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UNA LECCIÓN COMO VENGANZA

POR: NEFTALÍ CORIA

Hasta que vino la noche, en la que pese al miedo, logré conciliar el sueño. La diferencia con las noches anteriores, fue que en esta, me desperté a las dos de la mañana. Inexplicablemente, como si hubiera salido desde el escenario del sueño, abrí los ojos y encendí la lámpara con una alegría triunfal, pero pronto los ojos me dieron la realidad. Soñaba que estaba despierto en mi cama de aquella otra habitación y podía ver todo lo que en mi habitación aquella dejé; los cuadros, las fotografías, las reproducciones de Velázquez y Picasso, Vanesa… Estaba acostado y eran las mismas sábanas aquellas que acariciaban mi cuerpo con la misma textura que muchas veces me estremeció. La pantalla con una película de Fellini y todo lo que hubo antes en aquella habitación. Miraba el escritorio frente a la cama y la ventana cerrada como se quedó; yo descalzo sobre la cama con un libro en la mano y el cuaderno abierto. De aquel sitio desperté creyendo que todo era cierto, que de verdad estaba allá, donde tanto deseaba estar. Y no. Cuando desperté se disolvió todo lo que el sueño me había devuelto. Estaba aquí en la casa de mi invención. Miré por la ventana. Algo allá afuera –el aire de la madrugada quizás– se movía. Y se escuchó una risa que se fue perdiendo en el mismo aire.

Me quedé sentado en la cama como un imbécil y así me lo dije de ahí en adelante: imbécil, ingenuo, pendejo… Hasta llegué a creer que todo era una trampa que Arlette y los demás me habían tendido para exiliarme al mundo donde sin palabras nada existe. Imaginé que me estaban dando una lección como venganza, contra un hombre que inventa seres humanos de palabras, y ese era el principio de una revancha, que consistía en ocultarme lo que sucedía en la historia, condenándola a no ser leída por nadie y obstruyendo el camino para no llegar al final que yo pudiera darle, porque es natural que ellos no saben que sin lectura nadie de los que aquí habitamos, somos algo.

Y si acaso esas revelaciones hubieran llegado en otro momento, cuando la novela era un lugar incipiente y escaso en la historia hasta ahí narrada, desde un sueño como el de hoy, hubiera podido volver y renunciar. Hubiera podido cruzar con toda facilidad el umbral, que tal como avanza la narración, se cierra con más fuerza.

Con la novela en sus principios, hubiera sido fácil salir, aunque esta tropa viviente se hubiera quedado en la historia congelada a morir, o los que ya sabían escapar de novelas anteriores que habitaron, escaparan al otro plano para otra vez, ser los mismos ficticios deambulando y maldiciendo esa vida de neblina en la que yo los encontré. O tal vez encontraran otro novelista idiota que los recogiera para llevarlos a su mundo de la ficción donde deben estar, como lo hice yo con ellos. Pero no, ahí están viviendo en esta historia en la que todos somos una invención y sin poder ya salir de este territorio, que poco a poco fui sabiendo que ya era mi único hábitat, el único reducto para vivir, mi condena que llegaría hasta poner título y punto, la palabra fin y el espacio blanco y finito que siempre ha de ser nada.

Será una novela más y en ella viviré para siempre, una novela que no tendrá lectores porque es una novela –como se ve desde aquí– de carne, una novela como la aldea hecha de los vapores de la ficción donde vivimos los pobladores dóciles y sometidos a lo que nos encomendó una maldita imaginación (la mía que ahora ya empiezo a desconocer).

Aquí no será un libro, ni escritura de grafías y palabras, sino una historia, como todas las historias que suceden en el mundo de los seres que viven y ya, viven, y eso es todo. Y aquí lo que me pregunto y no logro entender, es qué manos, qué autor más nos escribe desde otra parte, arriba, en un secreto tapanco de nubes y me hace creer que el que escribo soy yo. Y si es así, entiendo por qué no puedo volver a donde creí ser el escritor que fui porque hay un verdugo. Y sí, todo ha sido una trampa para traerme a donde solo soy lo que soy, y he traído a cabresteo a los que creí traer, incluyendo a Paura que fue mía, desde que se fue de mi novela que ahora casi no recuerdo.

Paura es mía, solo eso sé, y ella sin saberlo del todo, vuelve a nacer junto a mí y en el amor nos encontramos como único destino, como esclavos del corazón, y el corazón suyo, es hijo del corazón mío del que desciende. Ni ella ni yo podemos romper ese lazo de amor, esa atadura que sin darnos cuenta nos ha salvado; a mí de la soledad del escritor ingenuo que era, y a ella del oficio de puta para el que fue construida y del que creyó que sería todo lo que había para su vida. Y ahora somos dos almas que se aman y en esa necesidad mutua de mirar la vida y alegrarnos del mundo, debemos seguir viviendo.

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