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Era un coro como el del agua revuelta
Por: Neftalí Coria
Le confesé que cada vez entendía menos, y menos entendía cómo era que yo podría ayudarle.
–Bebamos la cerveza y fumemos –me dijo Arlette, encendiendo un cigarro y poniéndose cómoda–. No será difícil, enseguida le explicaré, porque hoy es el día y no debemos dejar que llegue el alba y ese filo de la luna, se vaya con la luz de la mañana.
Arlette estaba contenta y con la seguridad que yo era la solución para la permanencia suya en la vida real. Un personaje que quería pasar la vida en la realidad, pero que había sido creada por la imaginación de una escritora que yo desconocía. Ya el solo hecho confeccionaba una historia fantástica.
Todo me daba vuelta respecto a la forma en la que mi escritura haría una operación invertida con una ficticia que no quería volver a serlo. No podía concebir un acto del revés en la creación, ni imaginaba un procedimiento de tal envergadura. ¿Cómo darle vida definitiva a un ser de la ficción para que permaneciera de este lado, en el que la vida tenía necesidades que no resuelven las palabras y la imaginación, porque estas obran en el mundo como utensilios que tienen relación con la materia y las cosas concretas? Entendía que la vida de los ficticios –viviendo en la realidad–, era un peregrinaje que, o bien desembocaría en su regreso a la ficción, o por el contrario, se quedarían vagando en la realidad, hasta el desvanecimiento.
Imposible creer lo contrario, sin embargo Arlette tenía el semblante de estar confiada en que con mi presencia y voluntad por ayudarla, era la gran solución a su demanda. Convertir a un ser transitorio, efímero, irreal, en un ser humano, era en esta realidad imposible, pero Arlette sonreía confiada y bebía la cerveza con el gusto de quien está alegre y ha logrado un triunfo.
Advertí que todo había sido planeado entre los de aquel grupo de ficticios. En el plan, el pez que había caído era yo, aunque no debía verlo de ese modo, porque nunca vi mala fe o intenciones parecidas. Lord Anton, Roger el de la gabardina y la rata en el bolsillo, Anabel y quizás Paura, sabían lo que Arlette necesitaba de mí, y yo seguía sin entender del todo. Recordé que Anabel me había dicho que “debía ir”. Entendí que aquello había sido una especie de complot para favorecer a Arlette, lo que me mostraba una intensa solidaridad entre ellos.
Una operación inversa, me parecía un acto imposible y ni siquiera lo podía entender; ni imaginaba cuál sería la forma de operar aquello que mucho tenía de locura. Aun así, me dispuse a prestarme a lo que Arlette me indicara, porque la seguridad que vi en ella por lograrlo, era clara en la bella muchacha, y frente a eso mi curiosidad crecía cada minuto que pasaba y me era imposible explicarme la manera en la que mi trabajo contribuiría a lograr lo que me seguía pareciendo algo totalmente descabellado.
–Usted puede narrar historias y personajes, como si los encontrara en el aire y puede construirlo todo con los martillos de la invención –me dijo y dio un trago largo a la cerveza–. Yo tengo todo lo que usted necesita para solucionarlo. Mis amigos y yo sabemos que usted ha escrito novelas donde los personajes abandonan su residencia literaria y usted mismo puede hacerlos volver a casa. Novelista y el pájaro ciego, es un ejemplo ¿Estamos de acuerdo?
–Si, de acuerdo.
–Bueno, pues entonces nada nos falta, porque usted conoce los secretos de la imaginación que pueden lograr que yo nunca más vuelva a la ficción literaria–. Había acabado la cerveza y se levantó–. Ahora acompáñeme.
Se dirigió a la habitación que estaba contigua a la puerta de entrada. Abrió la puerta con una llave que guardaba en el bolsillo del pantalón. Pasamos a la habitación y fue grande mi sorpresa. De inmediato me inundó un olor a un extraño alcohol afrutado y la música de un coro suave. Había una mesa de madera desnuda –con pendientes hacia el centro–, sobre la que estaba una gran cantidad de palabras amontonadas, desordenadas y vivas abriendo la boca como si estuvieran hambrientas. Pensé en las pirañas.
Hacían un sonido bajito, propio de cada una. Aunque por un momento, me parecieron sonidos humanos, acaso animales, pero en coro. Eran palabras pronunciándose en sí mismas, o debo decir, nombrándose a sí mismas. No podía concebir aquello; palabras como pájaros moribundos en una jaula que me dieron la impresión que buscaban escapar. Formaban un coro en el que se notaba el reconocible gemido del dolor. Era un coro como el del agua revuelta, una especie de oratorio suplicante. Palabras con vida, unas encima de otras revolviéndose en el mismo sitio, como pequeños cuerpecitos que no podían ponerse en pie.
Al centro de la mesa, había un hoyo por donde escurría sangre que caía gota a gota a una vasija metálica. Por momentos, no eran gotas de la sangre, sino un hilo continuo el que alimentaba el recipiente. Era una sangre viscosa y de un rojo escarlata. Luego supe que con la sangre acumulada, Arlette las volvía alimentar dándoles a beber, y bastaba bañarlas echándoles encima la sangre, que inexplicablemente estaba caliente. Pero la sangre disminuía, tenía límite y desde aquella noche en adelante, les quedaba sangre para un solo ciclo lunar más. Pensé en una fuente, en la que la misma agua da una y otra vuelta.
Durante doce ciclos lunares, Arlette vivía en la realidad y había mantenido vivas aquellas palabras en el mundo. Hacía la operación de la sangre cada trece días. Y ahora solo le quedaba un ciclo lunar, porque –a decir de Arlette–, la sangre–novela viva, estaba en la justa medida para trece ciclos lunares, pero no debía esperar el último, porque si fallaba ya no habría una oportunidad más y todo se iría al olvido, o a la nada como ella lo dijo. Solo quedaba un periodo de lunación y Arlette sabía que un periodo dura 29 días, 12 horas, 44 minutos y 3 segundos. Y le aterraba pensar que en el último ciclo llegara el plenilunio, porque eso le anunciaría el final de ella y aquella población de la palabras.
–Para mi fortuna ya está usted aquí –me dijo.
Y acarició mi mano con la sonrisa más tierna que vi nunca.
La habitación era un coro permanente.
