Fenomenología del Abrazo, Del Origen al Fuego
Dr. Alejandro Guzmán Mora
El abrazo materno es la luz primigenia;
esa envolvente lumínica que nos nombra antes de poseer un nombre No es solo carne. Es el cauce entero de la vida,
un río que susurra sin fonemas: estás a salvo.
Aquí serás siempre simiente, aunque el mundo, allá afuera, te desmorone.
Con el hermano, el abrazo es dialéctica: pugna y resguardo Dos cuerpos que colisionan y se redimen en un mismo pulso. Es esa gratitud mineral que prescinde del trueque; simplemente estar, hombro contra hombro,
bajo la certeza de que, si uno dobla la rodilla, el otro sostiene el cielo.
Al hijo se le abraza y el cosmos entero padece un sismo.
Es energía cinética, pura, que brota del esternón
y se injerta en su pecho como una semilla perenne. Al estrecharlo, no sujetas un cuerpo:
custodias todo el rastro que dejarás cuando el tiempo te reclame.
Los amigos se abrazan con el rictus del que se reconoce tras la batalla Es ese golpe seco en la escápula, un código que sentencia:
«Sigues vivo, amigo, y yo también».
Sin retóricas estériles, solo ese calor rudo
que certifica que la existencia es menos hostil cuando se habita en común.
Y los amantes… ah, los amantes.
Su abrazo es una paradoja de fuego y agua.
Dos energías desnudas que se encuentran en el centro del mundo, sin epidermis que estorbe ni sospechas que mancillen.
Se funden hasta configurar un solo latido,
un «Dios minúsculo» que tiembla de puro goce.
No es la líbido lo que solda los cuerpos
es el ánima que, tras el exilio, reconoce al fin su morada.
Es el amor en su estado más cristalino: el que no se erosiona, el que te deja vibrando… y más íntegro que nunca.
