Por: Neftalí Coria


A ella le gustaba mirar de cerca lo que las cosas dicen. Amaba percibir la poesía y su música con su corazón sencillo, y quizás su amor al mundo, era el suficiente y necesario para interpretarlo en las palabras como lo hace el poeta, pero prefería quedarse en silencio y no escribirla, como no lo hace el poeta.

Prefería dejar pasar esas bandadas de aves que en su cielo abierto, pasaban ante sus ojos hermosos y su mirada parecía acariciar a cada uno, hasta que se perdían en el horizonte. Muchas veces la vi mirar el agua del río y en ella, el sol y las ramas de los árboles moviéndose sin ser arrastradas por el agua corriente.

Era una mujer en su morenía cautiva, una mujer de manos hábiles con las plantas y la arquitectura de los jardines. Manos precisas en la caricia eran las suyas, hábiles en el aire dibujando los sueños.

La vi mirar las ventanas y llorar al lado de la lluvia, “como lloran las desconsoladas”. La vi desfallecer contra una canción de amor y beber el vino rojo del alba hasta el silencio de las lágrimas. La vi atesorar los versos que amó y con ellos, alimentar su corazón con el polvo de oro de la música que tienen los poemas hermosos o terribles en los que la verdad chapotea.

Le gustaba la música y su cuerpo le daba respuesta. Su memoria estremecida, repetía lo que en su juventud había vivido con las canciones del pasado. Y cantaba bajito aquellos recuerdos de los días en los que fue feliz.

La vi llorar por el amor desesperado y por los imposibles que siempre suelen poblar nuestra vida y para ella eran tantos, como tantos eran los míos. La vi estremecerse con las canciones que entre amigos queridos, coreábamos con el ron de la madrugada y las cañas bravas de la esperanza, porque este mundo sucio se desinfectara y porque el cambio se cumpliera, como las promesas en aquellas canciones de Silvio Rodríguez prometían. La vi pelear con las ideas de la libertad en las largas discusiones de los que quisimos –con el teatro–, hacer la revolución y porque los pobres tuvieran la esperanza que a nosotros el teatro nos daba y con ello, cambiar la visión de la pobreza y el mundo.

Y más tarde, desbalagados y ya desmontados de los caballos, nos llevamos al silencio el fracaso de no haber cambiado a nadie, ni haber intervenido la realidad como entonces soñamos.

Quizás haber soñado lo que llegamos a soñar con nuestros trabajos de teatro, en lo que ella era espectadora y acompañante, nos diera una nueva conciencia de lo que hacer el teatro significa para mi vida en la escritura y las tablas. Y eso hoy y los demás lo valoramos como la mayor experiencia, que de no haberla vivido en aciertos y equivocaciones, no tendríamos la madurez que ahora podemos vivir con el poco teatro y la escritura en la que seguimos montados.

La vi preguntarse por la soledad, por el amor desesperado, por lo que sería la vida y por lo que le enseñó la lectura y el pensamiento que desenredan los libros leídos.

La vi esconder los deseos de escribir y poner en la mesa su imposibilidad de hacerlo. Disfrutaba las cosas que sabía mirar y comprender, porque las cosas –por pequeñas que sean–, no solo hay que mirarlas, sino comprenderlas, y por lo que vi en sus ojos al mirarlas, ella eso buscaba: comprenderlas.

Otra vez creo que en sus ojos, había una mirada como la del poeta que mira, comprende y celebra las cosas del mundo para cazarlas y escribirlas. Ella no se atrevió, tuvo miedo tal vez, porque para escribir poesía, hay que temer primero. Hay que conocer la tristeza, saborear sus espinas amargas y beberla, como se bebe el vino y entonces escribir “Estoy triste”. Y quizás en decir por qué, nazca el poema. Y por lo que en sus ojos vi, solo le faltó a su mano, escribir el poema o la narración que guardaba. “Así hay mujeres”, pensé, “que guardan la poesía que llega a su vida y en secreto alimentan su corazón y su pensamiento como a un niño hambriento”.

Hoy la he soñado. La vi caminando por el mismo bosque que un día caminamos hablando de poemas vegetales y del olor de aquellos días en el bosque. Hablábamos de lo que pudo ser la vida, de las ilusiones que la vida impedía, de los posibles tiempos en el futuro que pronto supimos cómo serían esos tiempos del desamparo y la felicidad escasa, de la vida que nos llevaría a donde estos últimos años nos llevaron: “Tú serás lo que pretendes: un escritor. Y yo una lectora, porque hasta ahí puedo llegar.”

La vida nos trae hasta este lugar en el que ahora escribo las visiones que de ella me quedan, las que su vida me dio: verla de lejos, saberla por ahí, viviendo, viajando y haciendo de la vida el juego que aprendió.

En el sueño, pude sentir sus manos y algo cálido inundaba mi corazón hasta el llanto. Había palabras que no puedo recordar, pero el zumo y el aroma, me quedan en los labios y así desperté en medio de un llanto lento y suave que por vez primera, derramé por ella. Hacía frío en plena primavera, la madrugada desplegaba la primera luz tierna de un domingo que guardaba silencio.

Ahora que escribo, puedo recordarla y su risa está aquí, tan cerca, que la escucho decir mi nombre y luego, después de cerrar los ojos y abrirlos, desaparece y ya no puedo encontrarla. Se me pierde y ya no tengo donde buscarla, porque sé que nunca la volveré a encontrar.

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