Luis Manuel Rodríguez García

 

En la bruma de un gris amanecer,

las balas del silencio

desdibujan la esperanza,

un susurro apagado

es la voz de quienes no fueron escuchados.

 

Las calles lloran

bajo el peso de las promesas

que se desvanecen como humo,

cada rincón guarda un eco,

un grito ahogado

que se aferra a la sutileza del aire.

 

La balanza, antaño firme,

se tambalea en las manos dóciles,

sustituyendo el oro por enferma ambición,

la verdad se retira,

se enciende la fogata

de un juicio insensato.

 

El testigo miente,

su mirada es rescoldo

en un mar de conformismo,

y la justicia, vestida de gala,

disfrazada de complicidad,

sonríe con los labios sellados.

 

Las cárceles se alzan

como murallas de ladrillos fríos,

artificios que esconden

la descomposición del alma,

y los sueños se marchitan

en la sombra de un reloj inmovil.

 

Las manos que deberían cuidar

se convierten en garras,

sufriendo el peso de la culpa

mientras la inocencia

huele a infernal espina.

 

Los ciegos ven,

los sordos oyen sus cadenas,

y la historia arruga su piel,

sus pliegos olvidados,

escritos en la tierra,

mientras la justicia se vuelve ceniza.

 

En cada esquina,

un nuevo amanecer,

un nuevo suspiro,

hay manos que luchan,

hay corazones que laten

y la esperanza, aunque en ruinas,

se niega a convertirse en ceniza.

 

Morelia, Michoacán, octubre de 2025.

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