De reconocimientos y aprecio a la obra
Por: Neftalí Coria
No cabe duda que los reconocimientos públicos alientan y desaniman al mismo tiempo. Y ahora que he recibido un agradecido cariñito a mi trayectoria por la Revista Unanimidad, un proyecto del infatigable Tranquilino Gonzáles Gómez, me alienta a seguir en la vida misma que no me dio más que este oficio que por lo regular, en nuestro país siempre fue despreciado y vapuleado. Y claro que no es una expresión de queja ni reclamo, porque yo estoy en plena claridad personal, que mi vida ha valido la pena por lo que he escrito y por lo que he expresado en mi poesía, en mi teatro y en mis novelas que con paciencia y sin ningún interés, aguardan para ser leídas.
Que alguien reconozca el trabajo de los que lo hacemos con entrega, siempre se agradece con la misma sencillez, con la que –en este caso– fue escrito.
Y los reconocimientos, desaniman también –aunque discretamente–, porque solo es un flamazo que al día siguiente corre el riesgo de olvidarse y de convertirse en recuerdo, memoria, palabras más al currículum, retratos pasajeros, como las noticias de hoy, que ya son viejas al paso de un solo día. Pero son aliento, logros que se guardan y hasta ahí se disuelve la alegría que deja un buen sabor. Y desaniman porque siempre llegan cuando ya el cansancio y la vejez nos hace señas claras, pero no hay otro momento, porque es en esta etapa, en la que se hizo lo que se pudo hacer y el tiempo es el único catalizador, y es el tiempo el que nos da la madurez de la vida y la obra. Nada hay qué hacer.
Sin embargo, alguien más –después de estas atenciones que dan los premios, homenajes y reconocimientos–, se acercará a la obra y en el silencio verdadero, la lea, y quizás ese también sea el valor de tales eventos en honor a una obra, y claro, ya tuvo el costo de un trabajo, entrega y disciplina y alguien de aquel lado reconoce lo que se logró con las palabras, anima, alegra e impulsa a dar más y agudizar la necesaria seriedad en la escritura.
Aún así, todo aprecio con la lectura a la obra que se me dio escribir, no deja de ser un reconocimiento al trabajo diario, como el de cualquier otro trabajador, porque la silla que el carpintero ha hecho y aquel que la llevó a su casa, sentarse cómodo y con la seguridad de no caerse, es un silencioso e involuntario reconocimiento al trabajo de aquel que a clavo y martillo la construyó. Y poco le importará si un día aquella silla acaba en el fuego o en los trastos para el desuso del destino. Así, mis libros, si son leídos por aquel lector que nunca he de conocer, ni él a mí (el lector ideal, decía Benedetti), nos hará falta encontrarnos y será una manera genuina de reconocer que lo escrito, valió el esfuerzo que a tinta y papel, fue escrito con la creencia en las palabras, como el carpintero, cree en la generosidad de la madera.
Y claro que es asunto de creencias, porque si un escritor usa las palabras para mentir, y cree que con ellas conseguirá la gloria que busca, se equivoca (porque los que mienten buscan la gloria para que les crean). Y eso, el verdadero oficio de escritor no lo permite, porque bien sabemos, que la verdad será una sola y como piedra pesada, un día se desprende de donde fue escondida y descalabra al que mintió. “Dios me libre si miento cuando estoy cantando”, dijo Pablo Neruda, y totalmente razonable me parece la sentencia, porque si hay una razón para haber llegado al mundo, es totalmente razonable que hemos venido a buscar la verdad del mundo y los hombres, y la literatura –a la que muchos consideran “mentira”–, ya se ha demostrado que no está separada, ni se aleja de la búsqueda de la verdad, y tampoco la imaginación miente cuando se le sabe domar para construir mundos sabios, que en sus junturas representan la verdad del mundo (véase Shakespeare).
Y nadie niega que la gratitud es inherente a la buena voluntad de recibir un elogio, como nadie niega que el desdén es natural como respuesta al insulto. Así lo creo y si acaso los que ejercen la crítica lo tienen presente, sabrán ponerle el envenenado sazón a sus palabras o los laureles complacientes, no menos filosos.
Exponer la obra en sitios públicos, quien la expone, sabe que también el silencio evalúa y responde con su neblina categórica. Y quienes escribimos y publicamos, lo hacemos porque creemos en lo que hemos escrito y lo demás –en mi caso–, poco importa, porque lo que le hemos dado al mundo, nadie nos lo ha pedido y tampoco nadie lo necesita, pero damos nuestro pensamiento y nuestras palabras al mundo, y el mundo sabrá situarlas donde al parecer del mundo merezcan llegar, donde de manera natural las deje vivir o acabe con ellas y las ponga en el estrado del olvido. Y eso sigue siendo el riesgo, como también el riesgo, consiste en que lo escrito pueda ser apreciado, admirado y reconocido porque el mundo de los lectores, así lo haya considerado y lo lleve a cambiar un poco la vida.
Y ahora que he recibido este muy agradecido reconocimiento por una revista que le apuesta al pensamiento y a la creatividad, me alegra más que me desanima. Me honra además, publicando mi columna semanal que ha sido mi manera de exponer lo que pienso y lo que he aprendido del mundo de los libros y de ese otro libro en el blanco cotidiano de la vida. Y el reconocimiento no solo es a mi persona, sino el reconocimiento se extiende a la poesía, a la imaginación y al oficio de los que trabajamos con las palabras, con la ficción y la fuente inagotable de la imaginación que aún no me abandona.
Agradezco este alegre reconocimiento y no hay necesidad de oír a los que no coinciden. Gracias.
