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¿Había perdido el dominio de la novela?
Por: Neftalí Coria
Entendí con desmesura lo sombrío de aquel momento. No podía creerlo, porque en mi cuaderno tampoco estaba la más mínima anotación de la muerte de Paola, ni estaba en el plan de mi escritura ¿Había perdido el dominio de la novela? ¿Por qué la muerte de un personaje no estaba en los renglones de mi escritura? Yo debía haberlo sabido. Además de la impresión que la muerte de Paola me provocaba en sí misma, me impresionó y me dio miedo el hecho de permanecer en la historia ¿Por qué ellos sabían de la muerte de nuestra amiga y yo no? Todo parecía ser parte de una realidad en la que yo sólo estaba siendo una más de las piezas de la historia y no el que decidía lo que habría de suceder. Ahora Paola muerta, algo quedaba colgando en la historia y no imaginaba qué iba a ocurrir, y no saberlo, significaba haber perdido el control literario de la ficción de la que yo era el autor. Definitivamente, estaba perdiendo el control y el poder que debe tener en sus manos el novelista.
–¿Suspendemos el plan? –pregunté tratando de incidir en la marcha de la historia.
Agripina Estuvo de acuerdo, Roger dijo que el plan debía seguir adelante, pero Anton también aprobó la suspensión, porque era lo moralmente correcto y todos estuvimos de acuerdo. Roger tuvo que aceptar.
–Vamos a ver lo de Paola y posponemos para la próxima semana –propuso Agripina.
–Además puede afectar el ánimo y corremos el riesgo de fallar –sentenció Anabel y tomó la mano de Anton.
Otra sorpresa. Antes de escribirlo, Anabel y Anton ya estaban amándose y yo apenas estaba planeando la estrategia para que sucediera aquella relación ¿Cómo había ocurrido? Ya no me importó.
Decidimos suspender el asalto. Roger entendió y llamó a la misteriosa amiga suya de nombre Rosa, la cómplice, para avisarle.
¿Cómo fue que Paola había muerto? Nadie sabía los detalles, salvo que estaba muerta en su departamento y poco antes de llegar a mi casa, Anton había recibido la llamada de Jimena, la compañera de Paola. Y yo no sabía ni siquiera eso. No cabía en mi entendimiento el porqué yo no tenía conocimiento de un hecho tan importante en la historia, si yo la estaba escribiendo, si era precisamente yo, el autor de los hechos de la novela en la que vivíamos todos y debía saberlo absolutamente todo ¿Cómo es que había sobrevenido la muerte de Paola a espaldas mías?
Se fueron y yo me quedé en mi casa para tratar de entender aquello que me hizo creer que estaba a punto del fracaso. No quise ir al lugar de los hechos. Estaba desconcertado y sobre todo intrigado de lo que estaba pasando en la historia.
Después vino lo demás: la denuncia, el funeral, la llegada de los familiares, lágrimas de todos, sorpresa entre los amigos músicos, consternación. Otto inconsolable, no se explicaba quién había osado quitarle la vida a su amada.
Solo se sabía que el asesino había sido un hombre de estatura baja, que entró al departamento a eso de las ocho de la mañana. Tocó y Paola abrió la puerta. Y sin más, de dos disparos le arrancó la vida. El asesino huyó y Jimena solo escuchó los disparos, el grito, el golpe de la caída de Paola, el portazo y los pasos del asesino bajando la escalera. Bajo el espanto y desconcierto, Jimena fue hacia Paola, levantó su cabeza, corrió por el teléfono, llamó una ambulancia y volvió a sostener la cabeza de Paola.
–Me miró con ternura tratando de decirme algo –dice Jimena llorando– y en ese momento, se fue.
¿Quién era el asesino? Yo debía saberlo y no lo sabía, ni tenía idea del móvil, no sabía nada, claro, si no estaba enterado del asesinato, mucho menos del móvil ¿Y si El Jirafa estaba muerto, quién la mató? Yo ya vivía la historia del mismo modo que los demás, como parte natural de ese mismo mundo en el que todos éramos parte de una realidad que caminaba sola.
Las desobediencias de la novela, cada vez eran más y crecían los hechos fuera de mi dominio. Vivía yo como un personaje que estaba siendo guiado por la mano de otro novelista que ya no era yo. Salir de ahí, cada vez lo veía como un imposible. Esa era mi vida, no había duda, aunque me costaba reconocerlo.
Sólo me quedaba Paura, ella era mi salvación, y aunque también vivía sus frecuentes desobediencias, Paura era mía y ese era mi consuelo, ella no me traicionaría, ni me iba a dejar solo.
La historia avanzaba sola, como un tren desbocado que arrastra sus vagones sin detenerse, y nadie se iba a bajar, ni a moverse de su lugar hasta el final, que bien podía ser un descarrilamiento o el feliz arribo a la última estación, que sería el final de la novela que no sé si yo le pondría el punto final y la palabra Fin al centro de la página y abajo de donde cierran puertas la última palabra, el punto y la palabra Fin.
Después que volvimos con Paura del funeral de Paola, estuvimos en casa y desde esa noche, comenzó la etapa de los sueños difíciles. Y así pasaron días de trabajo y casa, casa y trabajo y siempre juntos. No quise saber de lo que los demás estaban viviendo; no me importó el asalto al banco y ya no contesté llamadas, ni fui al café Aladino; me aislé de todo lo que en la historia estaba pasando, porque tampoco lo estaba sabiendo. Ni intenciones de escribir tenía, porque la historia iba desbocada y sola, pero estaba claro que yo seguía en ella como una pieza más que no estaba decidiendo, ni los hechos, ni la trama, ni nada.
Paura era mi único aliento, claro quién más podría serlo en aquella vida en la que la desdicha me perseguía de día y de noche. Dormía con sueños de persecución y túneles oscuros con charcos de agua. Y yo corría perseguido de no sé qué asesino, pero el pavor era por la muerte que me alcanzaba. Y cuando estaba a punto de ser alcanzado, despertaba llorando. Paura me consolaba y volvía a dormir.

