Óleum: columnas sobre arte
La carta de amor
Estefanía Riveros Figueroa
Me da gusto dirigirme en esta ocasión al público lector de Unanimidad, revista que sigue de manteles largos por la reciente celebración de su cuarto aniversario, continuando con el compromiso de entregar a la sociedad michoacana y al mundo entero (porque sí, el mundo hoy cabe en un click de internet) información de actualidad, con especial énfasis en el bienestar, la salud y la cultura.
El pasado 29 de abril, inicié a colaborar gustosa con Unanimidad, mediante un texto que menciona la obra de Caroline Mundt, en un artículo original del espacio “Como en Botica” de La Voz de Michoacán, del que también soy autora. Pero dada la relevancia de enfoque cultural que posee Unanimidad, me gustaría dedicar artículos exclusivos de arte para colaborar en esta revista.
Por lo tanto, tengo a bien presentarles “Óleum: columnas sobre arte”, un espacio dedicado a la écfrasis, es decir, a la escritura descriptiva y poética que interpreta obras de arte. Hacer écfrasis implica dialogar con la obra de arte, escribir sobre lo que los ojos ven y lo que el corazón siente, al contemplar lo bello y lo sublime. La écfrasis, pues, es parte de la labor interpretativa de poetas, críticos de arte, ensayistas e historiadores.
La écfrasis suele apoyarse en tecnicismos del lenguaje artístico, pero va más allá. Al tratarse de una interpretación subjetiva de la obra de arte, la écfrasis es la manera en que la tinta describe una narración o reflexión personal de quien la escribe. También puede abarcar la descripción de lugares, ambientes o edificios tales como: templos, puentes, jardines, cementerios o ruinas, presentes en las crónicas de viaje.
En esta ocasión haremos écfrasis sobre la pintura titulada “La carta de amor” del pintor francés decimonónico Auguste Toulmouche. En dicho óleo, que es la obra que nos ocupa hoy, vemos a una joven de clase alta, ataviada con un vestido de raso rosado, que apoya la mano izquierda sobre la mesa levemente. Reposando en la mesa destaca un profuso bouquet de flores y de fondo, observamos el papel tapiz de su habitación, así como un biombo en la parte derecha del cuadro y una silla recamada en tonos dorados, sugiriendo un ambiente íntimo, hogareño y privado.
La protagonista lleva la mano derecha hacia sus ojos, acercando la carta recibida, muy posiblemente contenida dentro del bouquet que engalana la mesa de ébano. Vemos la cauda de su vestido brillante, la figura curvilínea de su espalda y su medio perfil. Llama la atención que el pintor empleó un punto de luz pintado sobre el hombro izquierdo de la joven. Haber pintado esa luz en dicha zona no es casualidad, nos obliga a seguir con la vista el triángulo que se forma entre el hombro, el cuello elongado, los ojos y el brazo de la modelo.
Es importante resaltar que tampoco es casual que haya decidido resaltar la línea suave que asciende desde su muñeca hasta su cuello, resultando en una figura atractiva y voluptuosa. Para lograr este efecto, el pintor recurrió a un efecto que desde la Antigüedad los griegos lograron en sus esculturas: el concepto de la curva praxiteliana, o contrapposto. Esta técnica implica que la figura apoya toda la carga en una pierna (en este caso es el brazo apoyado sobre la mesa) mientras el resto del peso se equilibra con otra extremidad doblada (el brazo derecho que forma el triángulo con el codo). Esto provoca una ilusión óptica de movimiento, como si la modelo estuviera a punto de girar naturalmente a vernos directo a los ojos.
La curva praxiteliana permite romper con la idea geométrica de la profundidad, no se trata de un punto de fuga si no de una postura. Esta postura resalta algo que se denomina la “línea de la belleza” o también llamada en el arte, línea serpentina, porque si observamos la modelo del cuadro, notaremos que, desde su frente, recorriendo su nuca, la espalda y después su cadera, se forma un trazo que asemeja una letra S que nos sugiere movimiento, sensualidad y dinamismo.
En conjunto, Auguste Toulmouche logra captar la atmósfera del evento: serenidad, combinada con la coquetería de una leve sonrisa pintada en la comisura de su boca. Nos lleva a imaginar lo que sucederá después: ¿Qué hará la joven? ¿Aspirará el perfume de las flores?, ¿Besará la carta? ¿Llevará el papel cerca de su corazón palpitante? Así es como una pintura nos transporta a una escena, sin necesidad de palabras y, sin embargo, cuenta una historia completa. Todo esto nos sugiere el cuadro “La carta de amor”.

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