Por: Neftalí Coria
Gran parte de la vida y su tiempo, lo dedicamos a cubrir necesidades y es común que se llegue a creer, que para eso fue la vida y que hemos llegado a ella, para pasar el tiempo resolviendo las necesidades propias, las de otros y las de los demás. Aunque muchas de tales “necesidades” no lo fueron, pero ha pasado el tiempo y en el fondo, con el tiempo, se puede o no, reconocer que “no era necesario”.
He visto vidas que se dedicaron a cumplir con las necesidades que les impuso su estatus o la pobreza por igual, otros los he visto, que pasaron la vida inventando qué necesitaban y qué no, haciendo inventarios y balances de lo que sí y de lo que no, gastando el tiempo lejos de lo que no supieron que era de mayor importancia y muchas veces esencial. Abandonando el hermoso sentido que no vieron de la vida.
También he visto a los que multiplicaron las más absurdas necesidades que tenían como base, el dinero y la posición en la sociedad de la apariencia o “del espectáculo” como la llamó Vargas Llosa. Pero quizás este síndrome, al que puedo llamarle “de la necesidad”, sea provocado en gran parte por el sistema comercial que en la actualidad vivimos, como si las ofertas fueran una deidad en el círculo de esa necesidad de ser comprando, de comprar y poseer cosas que son eso, cosas, objetos y espejismos que llenan ese tristísimo vacío que, en las ciudades de hoy día, puede verse en los ojos de la multitud de consumidores y compradores en las tiendas más inútiles.
Y ahí van buscando ser quien se sueña ser, que por lo regular del otro lado del sueño, nunca se alcanza. Y es natural que, en un mundo de la apariencia y el espejismo, las ilusiones parezcan sencillas de cumplirse y se vuelvan destino futuro del ciudadano promedio en gran cantidad y de los demás. “Sin ilusiones no se encienden los motores de la motivación para vivir”, parecen decir los couches, los guías y los gurús del mercado, que animan a lo largo y ancho de las pantallas y dan “cátedra”, para que las ilusiones y los sueños de lo que nunca se alcanza, sea una nueva necesidad y compren soluciones a esas necesidades que se parecen a la ficción.
Y así he visto vidas agotadas ya, que ejercieron esos patrones en los que se vivió para “lo necesario” y otras “urgencias” que surgieron en el camino y que seguro, fueron necesidades creadas.
Hace muchos años, hubo una señora de casa próspera, que a su decir, necesitaba ollas y cazuelas, cuando sus hijos ya no estaban en casa. El marido muere, la casa grande, el silencio asesino, la soledad ruidosa.
–Las necesito –me dijo cuando le pregunté por qué tenía tantas ollas y cazuelas, cucharas y cucharones, platos y platones, vasos, tazas y cubiertos hasta no dejar sitio para una olla más, en una cocina grande de la que –además– se sentía orgullosa.
Todo lo necesitaba, todo le era necesario para sus urgencias en la cocina, es decir en su vida.
Y limpiaba, sino a diario, cada tercer día, por si había qué cocinar en grande, por si venían sus hijos y si acaso llegaban de vez en cuando, le alegraba cubrir las necesidades de los hijos y hacía mucha comida, que por lo regular sobraba y había que desecharla en la basura.
Y aquí viene otra razón de tal acumulación de cosas: “por si acaso…” o porque, “qué tal si…” o porque “no vaya a ser que…” y nos agarra desprevenidos.
Muchas de las necesidades tienen que ver con la prevención que ha sido una manera de vivir en la modernidad de nuestros días. Vemos con admiración a los europeos que planean su vida hasta con meses y años de anticipación. Las razones no me importan, pero me parece algo remoto para mi vida ordinaria. Alguna vez leí que una compañía telefónica española, gastaba una cantidad inconmensurable de euros en el mantenimiento de una planta de energía, por si se caía el sistema de energía que mantiene los teléfonos celulares encendidos, la planta entraría de urgencia a encender los aparatos de nuevo. Y hasta la fecha en que leí ese artículo, nunca se había utilizado. Nótese que el “por si se caía el sistema”.
Y vamos a otro peldaño, la compra y venta del confort, la necesidad del confort, la comodidad, la necesidad del buen servicio, la necesidad de mandar, de ser poderoso con el dinero y hasta la necesidad de soñar con ser estrella de no sé qué carajos, pero andar por ahí como si fuera cierto el estrellato soñado. Maneras que tiene el capitalismo de alimentar a una sociedad que cada vez piensa menos y consume más, de mantener en la cima de la riqueza a empresas que con sus productos, recrean y destruyen la salud con inversiones de publicidad que cada vez más, convencen a los consumidores que lo que venden es una necesidad más y urgente.
Si acaso hubiera más bastiones que educaran y más inversiones para el conocimiento, la compresión del mundo, el goce de la belleza humana verdadera, la promoción de la sabiduría, la historia, la cultura, el arte, la filosofía, entre otras materias que pueden enriquecer el sentido más humano de la vida –aunque se volvieran necesidades, el mundo tendría otra faz, otra forma de girar en el tiempo. Y aunque sé muy bien que esto –como la democracia y la libertad–, es imposible, no abundo más, porque también sé, que tampoco este alegato mío, aquí por donde usted lector ha pasado los ojos, de nada servirá, pero ni modo de no decirlo, porque dicho está.

