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Su nombre es Luis, alias “El Jirafa”
Por: Neftalí Coria
Paola es una mujer de facciones negroides y afiladas a un tiempo, que le dan una belleza extraña; su pelo rizado, la nariz larga y esos ojos aceituna se suman a la misma extrañeza de su bella imagen. Paola Sanguinetti, de padre italiano y madre senegalesa, a los que había perdido mientras estudiaba en el Conservatorio el último año de Composición. Mucho le costó su vida en la música y en general, la vida misma. Desde muy joven trabajó en lo que iba a encontrando, sin que los trabajos estuvieran fuera de la música.
Esta línea hacia el norte que tracé en la primera página del cuaderno con la pluma inclinada, desde el pequeño círculo negro –que ubica el bar–, es la ruta que Paola, recorre en su auto para volver a su departamento. Es en la mayoría de la distancia, una avenida en la que cruza seis semáforos, que en las líneas de tinta, he señalado con seis rectángulos en donde calculo que están ubicados y dentro, tracé tres círculos pequeñísimos señalando los semáforos.
El rectángulo grande –junto a un óvalo grande que representa una glorieta–, señala la Plaza de San Pablo, donde Paola conoció al mismo hombre que está mirándola ahora, después de dar un concierto al aire libre con dos amigas suyas, una cantante y otra violinista; con esta última que comparte departamento. Y el círculo que dibujé ya cerca de donde la línea de la ruta vira hacia la derecha, es una fuente con un ángel, que está en una esquina con bancas alrededor y justo si se dobla al lado contrario, por esa línea que ahora trazo, se puede ir rumbo a la casa de sus amigos y compañeros de banda Anton Lizardi y Roger Campanelli, compañeros con los que ahora tocan una pieza de Chic Corea…
Volvemos al bar. Del hombre de la camisa blanca, la chamarra de piel negra y la gorra francesa, solo sé que es dueño de un bar en el centro de la ciudad y se dice que surte, con una tropa de dillers, la cocaína en los antros y bares del sur de la ciudad, pero eso Paola no lo sabía hasta la noche anterior, por confesión de él mismo, lo que Paola no pudo perdonar.
Y el encargado, con cierta discreción, ahora mira al de camisa blanca, y eso puede explicar el cajón semi-abierto con la escuadra 38, y quizás la herida en la mano de Paola, también pueda explicarse en este desvanecimiento de enigmas.
Lo que esa noche sucedió, lo determinaría la historia de Paola, la bondad con los demás y sus malas elecciones entre sus cercanos. Al momento que el hombre de camisa blanca, que sabemos que su nombre es Luis, alias “El Jirafa”, sin que se sepa de su familia, ni parientes en la ciudad, se dirigió lentamente en dirección de la banda, con el revólver en la mano, especialmente hacia donde estaba Paola, pero al momento en que este levantó el arma, el encargado –que sabemos que se llama Otto–, le disparó con el tino preciso a la cabeza.
Otto sabía lo que se avecinaba, y sin duda, a Paola no le sorprendió que fuera un atentado contra ella. En el momento del desconcierto y barullo de los clientes que se tiraron al suelo y de los gritos y carreras buscando la salida, Otto salió por la puerta principal del bar con el arma en la mano.
Esta línea delgada y serpenteada que he trazado con la punta de la pluma más vertical en la página dos del cuaderno, que se cruza con la de la ruta de Paola, es por donde Otto huyó en su auto, después de salir caminando despacio del bar en la confusión de la mayoría de la gente y de ver aquel hombre caer con un disparo en la cabeza y poco después, el silencio que reinó en el bar como una sombra.
Y ahí donde he puesto el punto, es donde está el auto de Paola. Y la línea que ahora trazo en sentido contrario del recorrido de Otto hasta llegar a las cercanías del bar, es su regreso y donde estacionará el auto para caminar dos cuadras hasta el auto de Paola y esperar. Allí vuelve Otto y espera junto al auto. Esa es la calle –dos cuadras– atrás de donde está el bar y la misma que Otto recorre dando vueltas, fumando en la inquietud de no saber qué pasa en el bar.
Y ahí va a esperar a Paola.
La llegada de la policía, los interrogatorios, la llegada del equipo forense para levantar el cuerpo. Y el silencio que guardaron todos cubriendo a quien disparó. Nadie dijo saber nada del asesino.
Nadie informó la verdad de dónde vino el disparo, ni quién había disparado. Paola lloraba. Sabía que ella era el objetivo del hombre que ahora estaba a mitad del bar muerto, pero eso solo ella y Otto lo saben y ya veremos por qué. La banda guardó los instrumentos.
–¿Alguien conoce al tipo? –preguntó Anton.
Paola calló mientras guardaba con la manos temblando las partituras en el portafolios. El viejo de pelo largo con una coleta de la batería de nombre Alfonso, dijo que él lo había visto dos veces en el bar, y frecuentaba los bares y cafés del centro.
–Es un tipo conocido en la ciudad– dijo el de la gabardina.
–Estaba armado y venía por alguien –dijo Anton.
–Pudo ser alguno de nosotros –dijo riéndose Alfonso, el viejo de la batería.
Paola se estremeció.
Cuando llegó la policía, desalojaron el lugar. Con Paura nos fuimos y ya no supimos lo demás.
Paura estaba espantada. Sentí pena y creía que aquello me dejaría sin oportunidad, pero el efecto fue al revés, porque afuera y ya junto al auto, se plantó frente a mí. Me miró como niña asustada.
–Tengo miedo –me dijo–, abrázame.
