas sobre arte
El Siqueiros “Hindú”
Estefania Riveros Figueroa
Satish Gujral nació sordo. A los ocho años, un accidente nadando, lo dejó durante un tiempo, sin voz. Eventualmente recuperó la audición. Para ser exactos, la recuperó 62 años después, al someterse a una operación coclear. Volver a escuchar tras 62 años de sentirse aislado, fue un evento de ruptura que lo conmocionó, tanto como la violencia de la Partición. El arte fue su camino para superar el dolor y el trauma. Cuando joven, Gujral fue voluntario en Lahore para ayudar a las víctimas de la Partición.
Entre calles quemadas, escombros, sangre mezclada con ceniza, él ayudaba a sacar los cuerpos enterrados. El horror de la violencia marcó su arte inicial. Por esa época, pintaba con colores intensos: rojo sangre y negro carbonizado. Vio muchas familias separarse en estaciones de tren, vio materializados los intereses políticos que no saben de identidad, de tradiciones, de familias, de raigambre… La Partición fue un evento coyuntural en la identidad de la India. Sucedió en 1947 y con ella, se dividió el Imperio Británico en dos estados independientes: la Unión de la India y el Estado de Pakistán. En la Historia Universal, este evento quedó registrado como una de las crisis migratorias más violentas de la humanidad. Los disturbios intercomunitarios y las tensiones religiosas entre hindúes y musulmanes fueron devastadores. Aproximadamente catorce millones de hindués, sijs y musulmanes debieron ser “reubicados”, pero más allá de la diferencia de credos, también fue una razia matemática que incluía “limpieza étnica”. La instauración de la línea Radcliffe, como se le denominó a la frontera entre la “nueva India” y Pakistán, era la materialización de la geometría sin corazón que divide. Gente huyendo, gente quemada, gente desplazada…
Con su sordera y su bagaje de violencia, fue la manera en que este artista indio de nombre Satish Gujral llegó a estudiar a Bellas Artes en 1952. Viajó en barco hasta México, becado por su país y ayudado en parte por Octavio Paz. Satish Gujral fue alumno de los muralistas mexicanos de la época: Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. Un tiempo se hospedó en la Casa Azul y estableció una relación cordial con Frida Kahlo, con quien trabó amistad a pesar del idioma, pues los unía la comprensión de la discapacidad corporal.
En esta ocasión, analizaremos una de las pinturas de Satish Gujral, aunque decir que él era nada más pintor, se queda corto, ya que también fue escultor y arquitecto. De hecho, el edificio de la embajada de Bélgica en Nueva Delhi, es obra suya. Con los arcos y las bóvedas rosadas, la embajada belga me recuerda a la arquitectura mogul, es como una síntesis entre el Taj Mahal y el Palacio de Jaipur. Percibo que Satish Gujral sabía extraer la esencia de la identidad de su país de una manera moderna pero fiel a su nacionalismo. En la pintura, su pincelada era fuerte y ligera, sus colores eran saturados, pero también manejaba gradientes que contrastan; sus temáticas eran profundas y universales: la libertad, el dolor, la vida, el género. Gujral no valoraba el expresionismo europeo como un simple recurso estético que deforma las figuras con el objetivo de generar una emoción. Cuando Gujral pintaba figuras deformadas su propósito iba más allá de lo estético, era testimonial. Era su manera de documentar el dolor físico real.
El cuadro que veremos hoy, es de una etapa posterior a los horrores de la violencia. Podemos ver que su mensaje es más esperanzador, expresivo y libre, es un mensaje vital y alegre por la paleta de colores que elige: azul, tonalidades de gris difuminado, cobrizo. Es una obra del año 2016, sin título y que, a pesar de ello, nos transmite una sensación de fuerza y libertad innegables.
Vemos un hombre en posición sedente en la parte izquierda del cuadro, de perfil ataviado con una kurta clara, mientras sostente con una mano un velo ligero y en la otra, una flauta de cobre. Dignamente va sentado a lomos de un caballo que no es del todo animal, parece más una figura equina conformada por elementos ecuestres: hebillas, sillas de montar, gazas, listones: parece un caballo hecho de cinturones y otros materiales, que relincha y se mueve en el espacio etéreo.
Entre el jinete, la flauta y el caballo aparecen dos aves blancas, muy parecidas a palomas, símbolo universal de la paz (Gujral también llegó a emplear iconografía cristiana en sus obras, a pesar de no profesar abiertamente ningún credo en particular). El jinete parece emerger de la noche, de una porción del lienzo donde el color es negro y saturado, recortado a su vez por un semi-círculo carmesí que nos recuerda su primera etapa, la de la violencia. El jinete escapa de esa oscuridad de sangre y carbón, se convierte en una figura fluida que monta un caballo, acompañado por música y por aves, y se diluye hacia matices y pinceladas con textura granulosa y con tonos degradados.
Se puede observar la influencia de su maestro Siqueiros en su forma de dibujar y marcar los músculos y las articulaciones humanas, logrando un estilo propio para manejar el volumen y la dimensión de los cuerpos, con el uso de claroscuros… En la escultura, la figura equina, así como los carneros, fueron una constante en el trabajo de Gujral. Su sello fue resaltar la fluidez de la morfología animal, que parece surgir de un lazo continuo. En este cuadro de hoy, es como si jinete y animal fueran una misma criatura que se mueve hacia el futuro, que se proyecta y avanza. En ese sentido, su obra es elocuente, habla sobre esperanza, sobre futuro, sobre cabalgar hacia adelante.

Pintor: Satish Gujral
Año 2016
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