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La novela a la que pertenecí fue terminada

Por: Neftalí Coria

–¿Y qué de distinto tiene tu historia? –le pregunté con desgano–, como los demás llegaste de la ficción y como los demás querrás volver ¿O no?

–No maestro, se equivoca. Al contrario de mis amigos, yo ya no quiero volver a la ficción. Yo quiero quedarme aquí. Y solo usted puede ayudarme.

Me pareció extraña aquella determinación que en nada parecía una mentira ni una broma. Hablaba en serio. Aquella mujer –debo decir que era hermosa–, me estaba hablando de una decisión de su vida, así como si tuviera confianza y cercanía suficientes, para hablar de algo tan íntimo. De Arlette apenas conocía su nombre y ante aquélla extraña e inusual confesión, atiné a preguntar:

–¿Por qué cree usted que sólo yo puedo ayudarle?

Guardó silencio durante un instante y respiró precediendo sollozos. Finalmente dijo con el llanto contenido.

–He cometido un crimen que el mundo de la ficción no perdona.

–¿Un crimen? No entiendo.

–Y sé que usted es el único que puede ayudarme, porque en mi sueño, usted me ayudaba a seguir adelante y a llegar a donde iba, y llegaba por fin a un jardín donde me despedía de usted con la gratitud que pocas veces he expresado a persona alguna.

Comenzó a llorar. Me conmovía y el desconcierto en mí estaba creciendo. Le di un pañuelo para que secara las lágrimas. Guardó silencio entre sollozos y entendí que no podía hablar. Le acaricié la cabeza y su pelo era suave. No mentía, no estaba tratando de engañarme porque sus lágrimas eran de franqueza y aquel estremecimiento que la hermosa muchacha tuvo mientras confesaba que no quería volver a su origen, cambiaba todo lo que yo creía de las historias anteriores. Estaba echando por tierra mi comprensión de la vida de los personajes de ficción que habían llegado a mi realidad. Pasó un momento y por fin se controló. Volvió a hablar:

–Como usted debe saber, el mundo de la ficción son otros cinco continentes especulares y poéticos, paralelos a la realidad en la que ahora estamos. Y aquel mundo, está hecho de la misma volatilidad del humo, pero para los que lo habitamos, todo es tangible, como lo es para ustedes en este otro continente en el que la materia les da presencia y virtud. Como en este mundo, en aquel existe la facilidad de saber y conocer lo que otros viven en sus novelas que son sus casas, como las casas en las que ustedes viven su vida. La casa-narración donde viven los que ustedes llaman “personajes”, es nuestra residencia y entre nosotros, somos vecinos de los que viven en otras novelas, sin importar la lengua y época en las que hayan sido escritas, porque en la ficción, el tiempo tiene otro comportamiento y nos entendemos sin importar la lengua que hablemos. Por ejemplo, yo fui vecina de José García que vive en la casa El libro vacío[1], ese hombre mediocre que no fue capaz de escribir una novela porque no pudo copiar de su imaginación sus hermosos recuerdos y llevarlos al cuaderno y tuvo la ingratitud de dejarlo vacío. Nos conocemos del mismo modo que ustedes se conocen o no, en este mundo que está abierto a que cualquiera pueda conocer a otro entre los habitantes de los cinco continentes de esta realidad. Así nosotros, en los continentes de la ficción, es posible encontrarnos y como ustedes, podemos saber de la vida de los demás, mientras habitemos ese mundo que ustedes no podrían creer que existe.

–No… no… no lo sabía –alcancé a decir–… continentes especulares…

Estaba asombrado, pero podía imaginar aquello que Arlette me estaba exponiendo y recibía aquel novedoso relato suyo, con la misma voluntad lectora, con la que puedo creer en una novela o un cuento fantástico, lo había escuchado con la misma convención que da a los seres reales la imaginación, con ese mismo maldito desbordamiento que se lee El hombre invisible de H. G. Wells, que a sabiendas que la invisibilidad es imposible, lo creo y puedo seguir la historia de algo que no es real hasta el final y con la emoción igual que si hubiera sido testigo de un hecho real y verdadero. Pero su relato era posible, más que la invisibilidad del Doctor Griffin en la novela de Wells.

–¡Me asombra saberlo! –le dije sin ocultar mi sorpresa.

Su relato tenía sentido. Era lógico que lo que Arlette estaba diciendo con los ojos iluminados y sin abandonar la desesperación, pero sobre todo, era clara la sinceridad con la que me instruía para que entendiera la raíz de algo que todavía faltaba por decirme. Aquello era demasiado ingenio para ser mentira.

–Yo salí de una novela –prosiguió– en donde el sufrimiento que padecí fue insoportable, pero a diferencia de otros, la novela a la que pertenecí fue terminada. Y pude salir por el final, porque la autora dejó una puerta abierta y después de poner el punto final –mientras ella dormía–, pude salir por esa última hendidura.

–¿Y cómo es que sigue usted aquí? Eso no se puede, porque el mundo tuyo en la novela, está completo. Y salir de una historia terminada, es imposible –afirmé.

–También yo lo creía –respondió de inmediato

–No se puede salir de una novela terminada. Por entre las páginas de una novela inconclusa, fallida, olvidada, errática o floja, sí, pero no de una obra terminada. Porque si ya estás viviendo en una novela completa ¿Cómo es que estás aquí? ¿Cómo puede suceder esta ubicuidad? Nadie puede salir de ahí, porque en la novela permanece la esencia de los que allí viven. En la novela que le dio a usted vida, vive su espíritu Arlette, como vive el espíritu y el alma de todo Ficticio que viva en un mundo novelado.

–Antes yo también creía eso –me miró como si quisiera penetrar con su mirada– y tampoco creí lograrlo, porque la novela ya estaba escrita en su versión final… pero pude… y aquí estoy…

¿Cuál era el crimen que aquella mujer había cometido, de inmediato me pregunté?

[1] Refiere al protagonista de la novela de Josefina Vicens.

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