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Mi nombre es Miguel Ángel Limonero

Por: Neftalí Coria

Anabel vivió los golpes de la orfandad después de la muerte de su padre, y el desaliento creció hasta la desolación, con el repentino suicidio de la señora Alba, su madre. Anabel está convencida que ella quiso dejar la vida, por la tristeza que se la fue comiendo poco a poco y no soportó la ausencia de su marido, a quien amaba profundamente, al igual que el señor Vidal, su padre a ella, a quien le correspondía con la lealtad, la ternura y un profundo amor.

Anabel vio el amor de cerca y sabía ser amada, quizás por eso ella busca el amor como el que conoció y recibió de sus padres. Aunque bajo la tutela de su abuela, que fue con quien se quedó, nunca fue lo mismo.

Siempre le gustó el pelo corto, porque tenía la idea que así camina al descubierto por la vida. El pelo corto le da más claridad, mucho mejor movimiento en su mundo y hasta en los sentimientos, así lo ha creído, y en su propia visión y juicio –para sí misma– lo ha comprobado. Anabel Vidal es sincera y leal; estudió ingeniería en sistemas, pero nunca ha ejercido, porque también le gusta la danza y pronto se integrará al ensamble de tango con Agripina, aunque por ahora solo se prepara. Su empleo de mesera, lo ha tomado mientras encuentra algo más que le convenga, pero no tiene prisa.

Agripina está contenta que Anabel se integre al ensamble y ella es feliz con esa magnífica agrupación que además, promociona el tango. Estos días, le interesa que Anabel ya se integre a las coreografías, porque tiene contratos con mucha frecuencia y eso se debe al agente que representa Tango Mortis, un tal Diego Pozos que consigue contratos muy seguido y buenos. Tan bien les está yendo, que dos semanas antes, cambiaron algunos instrumentos y aumentaron el vestuario. Agripina ha sido amiga cercana de Anton y Roger desde mucho tiempo atrás. No le hemos conocido novio alguno, porque ha estado entregada a su trabajo artístico.

–Al tango y a la milonga les entregué mi amor –decía cuando le preguntaban si tenía novio– y para mí no hay más.

–Doblarás las manos Pinita –bromeaba Raulito.

Agripina tiene el encanto de las mujeres que no se complican la vida, y si aceptó ser parte de la banda, fue por su carácter y por su amistad con Roger y Anton, con los que hay una hermandad de muchos años.

Lo mío fue un impulso aventurero, el que me llevó a integrarme a la banda y tal vez porque mi rutina la he visto plana y con muy poco sentido. Y salvo mi relación con Paura, pocas cosas me hacen feliz.

Cuando llegué a mi casa, mientras abría el portón con el control remoto, vi una sombra que entró a la cochera. Seguí la marcha para entrar y cerré el portón. Cuando bajé del coche, estaba ahí, amonado junto al portón.

–Buenas noches –me dijo con la voz temblorosa.

–Quién es usted –le dije listo para irme encima a los golpes.

–Tranquilo maestro Neftalí, lo estoy buscando desde hace varios días –dijo y se puso de pie.

Me dijo aquel nombre que acá no era el mío, pero no dije nada al respecto. Quise reconocerlo. Su vestimenta de campesino me lo recordaba vagamente, pero sin claridad.

–Somos viejos amigos –me dijo con voz suave–, nos vimos allá del otro lado.

La memoria nebulosa del pasado, seguía jugándome malas pasadas.

–Yo salvé mi vida y escapé de un cuento de Juan Rulfo ¿Me recuerda?

Entendí. Recordé. Mi asombro fue grande ¿Pero qué hacía aquel hombre acá, en esta historia a la que nunca yo lo había convocado y en la que nada tenía que ver con él? Lo había encontrado solo porque quería hacerse presente conmigo, hacía tiempo en los Altos de Jalisco, pero nada nos unía.

–Y por qué está acá –le pregunté

–Quiero algo de beber –me dijo y en ese momento, le vi los labios secos–, quiero pasar y sentarme un rato.

Sin mediar palabra, pasamos a la sala y se dejó caer en el sillón como si viniera del desierto. Yo no lo perdía de vista mientras le serví un vaso de agua. Se lo di. Lo bebió todo con voracidad.

–Deme más.

Le serví otro.

–¿Tiene un fuerte? El agua quita la sed y el aguardiente serena.

Le serví un tequila. Bebía despacio el agua y la alternaba con el tequila. Del morral sacó un cigarro y lo encendió. Me ofreció uno. Lo acepté. Era tabaco puro y atado en hoja. Me parecía un hombre perdido y desvalido.

–Bueno, ahora dígame qué hace aquí –le pregunté con cuidado.

–El sueño de alguien me trajo –miraba a ninguna parte, la mirada del perdido era en ese momento la suya–, alguien que vive en esta novela suya que ahora escribe y en la que usted mismo vive, me soñó, o a lo mejor, borracho, yo me metí al sueño, porque desde hace tiempo, me ha dado por el chínguere. El caso es que no puedo decirle cómo fue que caí aquí, a esta ciudad, que ni sé cómo se llama. Luego me sentía mal, me dolía esta rodilla y me fui al hospital. Y ahí lo vi y lo reconocí luego luego. “Con él puedo levantarme al mundo y a la vida entera”, me dije… y aquí me tiene.

–¿Pero yo qué puedo hacer por usted? –le pregunté desviando sus intenciones.

–No quiera verme la cara de tonto, Neftalí –dijo sin molestarse, pero con la ironía bien tallada–usted sabe qué hacer por un hombre como yo.

Ese había sido mi nombre allá en el pasado, es cierto.

–Mi nombre es Miguel Ángel Limonero y soy cirujano –le dije categórico– usted me confunde.

Creí que me lo quitaría de encima. Guardó silencio y me miró con esa mirada aguda y escrutadora, como si no me creyera; recordé esa mirada de allá, en los Altos de Jalisco.

–No me quiera engañar doctor, los dos sabemos qué hacemos aquí, los dos sabemos bien como funciona toda esta maquinaria y lo único que le pido, es que me haga vivir en esta historia que está escribiendo… y si quiero vivir aquí, es porque sé que aquí no voy a morir. Y no quiera que crea que usted es otro. Sé que usted escribe todo lo que está pasando aquí a donde llegué como haiga sido.

–Y cómo sabe usted que en esta historia no va a morir –le pregunté con doble intención.

–Porque lo sé.

–Cómo lo sabe.

–Porque ya está dicho, mi querido doctor –dijo y se levantó.

–¿Quién lo asegura?  –le pregunté con cierta irritación.

–Ya lo verá, ya lo verá –me dijo con las manos abiertas–; tranquilo doctor, todo a su tiempo. Piense en un nombre para mí, ya me vio la cara y de ahí puede ponerme el nombre que haya visto en mí.

–Venga mañana y le tendré una respuesta –le dije, porque quería que se fuera.

–Mañana vengo, sí señor –apuró el tequila de un trago y ya de pie.

Lo acompañé a la salida. Me dio las buenas noches y caminó por la calle sola. Me quedé en la puerta mirándolo alejarse. Antes de dar la vuelta a la esquina, movió la mano en alto, como se despidió aquella vez en una lejana estación de camiones. Se perdió en la calle como una mancha que se disuelve en el paisaje nocturno de la calle solitaria.

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