Fernando Perales
Dicen que, en algún rincón del alma humana, habita un ser colosal.
Una criatura inmensa, libre por naturaleza, hecha para correr, para amar, para elevarse.
Pero vive atada.
No por muros.
No por barrotes.
Ni siquiera por cadenas reales.
Está atada… al miedo.
Y el miedo está clavado como una estaca invisible en lo más hondo del pecho.
A esa estaca lo sujeta una cadena tejida con siglos de voces:
“No lo hagas.”
“Eso es pecado.”
“Dios te ve.”
“Calla.”
Dogmas repetidos hasta volverse costumbre.
Culpas heredadas como nombres.
Verdades que nunca fueron suyas, pero que repite en silencio por si acaso.
Cuando era apenas un niño o una niña —curioso, puro, ardiente de vida—, trató de soltarse.
Preguntó. Dudó. Tocó lo prohibido. Sintió sin permiso.
Y le dolió.
Lo castigaron. Lo miraron con decepción.
Lo llamaron pecador.
Y entonces creyó que preguntar era malo. Que sentir era sucio. Que su deseo era una falta.
Desde entonces, creció con esa cadena al cuello.
Y aunque ahora podría romperla, no lo hace.
Aunque su mente ha despertado, aunque su cuerpo anhela, aunque su alma grita… no se mueve.
Porque no está atado por la fuerza,
sino por la culpa.
Porque la estaca del miedo no necesita profundidad.
Y la cadena del dogma no necesita eslabones.
Sólo necesita una idea clavada en el corazón:
“Lo que sientes está mal.”
Y así, el ser colosal permanece encogido, con las alas plegadas, temiendo al cielo que una vez quiso tocar.
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🕯️ Reflexión final
El dogma no necesita gritar para silenciarte.
El miedo no necesita barrotes para encerrarte.
La peor de las prisiones es aquella que construyes tú mismo,
con la voz de otros.
Pero si un día te atreves a tirar…
verás que el miedo no estaba tan hondo,
y que la cadena solo era una idea.
Una idea que ya no tiene poder sobre ti
