De la Exaltación del Domingo a la Praxis Ciudadana

Dr. Alejandro Guzmán Mora

La memoria histórica de Occidente conserva una imagen imborrable: el Domingo de Ramos en Jerusalén. Aquella multitud, embriagada por una esperanza mesiánica, tapizó el suelo con palmas para recibir a quien prometía la redención inmediata. Gritaban «¡Hosanna!». No obstante, la efervescencia es un material volátil. En apenas cinco jornadas, el clamor de salvación se transmutó en la sentencia del patíbulo. Aquella esperanza, que inicialmente los sostuvo, terminó por erosionar su integridad ética cuando la realidad no se ajustó al dogma de sus expectativas.

En la arquitectura política de México, reincidimos en este ciclo litúrgico cada sexenio. Es una coreografía de la decepción. Alteramos la nomenclatura de los partidos, modificamos la cromática de las banderas y renovamos los rostros en el podio; sin embargo, el sustrato permanece inalterado. Acudimos a las plazas para depositar nuestra voluntad como si fuera una ofrenda sagrada, agitando consignas con la misma fe ciega que las palmas de antaño. Nos convencemos, una vez más, de que la llegada de «el cambio» es una verdad ontológica y no una construcción institucional.

Posteriormente, sobreviene el colapso. Primero la desilusión, después la ignominia y, finalmente, la parálisis de la resignación. Este ciclo es entrópico: la esperanza entendida como espera pasiva no es un motor, sino un disolvente que nos consume desde el interior.

Es imperativo rescatar una premisa fundamental: la madurez democrática exige transitar del voto por el mesianismo al sufragio por la institucionalidad.

Votar por instituciones implica abandonar la mística del «líder carismático» para abrazar la tecnocracia de las reglas claras y la rendición de cuentas. La esperanza debe dejar de ser una promesa proyectada hacia un futuro inexistente para convertirse en una herramienta del presente, ejecutada con los recursos tangibles de los que disponemos hoy.

Basta de providencialismos. La dignidad ciudadana no puede ser un depósito en manos de un individuo que mercadea con el paraíso a cambio de una paciencia inagotable. Exigir instituciones es blindar la autonomía de los órganos electorales, garantizar que la Suprema Corte de Justicia de la Nación no sea una simple caja de resonancia del Ejecutivo y asegurar que los mecanismos anticorrupción posean facultades coercitivas reales, no meramente ornamentales.

La justicia no emana de la voluntad de un hombre, sino del rigor de la ley. Significa erradicar el influyentismo y el fuero, sustituyéndolos por auditorías públicas y datos verificables. Mientras sigamos hipotecando el presente en aras de una utopía sexenal, la realidad continuará su proceso de putrefacción. Mientras aguardamos al salvador, los hospitales carecerán de insumos básicos y el sistema de justicia seguirá siendo un laberinto de impunidad.

La salida de este bucle no radica en el hallazgo de un dirigente infalible, sino en la construcción de un sistema que no dependa de la infalibilidad de nadie. Un país no se edifica con la euforia dominical del mitin, sino con el trabajo sistemático, crítico y terco de la cotidianidad.

Dejemos de actuar como feligreses de la política y comencemos a ejercer como ciudadanos de pleno derecho. Que nuestra participación no sea un teatro de ilusión colectiva, sino el acto fundacional de una exigencia diaria. El futuro es una abstracción; el «hoy» es nuestra única jurisdicción. Con lo que hay, con lo que somos y con lo que exigimos, es donde radica la verdadera transformación de México.

La tarea es simple, muy simple: Dejar de votar “por el cambio” como si fuera un acto de fe y empezar a votar (y exigir) por instituciones, reglas claras y rendición de cuentas. La esperanza deja de ser “el mañana” y se convierte en “hoy, con lo que hay”.

 

¡Que viva México, pero que viva a través de sus mujeres y hombres y de una esperanza que no adormece como la actual (MORENA la esperanza de México), que no se haga llamar 4ta transformación, está muy lejos de ello y solo es demagogia barata.

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