Por: Neftalí Coria

 

He leído poco estas últimas semanas, sin que por ello abandone las lecturas comenzadas, aunque sí he ido más despacio y he notado que lo poco leído de cada libro, y ya dentro de la historia (son novelas), me he descubierto dándoles vuelta y regresando a los sucesos, reinterpretándolos y acuñando diversas perspectivas y distintas direcciones o rutas en el avance del tiempo literario. Me divierte y compruebo que las historias –como es natural en la literatura y la vida– son modificables y el destino tiene sus propias leyes y demandas.

Si acaso he leído el segundo capítulo de una de las historias, y volveré al libro hasta cinco días después, en ese lapso de tiempo, he pensado frecuentemente en lo que he sabido de la novela, por ejemplo en una de estas novelas que leo (siempre leo hasta cinco a la vez), hay un capítulo que habla de la felicidad de una manera sorprendente que me ha mantenido analizando tal visión. Dice: “La felicidad es un desconocido que llega como una borrasca a la ribera. Desordena el mundo más que una tormenta. Levanta las carretas, los cobertizos. Invisible, abate los árboles. Los cascos de los barcos vuelan por los cielos. Hay que ser valientes cuando la felicidad está aquí.”

Y he pensado mucho sobre esa visión inversa a lo que antes de haber leído este pasaje, tenía sobre la presencia de la felicidad. Quizás haciendo estas pausas en la lectura y esas maneras de observar, podamos notar como la lectura de obras como esta, podemos mirar de cerca, cómo cambiamos los lectores nuestros puntos de vista y como nos enfrentamos a los descubrimientos: “No hay que palidecer frente a la felicidad, así como tampoco debemos temblar frente al sufrimiento.” Ante estas aseveraciones encontradas en esta novela de Pascal Quignard, he pasado momentos largos haciéndome preguntas y recapitulando mi propia historia. Acometiendo a la memoria para traer momentos en que me he visto doblado por la felicidad o herido por ella misma. Y pienso en la educación sentimental  –en nuestra cultura y de manera generalizada– que nos inculcaron. Hay que buscar la felicidad a toda costa, hay que buscarla y rompernos el lomo con tal de encontrarla. La vida misma debemos dedicarla a la búsqueda de la felicidad y conseguirla a como de lugar, incluso derribando a otros, pisoteando a terceros. Me sorprende la comparación que Quignard hace de la felicidad como “una borrasca” que llega para hacer pedazos “a la ribera”. Me da una novedad que no esperaba y creo que desde ahora en adelante, también seré precavido con la llegada de la felicidad. Y eso me lo ha dado esa lectura contenida y lenta.

El poco avance que llevo en cada una de las novelas que ahora leo a ritmo lento, también me ha dado por hacer hipótesis de lo que imagino que vendrá páginas más adelante. Y me ausento de los libros y voy a imaginar lo que puede seguir, lo que puede ocurrir con Gyeongha, a quien su amiga Inseon, después de sufrir un duro accidente, le encarga encarecidamente que vaya a su casa para salvar –quizás del frío– a su cotorra. Pero considerando que hay una tormenta de nieve, me pregunto qué ha de pasar, y de ahí hago mis hipótesis y suposiciones imaginando qué puede suceder con esta mujer que emprende el viaje a la isla Jeju para salvar al pájaro. Trazo una línea de sucesos que invento y otra más y otra más, y tengo paciencia para seguir la lectura más tarde y saber lo que la autora de “Imposible decir adiós”, Han Kang, ha elegido en esta historia.

Como si hiciera ejercicios de invención voy elucubrando lo que dejo de leer y me ha divertido, me ha hecho construir malabarismos que puedo comprender, tal vez para sorprenderme de lo que más tarde he de saber de la historia y valorar la habilidad inventiva de los autores que leo y lo que es más, admirar su eficacia en la imaginación y conocimiento del mundo.

Y es que desde hace dos meses, adapto una novela para un guión teatral que me ha mantenido ocupado. Quiero con esto decir, que los usos de la lectura son múltiples y que cada novela, tiene sus propias condiciones y sus diversas necesidades de ritmo y velocidad de lectura; lo interesante es que hay que descubrirlas. Y viene otra pregunta ¿Cómo descubrir tales necesidades que cada libro contiene? No creo que sea fácil, además no siempre es necesario, también es cierto. Son observaciones que han surgido de estos días que leo despacio y quizás por ocio o por necesidades lúdicas de mi oficio.

Claro, lo importante es leer, pero también creo que todo lector debe observar lo que le pasa con las lecturas, porque después de cada una de ellas, después de cada libro leído, algo cambia en nuestra percepción del mundo y su realidad infinita.

No es que recomiende que se lea de este modo, pero en lo particular, me ha dado maneras de observar, modos de entrar a una historia y transgredirla. Aquí lo importante es no dejar de leer y como un arquitecto que está en la construcción de una obra, no puede dejar de observar otras obras de otros arquitectos, leerlas, observarlas, analizarlas y criticarlas, porque eso significa aprender, ampliar el conocimiento de su vocación y sobre todo, mirar los destinos distintos que otros autores le dan a sus obras, para sorpresa nuestra, porque bien sabemos: el arte sorprende.

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