Poeta… de noche
Juan F. Perales V.
Juan, como otras noches, se remolinaba en su silla. Los gruesos trazos que dejaba su lápiz, testigos fieles de sus recuerdos, quedaban grabados sobre su cuadernillo de hojas amarillentas, como si fueran testimonio de su lenta agonía. Porfiadamente escribía sus memorias en ese tipo de hojas, ya que odiaba las otras, blancas y brillantes, porque siempre acababa ensuciándolas.

Aunque los relámpagos parecían luces de bengala invitando a festejar, él veía el cielo calmo y la luna llena iluminando el mar. No obstante, las primeras gotas de lluvia no se hicieron esperar y golpearon el vidrio de la ventana, provocando que, inusitadamente, Juan abandonara la mesa para ir a visitar a la Dama de Noche; quería saber si ya había florecido. Esto era vital para él, pues significaba el punto de embarque hacia nuevos horizontes. Había esperado casi un año y, hasta ahora, nada. Su anhelado jardín, diseñado a su gusto, se había convertido en su pasatiempo justo después de jubilarse. Lo visitaba a diario y compartía las flores con su vecina. Pero esta vez estaba tan cansado que, a pesar de escuchar que tocaban a la puerta, no abrió.
Es la hora del silbato, pensó, y regresó a la mesa que le servía de escritorio. La noche anterior el calor lo había obligado a encender el viejo ventilador, y eso opacó el sonido de la predecible locomotora que, puntual, anunciaba su llegada al pueblo. Esta noche, sin embargo, Juan detuvo las aspas de su recién adquirido quiet fan. Desde que lo vio, se enamoró de él.
Poseía una característica única: el modo silenciador. Lo interesante era que, sin hacer ruido, podía refrescar hasta medio metro de distancia.
En fin, lo importante es que Juan oprimió el botón rojo y las aspas se detuvieron, eliminando el molesto zumbido. Enseguida, a la hora exacta, la una de la madrugada, oyó el grave y dulce sonido emitido por el silbato de la locomotora. Esa sensación era lo que más apreciaba de su entorno, que, con pocas excepciones, no se comparaba con la sonoridad expresiva del tren al frenar, haciendo chirriar las ruedas contra las vías, casi diciendo: llegué.
Aún no terminaba Juan de disfrutar su melancólico pero extasiado momento cuando escuchó el lastimero lamento de un burro, acuciado quizá por la soledad o por su pareja que, extraviada en la noche, lo evitaba temerosa de ser maltratada como otras veces, alejándose silenciosamente de él. Aunque la primavera invitaba al placer, algunas hembras preferían huir en plena luna llena por temor a perderse en la oscuridad. Su consorte, en cambio, esperando que no lloviera, escuchaba los truenos que anteceden a la tormenta, temiendo que el agua lo empapara en seco. Esto lo asustaba; rebuznaba a cada rato, distrayendo a Juan, quien abrió la ventana para verlo pasar. Así, entre el silbato y los rebuznos, Juan reflexionaba en la oscuridad de su cuarto, inacabado y lleno de pinturas surrealistas. La cuarteadura del techo amenazaba con venirse abajo, y lo único que la sostenía era la voluntad de no caer en manos de este singular personaje que parecía retarla cada vez que volteaba a verla y le decía: Atrévete, pues.
A pesar de sus inesperados cambios de humor, Juan platicaba consigo mismo; a veces riéndose y, otras, rumiando su destino. No le bastaba con recordar sus éxitos; le entretenía más pensar en los problemas que interrumpían el sosiego de las tardes veraniegas al lado de su amada: La Chatita. Esta era una barca mal pintada y con algunos hoyos que amenazaban hundirla, a pesar de que se había encomendado a la Virgen del Carmen, aquella a la que todos los pescadores rezan cuando salen a alta mar. Fue la primera pintura que adornó su reducido cuarto, iluminada de lado por los tenaces rayos de una luna llena que atisbaba curiosa por entre las rendijas de la ventana rectangular, que servía como un portal discreto hacia el mar.
Pero lo que más emocionaba a Juan era sentir el dulce escozor del aguardiente quemándole la garganta. Esto no se comparaba con nada, ni siquiera con las promesas de los jesuitas convenciendo a los pobladores de rezarle a su dios para ganarse el paraíso.
De pronto, como anunciando la llegada del Arcángel Gabriel, se escuchó un estruendo que hizo vibrar las paredes. Juan golpeó la mesa con tal fuerza que tiró la botella de aguardiente, su único consuelo en la penumbra. La puerta se abrió de golpe y un hombre entró vociferando a todo pulmón:
—¡¿Dónde está la Prieta?!
Juan se sintió descubierto y comenzó a temblar, igual que un inocente niño a punto de confesar sus pecados en la víspera de su primera comunión. La situación parecía difícil de apaciguar, pero, a pesar de su incapacidad para mover el brazo derecho, resultado de su parálisis, se armó de valor y dijo:
—Pásale, ya te esperaba —murmuró sin levantar la vista, mientras recogía la botella del suelo.
