Por: Neftalí Coria


Escribir acaso no devuelva, sino lo que la memoria ha ido trazando con las palabras que estaban ahí, en la maquinaria de la poesía, en el astillero de las palabras, donde otros días se construyeron los barcos que se marcharon, pero la escritura nada devuelve, sino astillas en la nostalgia nada más.

Y viene una pregunta ¿Lo que se escribe se queda en la vida? ¿Y si se queda, en dónde, en qué lado de la existencia se queda? ¿Y quién es capaz de engañarse con lo que resta del tiempo en el poema? ¿Y para qué guardarse? Me gusta comparar el sitio de la escritura con un astillero donde se construyen los barcos, porque los barcos se fabrican para que se vayan, como en la escritura, el poema. Aunque nunca se sabe, cuándo se abrirán las puertas del íntimo astillero y el poema navegue, y si acaso, con las puertas abiertas, el poema se hunde en sus propias aguas.

Los poemas como el barco –en su navegación–, pueden tener destinos fatales o una vida de navegación a la que muchos suban y en sus tablas naveguen; entonces tanto el poema, como el barco son útiles, porque no se quedaron en el fondo de las aguas del olvido, como sucede con muchos poemas y muchos barcos, a los que la tristeza del mundo los ha hundido y en su merecido olvido se quedaron, como si no fueran más nada, acaso ni poemas olvidados, ni barcos hundidos, sino nada, de verdad nada.

El pasado todo lo consume y en sus redes, lo consumido se pierde. En la escritura solo existe la intención de recuperar lo que creemos que se ha quedado entre nosotros ¿Y dónde se queda, lo que al pasado pertenece? Solo se guarda o se atesora, en esa olla podrida que es la memoria, –fábrica de la nostalgia, la melancolía y hasta la alegría de haberlo perdido todo–, porque también nos alegra saber que se pierden las cosas para fortuna de nuestro paso más ligero por la vida.

En lo que fui escribiendo, veo esas aguas, hoy, como arenas que se fueron. Y me entristecen o me alegran, igual que nos alegra haber comido frutos deliciosos, que eso fueron, delicias irrecuperables. Así se recuerdan los poemas escritos y de ese mismo modo, son recuerdo las cosas que tuvimos en las manos y los hechos en los que fuimos testigos o protagonistas. Recuerdos nada más, memorias que quizás no sirven de nada.

Escribo porque me resisto a perder, aunque también porque he perdido, estoy escribiendo. Quien de verdad escribe, busca lo perdido y no se da por vencido; cree que va a encontrar tesoros enterrados, poemas borrados en el cuaderno, barcos hundidos, pájaros que alegren su corazón, personas que lo amen, animales que le acompañen en la decidida soledad a la que ha sido condenado. Lo demás será escritura complaciente y ornamental para lecturas públicas de ciegos y sordos.

En la escritura verdadera, se juega la vida, se juega la moral, el estatus, el apellido y mucho se pone en riesgo la dignidad, porque el que escribe con las vísceras en las manos, no miente y logra sacar de las cloacas la verdad que también cuesta la vida. Escribir con el corazón en llamas y con el orgullo de poder decir lo que de verdad duele y sin miedo a nombrar lo que se repudia, es la obligación del verdadero poeta, del novelista entero. Y entonces, se escribe con las uñas, arañando fosas en las que murió la verdad y desenterrarla y revivirla, eso es escribir por una pasión tan honda cuando no se tiene miedo a morir.

Escribir es morir suavemente con la música de las palabras, desgastar el corazón con los cuchillos bravos del amor y el odio, eso creo que ha sido escribir la poesía que en mis manos he visto construirse en mi astillero. Barcos para nadie, poemas que suenan solos en un cuaderno solitario, en el cajón de los fantasmas del pasado, queriendo salir con la sábana puesta para espantar a nadie.

“Escribir alivia”, me dijo un día una persona que deseaba escribir versos. No, le respondí, por el contrario, escribir enferma el alma, porque he visto en mi escritura, que la vida se agravó con los estados de claridad que en lo que escribí he encontrado, porque saber la verdad pesa y el peso debilita la vida. La escritura no es terapia, ni limpia el corazón, sino lo enloda, lo mancha. Nada tiene que ver con la “salud mental”. Escribir de verdad también es el infierno de los sentimientos. Escribir novela –lo dijo Sabato– es para los que pueden entrar a la locura y salir ilesos. Y ¿A quién le gusta ser territorio de demonios? respondió Czelaw Milosz ante la pregunta si le gustaba escribir y ser poeta. Y nadie que yo conozca, vino a la vida para ser poseído por una fuerza desconocida que lo encarcela a escribir y lo condena a ser poeta de tiempo entero. Pero los hay, y de ellos son las grandes obras que se quedaron navegando, como barcos que siguen recorriendo los mares del mundo, sin llegar a puerto, ni poder anclarse en ninguna parte.

En cada página de los cuadernos del poeta, está el destino. En cada poema, el rumbo de navegación, pero no todos cumplen ni el destino, ni el rumbo. Muchos cuadernos envejecen y dejan que se borre todo, disuelto por el tiempo. Otros se pierden en los cajones de nadie. Y hay otros no tienen rumbo ni destino; a ningún lado van ni hay manos ni ojos que los aguarden, igual que ciertos hombres que viven su vida donde nadie los ve, donde cuando mueren, nada de ellos queda. Son cuadernos que se deshacen, barcos que se hunden y nadie los encuentra.

Deja un comentario