El aula no es un escenario
Dr. Alejandro Guzmán Mora

Una reflexión a partir de Fernando Savater sobre el esfuerzo intelectual y la pedagogía del espectáculo «Un profesor no siempre puede convertir todo en espectáculo; hay temas complejos que requieren esfuerzo intelectual. Si los alumnos se aburren cuando les hablas de Kant, pues mira, ¿qué le vas a hacer? Esto es la clase de filosofía y no le vas a decir que Kant era un payaso de circo.»
Fernando Savater.

Con esa ironía templada que lo caracteriza, Fernando Savater coloca el dedo sobre una de las llagas más visibles de la educación contemporánea: la idea, hoy casi indiscutida, de que enseñar bien equivale a entretener bien. Su frase puede leerse como una boutade de profesor cansado, pero conviene tomarla en serio. Detrás del humor asoma una tesis filosófica robusta, y la mención a Kant (que no es casual) arrastra consigo toda una concepción de lo que significa formarse como persona pensante.

La tiranía del entretenimiento
Hace ya décadas que Neil Postman advertía, en Divertirse hasta morir, que la cultura del espectáculo terminaría colonizando todos los ámbitos de la vida pública, incluida la escuela. Lo que en su momento sonaba a profecía apocalíptica se ha vuelto costumbre. El docente actual es presionado, desde múltiples frentes, para convertirse en animador: que sus clases sean dinámicas, gamificadas, interactivas, virales, «tiktokeables». La evaluación misma del profesor, en muchos sistemas, depende de cuánto satisface las expectativas de entretenimiento de sus alumnos.

Savater no niega la importancia de enseñar con vida, con pasión y con buen humor. Quien haya leído El valor de educar sabe que defiende justamente lo contrario al profesor gris que recita apuntes amarillentos. Lo que rechaza es otra cosa: la confusión entre interesar y divertir, entre despertar al estudiante y secuestrarlo en una experiencia que ya no se distingue de un reel de Instagram.

Por qué Kant, y no otro
Que el ejemplo escogido sea Kant tampoco es accidental. Pocos filósofos resisten tanto la traducción al lenguaje del meme. La Crítica de la razón pura no se deja explicar con una infografía, ni el imperativo categórico se aclara con un sketch. Hay un tipo de pensamiento —el de Kant, el de Hegel, el de Spinoza— que solo se entrega a quien acepta hacer el camino entero, con sus oscuridades y sus rodeos. Pretender hacerlo «fácil» no es democratizarlo; es liquidarlo.

Cuando Savater dice que no le va a decir a sus alumnos que Kant era un payaso de circo, está señalando un límite ético. Existe una mentira pedagógica que consiste en disfrazar lo complejo de simple para no incomodar a nadie. Esa mentira, bien intencionada en apariencia, termina robándole al estudiante lo que más necesita: la experiencia de haberse enfrentado, por sí mismo, a algo que no entendía y que, con esfuerzo, llegó a comprender.

El esfuerzo como acto de respeto
Aquí asoma quizá lo más valioso del argumento. Insistir en que los alumnos pueden y deben hacer un esfuerzo intelectual no es maltratarlos: es respetarlos. Es asumir que tienen capacidad para pensar cosas difíciles, que no son consumidores frágiles a los que hay que servirles el contenido pre-masticado. La pedagogía del entretenimiento, paradójicamente, esconde una forma de desprecio: trata al estudiante como si fuera incapaz de aburrirse productivamente, como si la frustración —que es parte ineludible del aprender— fuera un trauma que evitar a toda costa.

Hannah Arendt, en La crisis de la educación, lo dijo con dureza: educar implica introducir a los recién llegados en un mundo que ya existe antes que ellos, con todas sus complicaciones. Adaptar ese mundo hasta volverlo irreconocible para no incomodarlos es, en el fondo, no introducirlos en él. Es dejarlos fuera, en un parque de diversiones cognitivo donde nada les pertenece de verdad.

Lo que Savater no está diciendo
Conviene también precisar lo que la frase no defiende. No se trata de una apología del profesor monótono que esconde su pereza didáctica tras la dificultad del temario. Que algo sea complejo no es excusa para enseñarlo mal. Hay maneras de presentar a Kant que abren puertas y maneras que las cierran para siempre; hay metáforas que iluminan y otras que solo aturden. El buen profesor de filosofía no es el que aburre con dignidad, sino el que consigue que el aburrimiento ocasional no impida el descubrimiento.

Lo que Savater pide es modesto y a la vez radical: que el docente no se sienta culpable cuando el contenido, por su propia naturaleza, exige esfuerzo. Que no traicione la materia para conservar la atención. Que asuma que parte de su trabajo consiste, precisamente, en sostener al alumno en ese momento incómodo donde todavía no entiende y está tentado de abandonar.

La dignidad de pensar despacio
La afirmación es, a su manera, una defensa de la lentitud en una cultura obsesionada con la velocidad. Pensar a Kant requiere tiempo, silencio interior, volver sobre la misma página varias veces. Nada de eso encaja con el ritmo de la economía de la atención. Y sin embargo, sin esa lentitud, la escuela deja de ser escuela y se vuelve otra cosa: un canal de contenidos más, compitiendo con TikTok por unos minutos de mirada distraída.

Quizá la tarea del profesor hoy, más que nunca, sea esa: proteger un espacio donde todavía sea legítimo aburrirse un poco, equivocarse, no entender al primer intento. Un espacio donde Kant pueda seguir siendo Kant —difícil, exigente, transformador— y no un payaso de circo disfrazado para complacer a un público que ya no sabe que vino aquí, en realidad, a pensar.

Porque al final, como sugiere Savater entre líneas, la escuela no le debe diversión al alumno; le debe algo mucho más serio y mucho más generoso: la oportunidad de descubrir que es capaz de pensar lo que creía que no podía pensar.

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