Por: Neftalí Coria
Caminé por Madero. Ya oscurecía. Poco después de cruzar Revolución, me di cuenta que alguien venía atrás de mí. Era un hombre y por alguna razón, supe que me perseguía. Vestía de verde. Tenía una nariz larga como un italiano que vi en un viaje. La cara angulosa. Y no fue sino hasta que estuvo junto a mí, que me sonreía. Me desconcertó. En el momento que le iba a preguntar qué deseaba, levantó el vuelo, y supe que era uno de los Ficticios que momentos antes, volaban y aunque me estaba persiguiendo, quizo disimular, por eso voló rumbo al centro y lo perdí de vista. Me preguntaba por la rapidez con la que había regresado para apearse y caminar detrás mío.
Yo seguí caminando. Vanessa preguntó si pasaba algo. Abrí la mochila y la abracé.
–No, nada –le dije.
Seguimos por Madero. Vanessa estaba contenta y ya tenía sueño. Cuando llegamos al centro, la dejé en el coche; ella sabe donde dormir y me fui al bar.
Ahí estaba el Ficticio en la barra. No había nadie de mis amigos. Ojeroso, callado. De principio no me miró. Me dio la imagen de un perfecto sentimental. Pedí un trago y abrí mi cuaderno. En un lance, escribí unos versos:
Cerré el cuaderno, puse la pluma en el bolsillo de la camisa y le di el primer trago al güisqui. El Ficticio me miró. Su mirada era oscura:
–¿Usted tiene el oficio de la invención? –dijo.
–Si –le respondí.
Lo miré con la agudeza del escrutador. Se volvió a su copa de vino que tenía en las manos. Bebió y esquivó la mirada mía. Apuró la copa de vino hasta dejarla vacía. Pagó y se levantó de la silla alta. No dejaba de mirarme. En la puerta del bar se volvió y me dijo que regresaba en un momento girando el índice de la mano derecha.
Volvió después de veinte minutos. Lo primero que me dijo fue:
–Siempre seremos los mismos en el valle de los vivos.
Durante los dos Güisquis que tomé en su compañía, me dijo que para él todos los días eran otoño, porque vivía en octubre, allá en su breve vida en la novela escrita por una escritora feminista que lo olvidó en la historia. Se cansó de ver hojas caer, de las mañanas frías y escapó, pero sabía que la autora nunca se dio cuenta de su ausencia y la novela fue terminada, publicada y muy bien vendida, como ahora se venden las novelas escritas por mujeres.
No se arrepentía de haber salido de aquella historia en la que él –en su opinión–, nada tenía qué hacer ahí. También me dijo que se sentía humillado por el trato que en la narración recibía para su persona; él nunca había tratado mal a una mujer y no estaba de acuerdo en aquello que lo obligaban a hacer en tan artificial historia. Y ese fue otro de los motivos por los que saltó de aquella novela. Era una mala novela porque daba consejos en los que él no estaba de acuerdo.
Tenía una propuesta, pero no la mencionó esa noche.
Yo haría un viaje al siguiente día y tenía que volar a la capital, de ahí tomaría el siguiente avión. En los días que durara el viaje, Paura iría por sus cosas a su departamentito.
Fue la segunda vez que lo encontré. No lo vi llegar. Apareció repentino junto al mingitorio donde orinaba en el baño del aeropuerto.
–Siempre seremos los mismos en el valle de los vivos –me dijo con voz más grave que la vez anterior que lo había encontrado.
–Soy igual a todos –le dije.
–Pero no vuelas –se rió.
–Soy igual a los que no se esconden y aún así, nadie nos ve.
–Yo te estoy viendo –me dijo sin dejar de reír–, eres como los demás.
–Tú tienes sangre de fantasma –le dije yo también riéndome–, estás hecho de los mismos huesos de los que no acabaron de ser, por eso vuelas.
–Yo sé que puedes desvanecerte.
–¡No, yo soy quien los inventa, soy quien construye seres como tú! –le dije a gritos porque creí que no había entendido.
Se quedó callado y asintió.
–Entiendo perfectamente. Y sé quien eres –dijo con gravedad muy serio.
Nos lavamos las manos y salimos del baño en silencio. Él no tenía boleto ni viaje. Yo estaba por volar a un destino en el que estaría tres días. Quedaba tiempo para tomar un café. Le invité y aceptó. Como si llevara una águila real al hombro, caminaba por los concurridos pasillos del aeropuerto. Con una ostentosa altanería, caminaba a mi lado, pero no era águila lo que llevaba en el hombro derecho, sino un lorito pequeño que había sacado del bolsillo interior de la gabardina. Era verde como los loros que abundan por la ciudad. Hablaba diciendo:
–Buenos días querido pueblo.
Nos sentamos en un café cerca de la sala de espera por la que me correspondía abordar. Su apariencia era la de un vampiro amable, la de un caballero prusiano o la de un conde venido a menos del siglo XIX de los Balcanes. Saludaba con caravanas propias de su apariencia y en su amable saludo, era clara la legitimidad que ningún fingidor podría lograr. Era un Ficticio perfecto y de una brillante inteligencia. Anton, dijo llamarse. Y la propuesta que tenía, era un gran reto para mí: me pagaría con su vida, si escribía con él una novela de vampiros donde él amara un personaje que a su vez, le amara con locura (pensé en Anabel) y donde él sería el ser sobrenatural del que ya tenía la perfecta apariencia. O como variante, me propuso que escribiera una colección de cuentos que ocurrieran en distintas ciudades y en los que él fuera el protagonista, en ese caso, solo en el último relato, aparecería la amante con su amor in extremis. En ese último relato, era capaz de morir (de nuevo pensé en Anabel).
Le hice saber que yo no escribo cuentos, pero tampoco me negaría a intentarlo, aunque lo más factible era sumarme a la escritura de una novela; y aunque nunca he intentado escribir literatura sobrenatural, he leído suficientes textos como para intentarlo bajo los modelos de la literatura fantástica –en este caso sobrenatural– del siglo XIX, en la que algún tiempo fui un asiduo lector. No era mala idea, escribiría a la par la novela de Paura y la nueva novela: Anton, el vampiro.
Nos despedimos con la promesa en claro.
