Por: Neftalí Coria
Para mi amigo Carlos López Ahumada (Foca)
Muchas veces he caído y muchas más me levanté con la vergüenza en la herida y el dolor callado de haber perdido el equilibrio en el momento que el cuerpo y el alma vuelan y como res muerta, caen. Como lo he visto, hay etapas en las que se me caen las cosas de las manos y en las que nada olvido, o por el contrario, olvido citas, nombre de autores, calles y más cosas, pero las cosas de las manos nunca las veo caer. Momentos en los que nunca me pregunté la razón de tales olvidos. Y es que hace días olvidé el nombre de una persona muy cercana y el título de un libro que amo, aunque volvieron horas más tarde. Maravillosos los males de la memoria, como hermosos sus bienes.
Porque no sabemos la razón, de esos sucesos, les hemos llamado “accidentes”. Y sabemos que tendrán su explicación en algunas ciencias, o al menos algunos acercamientos para conocer las razones y el porqué nos caemos, olvidamos o dejamos caer las cosas de las manos. Jaime Sabines dijo que lamentaba aquel buen número de operaciones a las que fue sometido, después de una caída en una banqueta y lamentaba que no hubiera ocurrido en el Everest.
Una caída puede matar, una cosa valiosa que cae de las manos, puede ser destruida de manera irremediable y un olvido puede ocasionar la pérdida de un punto en un examen hasta reprobarlo.
Otra cosa que me ocurre es que no memorizo mis poemas, aunque me lo explico; quizás no puedo cargar con todo lo que he dicho en ellos y sin duda, hay cosas que no quiero volver a recordar porque me duelen o me alegran, pero repetirlo no es algo que me interese estar pronunciando a diario. En la escritura, siempre miro adelante de mí, adelante para mirar atrás, porque el poema “es la segunda vez”, aunque se diga y cante en presente. Todo es pasado, todo va pasando y no vuelve, todo es pasar, porque vamos en el tren del tiempo y aunque exijamos que se detenga, nunca, nunca lo hará.
Misteriosa es la memoria, ya se ha dicho, que nos devuelve lo que no volverá nunca y al saberlo, prende el germen de la añoranza o el alivio. Misteriosa la memoria que me dio la poesía y el sufrimiento y los momentos hermosos que también fueron quedándose en las páginas de mis cuadernos, esa loba que a punta de arañazos y mordidas me obliga a traer del pasado la belleza vivida e irrepetible.
Y es que también, como lo hemos visto con algunos de mis amigos, hay necedades que viven con nosotros en aras de los placeres sencillos o las consecuencias de los sueños incumplidos de la vida (en el pasado se entiende). Hay la necedad de no reconocer quiénes somos y hacer caso omiso al desgaste de la misma vida hasta que un día no quedará nada de lo que fuimos. O esas auto promesas que nos hacemos para decidir dejar de escribir, de fumar, de beber, ante las que se levanta un ventarrón que nos ataja y ahí van la puta pluma, el cuaderno y tinta a traicionarnos, el encendedor a prender el fuego incontenible, la copa al frente a iluminarse y el corazón a temblar.
La vida es una, me digo y no voy a perder su tiempo en lo imposible y en esa alacena, está el amor. Amaré a quien me ame, daré la espalda a las cosas que me lastiman y buscaré la ligereza y en lo que he sido, dejaré atrás las discusiones inútiles, las luchas imposibles, las preocupaciones por lo que no está en mi responsabilidad y mis manos cambiar.
La furia es capaz de echar abajo los edificios más altos que construyera el amor, dije hace días. Y lo creo, porque el amor construye ciudades, pero con tremenda facilidad vemos (Gaza por ejemplo) como el ventarrón del odio y la furia las hacen pedazos. O en la vida de los que se aman, que un día construían un lugar para el amor prometido y con la furia, uno de ellos, un día quema la casa y corazón del otro hasta destruirlo todo como en la guerra.
Y reconstruir, lo que la guerra deja, no será fácil ni igual (otra vez el tiempo y sus heridas).
Leí en una novela de Pascal Quignard que aún no termino, que la felicidad también es una borrasca que arranca los árboles de la rivera. y comprendo que los efectos de la felicidad son iguales a los del sufrimiento. Y ante esta revelación, tampoco he venido por la vida, buscándola, y en el camino he visto a muchos gastar la vida en ello, pero sin conseguirla, o hallando algunos retazos como pañuelos y algodones, para pegarlos a las heridas que nunca dejan de sangrar.
Y así, todos los días vamos a salvarnos de olvidar, de evitar que las cosas se caigan de las manos, que no se caiga el cuerpo contra los puñales de la tierra, vamos “a vendernos” –dijo Sabines– y yo agrego: vamos a vendernos a la salvación y a evitar el sufrimiento, a salvarnos de llorar, a escapar de la tristeza y a resguardar la vida como si valiera oro.
Caer ha sido un signo frecuente, pegarme en la cabeza, soltar involuntario las cosas de las manos, llorar cuando me abandonan las cosas y los seres, entristecerme con la luna y con las noches a solas, escribir obligado por el corazón que tiembla.
Irremediable que el mundo no es el paraíso, lo que me lleva a lo que dice Sabato, de quien ahora llevaré a escena mi versión de “El túnel”: “Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración.”
Desde ahora, como en la escritura, en la vida buscaré el equilibrio, aunque sepa que en la escritura, las palabras son una cuerda floja, y en la vida, ni se diga.
