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Ruinas de la novela herida
Por: Neftalí Coria
La imagen de las palabras que sangraban y a las que iluminaba un cenital azul, me dieron una idea de animales heridos que se revolvían en el dolor. Animales que estaban en el matadero esperando la muerte.
–Esta es la novela –me dijo haciendo un ademán con la mano derecha extendida mostrándome aquella masa informe–. Y mantenerla viva, aunque moribunda, después de diez lunaciones, se logra el olvido del cuerpo de la historia que antes han narrado y los personajes se quedan en algo así como en el limbo y así es como vivo yo.
Un paisaje turbulento era aquel ¡Aquellas palabras en montón y desordenadas, habían sido una novela! La novela que había sido la cuna y residencia de Arlette, no cabía duda. Me pregunté cuál habría sido el título de aquel desparpajo de vocablos, que pensé en una palabrería.
No imaginaba el sufrimiento de la novelista que había perdido su novela para siempre, porque yo mismo viví la experiencia de perder una novela en manuscrito y después tratar de escribirla, bajo el sometimiento de la memoria. No era el caso, porque a decir de Arlette, la autora desistió de volverla a escribir. Y en mi caso, yo volví a la segunda vez de la escritura, bajo los influjos y la motivación de la memoria que nunca –en tales labores– me ha traicionado.
Frente a aquel paisaje de la novela deshecha, me dio por imaginar, que el molde estaba libre para usarlo de nuevo y transformarlo. Y no estaba errado, porque sé muy bien, que cuando un autor abandona una novela, la obra puede tomar a mano propia, causes que van al deterioro hasta su completa destrucción.
Nunca imaginé lo que estaba viendo, y mucho menos se me hubiera ocurrido que un personaje trajera su propia historia hecha pedazos a la realidad, y las palabras de aquella historia, por un tiempo determinado por la luna, siguieran vivas sobre una mesa desangrándose. Comenzaba a entender el sitio que ocupaban las palabras que antes construyeron una novela y entendía el lugar transitorio por el que pasaba aquella bella muchacha.
–¿Eso es la novela? –pregunté y la pregunta me pareció idiota.
–Si, ahí nací.
Ella lo tenía todo claro y sabía bien su condición y el estado en el que se encontraba aquel desorden narrativo y humano. Eran palabras-carne, palabras que tenían vida animal o humana, pero tenían vida. Con aquello, estaba ante la demostración del poder que las palabras pueden tener en el mundo de la ficción y en el mundo real. Estaba comprobando que las palabras no mueren tan fácil, que se defienden de la muerte y el olvido, como se defiende de la muerte, la vida de los seres humanos.
Otras palabras –compuestas en frases–, colgaban como racimos desde las cuatro esquinas del techo y un reflector les daba luz especial que bañaba a cada agrupación, lo que me recordó una incubadora con los pollitos que el calor resguarda en una granja. Los filones de frases se movían incesantes con las bocas abiertas y babeantes. Y del mismo modo que las de la mesa, pronunciaban el sonido que les correspondía a cada una, construyendo un coro con sílabas más largas que las de la mesa, y a un tiempo, eran como serpientes colgando, atadas, prisioneras y también babeaban a gotas sobre recipientes grandes y extendidos de metal que estaban en el piso en las cuatro esquinas. Las frases que colgaban estaban agrupadas en ese orden, porque no pudieron separarse, dado que eran frases poderosas e irrompibles, frases de las que se subrayan por su naturaleza al decir la verdad. Y para reciclar aquella sangre, Arlette las rociaba cada dieciséis días con un pequeño aspersor, como si regara plantas o como si diera agua a los colibríes en su vuelo inmóvil.
La habitación entera era un murmullo coral, casi religioso.
–¿Qué significa esto? –dije sin salir del asombro –¿Por qué sangran?
–Ruinas de la novela herida, escombros palpitantes… restos vivos de mi liberación…–dijo Arlette mirándolas.
–Vivas…
–Y si no ponemos remedio, en una lunación más, se van a morir y entonces será imposible la vida de ellas y la vida mía en todas partes. Por ahora, así deben permanecer, pero lejos de quien las escribió, que hoy día, ya olvidaron las pulsaciones femeninas que las hicieron posibles.
Tuve la sensación de complicidad con Arlette. Y debía haberla para lograr una operación literaria que todavía no lograba comprender, ni sabía de qué manera iba a emprender bajo las pautas que Arlette guardaba para mí.
–¿Y qué debo hacer yo?
–Lo que usted debe hacer, en primer lugar, es confundirlas y lograr que ellas crean que usted las dice por primera vez y no como una repetición, que es lo que comúnmente los ojos hacen en la lectura. Aquí los ojos no accionan, porque se trata, no de leerlas sino desviar la dirección de lo que significan comúnmente obedeciendo al diccionario que la ciñe. Usted debe entrar a sus heridas, mancharse las manos y los labios para pronunciarlas y ellas creerán que su boca las dice por vez primera.
–¿Engañarlas?
–Algo parecido –respondió buscando ser muy clara en la explicación–. O digamos que debe usted lograr guiarlas hacia otra historia en la que nombren nuevas cosas de un nuevo mundo. Construir una historia con las palabras que están aquí.
–¿Pero engañarlas…?
A las palabras, solo un escritor que las domina puede engañarlas y no pregunte el porqué –me explicaba con seguridad–. Hay que hacer que vean espejismos y se confundan para que olviden la historia que contaron antes, y para eso, es indispensable una nueva veracidad en la que se logre que sean dóciles, como a manos de un domador deben ser y eso solo se logra con la sinceridad con la que usted ha escrito sus novelas más sinceras. Y cuando ellas crean que usted es su dueño, solas irán formando una historia nueva obedeciendo a su voz. Poco después vendrá la invención de quienes viven en aquella novedad en la que vuelven a vivir las mismas palabras siendo otras en una recién nacida dimensión.
¿Qué me estaba enseñando Arlette? ¿Qué personaje había sido antes? ¿Por qué sabía tanto sobre las transformaciones de la creación literaria?
