Piénsalo tres veces
Solo se trata de mi
Francisco Javier Rauda Larios
“«La única cosa que no se puede quitar a un hombre es su última libertad: elegir su propia actitud ante cualquier situación.”
– Viktor Frankl.
Vivimos en una época en la que es fácil culpar a los demás. Culpar al jefe por el mal día, al gobierno por la situación del país, al tráfico por el mal humor o incluso a la pareja por la falta de felicidad. Pero cuando uno se detiene a mirar más profundamente, se da cuenta de que la verdadera fuerza, la que realmente define lo que sentimos, hacemos y proyectamos, no está afuera, sino dentro de nosotros mismos.
“Solo se trata de mí”, es una frase que parece simple, pero encierra una verdad inmensa. Todo lo que somos, lo que vivimos, lo que experimentamos y hasta cómo interpretamos lo que sucede, depende en gran medida de nuestras creencias, actitudes y decisiones personales. No se trata del entorno, ni de las circunstancias, ni de lo que hagan los demás. Se trata de cómo elegimos responder ante todo ello.
A mí, por ejemplo, nadie me impide ser amable. Nadie puede prohibirme sonreír, dar lo mejor de mí en el trabajo, o mantener mi integridad y mis valores. No importa si el entorno es hostil, si el jefe es injusto o si las noticias del día son desalentadoras. Siempre tengo la libertad —esa maravillosa, poderosa libertad— de elegir mi actitud.
Esa elección, aparentemente pequeña, lo cambia todo.
Porque cuando decidimos actuar desde la amabilidad, la responsabilidad y la conciencia, estamos enviando un mensaje silencioso pero profundo al mundo: yo soy el dueño de mi vida.
Y eso tiene un impacto enorme, no solo en nosotros, sino también en la sociedad.
Una persona que vive desde la elección consciente en lugar de la reacción emocional, inspira, contagia y transforma. Su entorno se vuelve más ligero, más humano, más positivo. Las familias cambian, los equipos de trabajo mejoran, las comunidades florecen. Todo a partir de una decisión personal: hacerme responsable de mí mismo.
La sociedad que tanto anhelamos —más justa, más amable, más empática— no comenzará desde los discursos ni las leyes, sino desde el cambio interno de cada persona. Desde ese instante en que uno dice:
“No puedo controlar al mundo, pero sí puedo decidir cómo me comporto en él.”
Esa es la verdadera libertad. La de actuar con conciencia, con propósito, con amor propio y hacia los demás, sin depender del reconocimiento ni de la aprobación externa.
Cuando entendemos esto, dejamos de ser víctimas y nos convertimos en creadores. Dejamos de esperar que los demás cambien para sentirnos bien, y empezamos a liderar con el ejemplo.
Porque al final, no se trata de mi pareja, ni de mi hijo, ni del jefe, ni del presidente, ni del vecino.
Solo se trata de mí.
De mi decisión de vivir en coherencia, de mi voluntad de hacer lo correcto, de mi deseo de aportar lo mejor que tengo, incluso cuando el mundo parece no hacerlo.
En el momento que entendamos, asimilemos y actuemos y vivamos en consecuencia, cuando cada uno de nosotros asuma esa responsabilidad personal, el resultado será inevitable: un mundo más consciente, más libre y más humano.
“Todo lo que puedes cambiar es a ti mismo, pero a veces eso lo cambia todo.”
Gary W. Goldstein.
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