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Era el firmamento del vacío
Por: Neftalí Coria
En la habitación, el olor a ese alcohol afrutado crecía.
–No puedo volver al mundo hecho de palabras –me dijo Arlette suplicante–, porque si vuelvo, me condenarán y tengo una hija que es real y por ella y por más, debo quedarme aquí.
La hija era real. Había disipado la duda que me rondaba desde que la mencionó, aunque me quedaba otra pregunta ¿Cómo era que Arlette –ficticia como lo era–, pudiera ser madre en el mundo real de una hija real? ¿Dónde la había engendrado? ¿Quién era el padre, un ficticio o alguien real? Mucho después supe que el padre era Lord Anton, lo que me impresionó ¿Dos ficticios engendran un espécimen real? Pero ya para ese entonces, cuando lo supe, nada me importó.
La habitación, en el instante en el que Arlette se arrancaba la blusa, me dio la apariencia de un escenario teatral en el que yo era poco menos que comparsa. Comenzó por pedirme que me desnudara como ella lo estaba haciendo: con lentitud. Y aunque me desconcertó, lo hice con movimientos lentos como me lo pidió.
Ya desnudos –yo sin evitar mirarla en su desnudez– vi la belleza de su piel y su hermoso cuerpo. Luego me guió con extraños ejercicios de respiración y relajamiento del cuello y los hombros. Debía relajarme. Para entonces no me costó trabajo, dada aquella sutileza del coro permanente que se escuchaba en la habitación, tanto desde la mesa como desde las cuatro esquinas del techo.
–Guarde silencio y quédese de pie –me ordenó–; por ningún motivo hable y nunca cierre los ojos, hasta que yo le diga, pero concéntrese en lo que siente con las palabras que llegan a su cuerpo. Son una caricia y así recíbalas.
Comenzó a cantar una canción en latín –después supe que lo hacía en esa lengua para que las palabras no la reconocieran– y cogió las que estaban de la mesa a puños. Comenzó a ponerlas en mi cuerpo y en el suyo; las palabras se adherían firmemente a la piel de ambos. No me permitía hablar. Luego bajó las frases a jalones de las cuatro esquinas –tenían una gran resistencia las palabras porque ninguna se rompió, ni las frases se desbarataron– y las enredó en mi cuerpo. Otras las colocó de la misma manera en el suyo sin dejar de cantar. Con una facilidad inusitada, las palabras se pegaban a la piel como si ahí hubiera sido su antiguo lugar y debo confesar que me producían un extraño placer.
Las palabras seguían diciéndose en sí mismas y el sonido, al momento aquel, en que se pegaban a mi piel, me producían un hormigueo generalizado. El coro se escuchaba en toda la habitación y contrastaba con el canto soprano de Arlette que para ese momento, tenía la mirada perdida. Era una bella imagen la del rostro de Arlette, una visión de una extraña divinidad entregada a cantar con el fervor que solo puede verse en una mujer que ama y tiene fe en la redención.
Pronto las palabras cubrían nuestros cuerpos y ella seguía cantando. Las palabras ya no soltaban sangre, sino expelían un vapor cálido y tuve la sensación que estaba comenzando una expiación de no sé qué culpa, y como en un sacrificio, las palabras estaban pegadas a nuestros cuerpos como sanguijuelas y Arlette estaba muy cerca de mí.
–Abráceme –dijo– y yo lo abrazo. ¡Cerremos los ojos!
Nos abrazamos con fuerza y poco a poco, bajo el canto y el silencio que guardaron las palabras, fui desfalleciendo y en aquel transe, me sentí penetrado por un gran peso en todo el cuerpo. Fui cayendo hasta no saber de mí, del lugar, ni del tiempo. Remotamente escuchaba trinos de pájaros hasta el silencio total y hasta olvidar quién era yo. Y en ese instante, la oscuridad lo pobló todo. Solo recuerdo que antes de perder el conocimiento, las palabras de nuestros cuerpos, habían desaparecido y el peso estaba adentro de mí, como si se hubieran inoculado y penetraran mi piel, aunque esa es una imagen borrosa en la memoria que comprobaría más tarde, como se verá.
No sé cuanto tiempo pasó, ni a dónde estaba siendo trasladado por lo pesado de algo que circulaba en el interior de mi cuerpo…
Para mi asombro, la memoria despertó en un nuevo lugar, poblado de serpientes blancas y aves luminosas que volaban y se movían constantemente en el aire porque no había más y se elevaban y descendían. Volaban en el vacío, porque todo era vacío. Pude confundirlo con un sueño, pero estaba despierto y mi cuerpo estaba ahí. Lo toqué por todas partes para comprobar. Los ojos miraban bajo una encandiladura de la luz del vacío. Era mi cuerpo verdadero ¿Estaba yo del otro lado de la frontera entre lo real y la fantasía despoblada? Sin duda, había pasado la frontera entre esas dos latitudes que tiene el mundo poblado con sus cosas, y el mundo donde debe comenzar la vida de nuevo. Allí no había nada ni nadie, era el firmamento del vacío.
El aire no era frío ni cálido, pero apenas podía mirar aquella luminosidad que poco a poco fue disminuyendo, pero no había nada cuando pude mirar con más claridad. Era un aire arrebolado y lento ¿Cómo podía sostenerme en una superficie que no se podía ver? Y sin embargo me sostenía. No, no estaba en el aire, ni mucho menos volaba. Era un paraje en el vacío, hueco, desértico, pero sin arena ni dunas, por el contrario había una cierta humedad que más se acercaba a la temperatura de un bosque, pero sin árbol, ni arbusto alguno. Nada había, nada, lo que se debe entender como nada, era nada.
En ese momento tuve el temor que da un lugar donde el vacío puebla el alma y no hay a donde ir, ni hay lugar para refugiarse de nada. Nada ni nadie para sentirse protegido, acompañado o ser compañía de nada ni nadie. Yo estaba en el fondo húmedo del silencio…
