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Ya está usted en tierra y a salvo

Por: Neftali Coria

Arlette me miró como esperando que dijera algo, pero no pude más que preguntar. Ahora todo era preguntas para mí.

–¿Cómo quedó la novela sin ti? ¿Y por qué hablas de un crimen… ¿Cómo fue que saliste? –fueron mis preguntas.

–Ya le explicaré después. Yo salí por la página trescientos doce, que era la que tuvo la palabra Fin, como la autora acostumbra poner en sus novelas. Pero esta vez, después del punto final, la palabra fin la escribió con minúsculas y en Itálicas, lo que disminuye el tamaño de la fuente y deja entrar la luz de la realidad.

Arlette había visto la oportunidad de escapar por aquella rendija. Y por encima de la última palabra salió ¿Cómo podía suceder una huida de esa naturaleza? Mi asombro me inclinaba a sentirme como un imbécil que desconocía raíces importantísimas que en mi oficio debía saber.

–Solo usted puede salvarme de no volver a ese mundo –me dijo con mucha fe.

No entendí cómo podía yo intervenir en un acto totalmente contrario al que Paura, Anabel y Lord Anton me habían pedido y en ese orden, sus peticiones eran relativamente lógicas para mi oficio.

Me inquietaba saber qué había sido de la novela en la que aquella mujer debió tener una vida y una historia completa.

–No entiendo cómo pudo hacerlo Arlette ¿Y qué fue de la novela…? –le pregunté.

–Lo entenderá si vamos a mi casa.

–Dame el domicilio y en estos días…

–Debe ser esta misma noche –me interrumpió tajante–, sino tenemos que esperar hasta el próximo ciclo lunar. Espéreme un poco mientras termino mi trabajo y vamos. Espéreme por favor.

–Está bien, te espero… –dije sin estar seguro si debía ir.

Salió del auto y pronto volvió con un vaso deshechable rebosante de cerveza.

–No tardo –dijo con una sonrisa radiante.

En sus ojos color miel, había una luz alegre.

Me quedé oyendo música. El sax de Stan Getz y la cerveza aliviaban mi desconcierto, pero no podía escapar a esa sensación nudosa que provoca el misterio. No sabía por qué había aceptado. Pero ya no pensaba que todo aquello era una mentira. Me inquietaba y me ardía la curiosidad. La manera en la que me había relatado con ansiedad, con miedo y sobre todo, con la necesidad verdadera de resolver algo que para ella, era un conflicto en su vida era cierta.

Quizás acepté porque no me importaba lo que Paura dijera si llegaba o no a dormir a casa. Tenía un sutil deseo de venganza contra sus mentiras y sus omisiones. Había mentido, o de menos me ocultaba lo que sabía de los suyos. Y sí, eso me dio fuerzas para ir a casa de Arlette que en el último trago de cerveza volvió.

–Cierre el auto. Iremos por el aire –me dijo.

¡Vaya sorpresa! Con desconcierto y miedo cerré el auto y de pie, me dijo que me abrazara a ella por la espalda. Tuve miedo de morir, pero Arlette hablaba con tanta seguridad, que fingí que no tenía miedo.

–Nada más le pido que no se suelte nunca de mí por ningún motivo.

Me abracé a ella por la espalda y nos levantamos a la noche de luna creciente. Yo cerraba los ojos, tenía miedo y me apretaba a su duro cuerpo.

–No tiemble, no tenga miedo –me gritó–; llegaremos pronto.

Vi como nos alejábamos de la tierra. Volábamos.

No sé cuánto tiempo pasó en aquel viaje de dientes apretados. Vi la ciudad bajo el vuelo, pero por momentos cerraba los ojos y seguía temblando. Ella reía y me decía que me sintiera seguro.

–Nadie se va a caer Neftalí –me dijo.

La sentía segura. No sabía por dónde demonios íbamos volando. Iba perdido, pero al menos las luces de la ciudad, abajo, me guiaban para creer que no estábamos abandonando la ciudad.

Pronto descendimos en el pequeño patio de su casa.

Respiré con agitación y ella se reía de mí.

–Ya está usted en tierra y a salvo –me dijo–. Esta es mi casa.

Abrió la puerta trasera y pasamos.

Una casa pequeña, cómoda. No sabía qué decir. La luz de una lámpara iluminaba la sala con dos sillones. Colgó su bolsa y abrió la puerta del frente que daba a un jardín, a una celosía de hierro con una puerta al centro que daba a la calle.

–Voy por Valeria, espéreme –me dijo colgando su bolsa en un pequeño perchero–. Póngase cómodo y tome una cerveza del refrigerador, si gusta.

Salió.

No sabía dónde estaba, porque no supe hacia qué punto cardinal volamos. Oí cuando tocó en la casa de al lado. Voces de Arlette y una mujer más hablando en voz baja.

No tardó en volver.

–Valeria es mi hija y mi vecina Blanca, que es quien me la cuida, prefiere no despertarla. Tiene una hija de la edad de Valeria.

¡Tenía una hija! ¿Ficticia o real? ¿Dónde se había embarazado? ¿En qué latitud de los dos mundos había engendrado? ¿Una ficticia podría engendrar en esta realidad?

Cada vez me sentía un idiota, cada momento que avanzaba, creía saber menos de los dos mundos y me sentía culpable por dedicarme a crear mundos que ahora ya no entendía.

Destapó una cerveza y se sentó junto a mí.

–Esta es mi vida y me he resignado a pervivir de este lado, y evito ser aprehendida, porque mi delito es del calibre de lo que para ustedes es un homicidio. Aquí no obedezco y mis deseos son libres.

–Lo entiendo –le dije–, pero la autora debió hacer algo para recuperarla. No pudo quedarse con los brazos cruzados.

–La autora de mi casa-novela de donde escapé –respondió de inmediato–, me estuvo buscando durante meses y no fue capaz de reconstruirme de memoria, y no fue casual, porque obré en su contra y desistió de escribir la historia de nuevo; temía que la historia fallara en ventas, que era lo que más le importaba a ella. Además ya no tenía a mano las palabras que levantaron los muros de la novela, porque no solo escapé, sino destruí la residencia, la hice pedazos y traje conmigo los escombros –ahí está mi delito–. Usted sabe que la mala memoria en un escritor es un caudal de aguas revueltas que lo llevan a perderse en su propia imaginación. Eso le sucedió a ella.

¡Ahí estaba su delito! ¿Y quién lo castigaría? ¿Quién lo iba a juzgar? ¿Cuál sería la condena? Entonces debería haber una cárcel para delincuentes ficticios fuera de las historias. Un lugar nuevo en la frontera de la ficción y la realidad debía ser.

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