El novelista y el pintor
Por: Neftalí Coria
Henry James, compara en una “analogía perfecta”, las maneras de hacer su arte respectivo, al novelista y al pintor. A primera vista, una pregunta básica me hice y aunque no vale la pena repetirla, sí me provocó la curiosidad de saber, por qué el autor de “Otra vuelta de tuerca” comparaba ambas disciplinas. Y como sucede, esa afirmación, me llevó a imaginar cuáles son sus coincidencias, de qué manera ambas disciplinas tienen de sí, esa especie de hermandad a la que el novelista norteamericano-inglés se refiere. Y sobre todo, quise saber en la idea del novelista, cómo es que sucedía la “analogía” entre las dos artes en el siglo XIX y pude imaginar, la pintura que James debió ver y a los pintores que él debió conocer. Y quizás en función de la mirada de James hacia a la pintura en el contexto estético de su tiempo, podríamos comprender lo que en su sentencia expresa.
En su magnífico ensayo “El arte de la ficción” publicado en “Crónica de una amistad”, que contiene la correspondencia entre Henry James y Robert Louis Stevenson, el autor de «Los europeos”, refiere que para el pintor y el novelista, “su inspiración es la misma”. No hay que olvidar que James habla de los pintores de su tiempo y él declara con insistencia “en el hecho que al igual que la pintura es realidad la novela es historia”. James habla de la legitimidad que hay en un cuadro para no pedir perdón, y a la novela –que “se permite competir con la vida”– y aduce que “no se le exige –no más que a la pintura– que se disculpe”. Y recordemos que a James le tocó la época de “Pre-Raphaelite Brotherhood» asociación de artistas plásticos, poetas y críticos ingleses, fundada en en Londres en 1848, de la que sin duda el escritor fue testigo y en sus preceptos estaba la búsqueda de la pureza y la verdad.
Ahora bien vale la pena recordar el retrato que pintó John Singer Sargent, el pintor norteamericano, expatriado –al igual que James– en Londres y que fuera amigo del novelista. Un famoso retrato al óleo de 85.1 x 67.3 cm. que se exhibe en la National Portrait Gallery en Londres. Y he visto otro retrato de James a tinta dibujado también por John Singer Sargent y que también hiciera un retrato de Stevenson, del que el autor de “La isla del tesoro” dijera: ”Sargent ha vuelto a bajar y me ha pintado un retrato paseando por mi propio comedor, con mi propia chaqueta de terciopelo, y retorciéndome como suelo hacerlo, mi propio bigote”.
Y si hacemos una revisión de la pintura inglesa de finales del siglo XIX, quizás se pueda descifrar la analogía que Henry James hace de la labor del pintor con el novelista, porque este movimiento en la pintura inglesa, tomaba temas de la Biblia, de Shakespeare y tenían como musas mujeres de pelo largo y pelirrojo y se autonombraron como “Hermandad Prerrafaelita”, porque como sus modelos precedentes, Rafael, Giotto, Fra Angelico y como ellos, su argumento era encontrar la pureza del arte y en sus obras expresar la espiritualidad, lo sencillo del mundo y por rebeldía contra la academia, pintaban al aire libre y hacían una critica a la realidad de su tiempo. No hay que olvidar que este movimiento, iniciado por John Everett Millais, Dante Gabriel Rossetti y William Holman Hunt, mientras eran estudiantes de la Royal Academy of the Arts, y su manifiesto estético, sería fundamental para movimientos como el posterior Simbolismo, el Romanticismo tardío y el Arts the Crafts.
No está por demás, asomarnos a la obra narrativa de Henry James, en la que su crítica al mundo está presente de manera clara, mediante su observación severa a las dos culturas de las que formó parte (“El americano” o “La historia de una obra de arte”, en la que revisa la cultura norteamericana del dinero y la mirada que en Europa se tenía del arte y la historia).
Quizás esa comparación del pintor y el novelista en su labor creadora, tenga sentido también en nuestro tiempo, porque creo que construir imágenes e historias, tienen en su trayecto, un mismo fin.
Y en lo que en mi trabajo puedo ver, yo vivo ambas maneras de hacer invenciones de imágenes e historias y muchas veces las imágenes, llegan a contar historias largas y de múltiples significados. Dibujo y pinto por un extraño amor a los colores y las aves que perviven en las historias de los ojos y escribo novelas, porque las historias que he visto (incluyendo en los sueños), también tienen el cuerpo de lo que la mirada me da para dibujar y pintar, bajo esa extraña verdad que hay en las palabras que la imaginación ordena para escribir y en las formas plásticas del mundo que se eligen para pintar, se puede decidir, pintar un cuadro o escribir el inicio de una historia, porque las formas y los colores del mundo están a disposición para pintar, dibujar o escribir una historia.
Y no importa el tiempo que la obra se ha de llevar. Vale decir que hay una base de la que, tanto el novelista como el pintor parten: lo poético que vive en lo imaginado o vivido. Y el destino de la obra, se ha de trazar, ya sea con las palabras en la página en blanco, o con las líneas o manchas sobre el lienzo.
El acto de dibujar logra darle vida a cada imagen que llega a la inspiración o al trabajo creador, y ahí están los colores –que imaginados e interpretados con el pincel o la tinta en el dibujo–, logran crear un mundo. Y no se diga en la escritura, que en la historia, también se busca el volumen de la interpretación del mundo, de la naturaleza humana, de sus errores, de sus hondos secretos, de sus pasiones y de los sentimientos más altos en los que siempre habrá lados opuestos, que testifiquen la diferencia y el conflicto del mundo.
Así es la novela y de eso se nutre, como la pintura se nutre de exponer las contradicciones y condiciones de la belleza del mundo.
Henry James no está errado en señalar esa hermandad de interpretación del mundo entre el novelista y el pintor, porque ambos creadores deben saber narrar historias con sus herramientas distintas, pero con la imaginación y la sensibilidad de representar la belleza del mal, del bien, del amor, de la guerra, del mar, de la naturaleza y los abismos del alma de los hombres. En eso, el novelista tuvo toda la razón y en su obra, él lo cumplió.