Los ojos enrojecidos de Genaro se alertaron al ver cómo el líquido lo invitaba a pasar a su estómago. Las babas pronto lo delataron y el asunto urgente pasó a segundo término cuando Juan lo invitó a beber, diciendo:
—Toma, te lo mereces.
Los dos se abrazaron sin decir palabra, pero algo no le cuadraba a Genaro. El nuevo quiet fan aventaba aire por todos lados sin hacer ruido. Sorprendido e intrigado, después de separarse de Juan y darle un trago a la botella, Genaro balbució:
—¿Y eso? —preguntó, asombrado, señalando el ventilador.
Juan iba a explicar todo lo que ya sabemos, pero en ese momento el ruido de la locomotora ensordeció a Genaro, quien no solo dejó de preguntar, sino que, al sentir el techo caer sobre su sombrero de palma, quedó mudo de la sorpresa, muerto bajo los escombros, con las cejas levantadas, los ojos abiertos y un infantil gesto en su rostro que denotaba resignación.
Juan ni se inmutó; volvió a oprimir el botón rojo del quiet fan y las aspas comenzaron a girar.
Ya es hora, pensó, y apagó el televisor. La imagen de Genaro se difuminó en la pantalla, pero el eco de su voz aún resonaba en la habitación.
Juan había visto esta escena muchas veces, pero nunca la había entendido hasta hoy, en su mero Santo. Además, era el momento de escribir el primer verso del primer poema de la noche. Inspirado por lo sucedido, garrapateó sin dudar:
La soledad es sincera,
Te dice lo que no quieres escuchar, No elogia ni miente,
Pero al recuerdo invita.
Contrariamente a otras noches, el silbato de la locomotora guardó silencio, aumentando la sensación de soledad, interrumpida solo por el lento abrir de la única flor de la planta que adornaba su jardín, y que había esperado todo el año para florecer. Este regalo de cumpleaños era más que una coincidencia, quizás un milagro.
El dulce aroma envolvió el ambiente, trasladando a Juan a un remoto lugar cerca de su fallecida madre, devolviéndole la paz y la redención que había perdido en la larga historia de sinsabores que avivaban su desasosiego. Decidido, por fin, abrió la puerta.
—Es hora de tu medicina —dijo la vecina al entrar.
Juan sonrió mientras, con gran parsimonia, imaginaba que regaba la flor.
—Gracias —murmuró, mirando a la enfermera con ojos llenos de gratitud.
—De nada, Juan. ¿Cómo te sientes hoy? —preguntó ella al entregarle una pastilla.
—Mejor —respondió Juan, mirando hacia la Dama de Noche, que acababa de florecer, mientras él, disimuladamente, guardaba la pastilla.
La enfermera le devolvió la sonrisa antes de salir silenciosamente de la habitación, dejándolo a solas con su verso.
Justo entonces, la voz de Genaro lo sacó de su sopor.
—¡Juan, espabílate! —gritó—. ¡Hay que llamar a misa! —dijo mientras, apurado, jalaba ambas cuerdas y hacía mecer las campanas de la iglesia.
Juan parpadeó, desorientado. La escena de Genaro aplastado por el techo se desvaneció de su mente; se dio cuenta de que algo no encajaba. Luego escuchó el repique de las campanas, confundiéndolo aún más… antes de caer dormido.
Cuando volvió en sí, decidido a disfrutar de un nuevo día, Juan cogió su bastón hechizo y logró levantarse de la silla. La lluvia no cesaba y cada vez era más difícil lidiar con los estragos de su apoplejía. Eso sí, sus memorias eran tan fieles como el caballo que en ese momento montaba, cual joven jinete saludando desde el ruedo a quienes lo vitoreaban en la plaza de toros, igual que antaño.
—Lucifer —recordó orgulloso— se llamaba el corcel percherón que, calmo como él, esperaba tranquilamente a que el toro se acercara para ser picado, siempre imperturbable en medio del caos de la arena…
—¡Juan, espabílate! —escuchó de nuevo, interrumpiendo su glorioso momento.
Juan pestañeó dos veces; este mal amigo ya lo estaba cansando… así que decidió que era
momento de otro verso:
La soledad es sincera,
Te dice lo que no quieres escuchar, No elogia ni miente,
Pero al recuerdo…
Hizo una pausa y suspiró. Se sentía orgulloso; sus versos rimaban bien dentro del poema inacabado de su vida.
En ese momento recordó que ya era de noche y que aún no regaba a su dama. Sin pensarlo siquiera, le pegó a su bastón varias veces, espoleando al caballo.
—Juan, ¿a dónde vas? —escuchó decir a Genaro, pero no se detuvo. Le urgía llegar antes que el sol.
Juan F. Perales V.
