Gerardo Sixtos López.

En el centro del proyecto cultural moderno, de corte racional, se coloca el pensar tecnológico como la certeza y consolidación de un tipo de operación mental que le diera al hombre de occidente un sentido de utilidad del saber.

Desde la hazaña de la ideación de la cúpula de Santa Maria de las Flores en Florencia, por Filippo Brunelleschi, la invención del telescopio hasta la máquina de vapor y la revolución industrial, les une este hilo conductor, una suerte de certeza de control del destino de la humanidad hacia el paraíso laico, vehiculado por una fascinación tecnológica  gobernado por el pensamiento científico.

El gran objeto de la modernidad es la Ciudad, como contenedor del paisaje tecnológico; la Ciudad durante el siglo XIX, se elegantiza, las plazas son sometidas a un trazo geométrico, se ilumina con el portento de la electricidad, se glamouriza, se convierte en una gran vitrina. Es a través de ella que se vehicula la certeza de estar llegando al mundo del confort, de la moda, de la felicidad y de la fascinación tecnológica.

Justo hoy, en el octogésimo aniversario del lanzamiento de las bombas en Hiroshima y Nagasaki , recordamos que este fue el evento que golpeo en la línea del prestigio del pensamiento tecnocientífico, que traía tras de sí un halo de bondad; después de la bomba atómica se minan los cimientos de la noción de neutralidad del conocimiento científico, lo que motivo entre otras cosas el relevamiento de la condición posmoderna.

Resulta paradójico que la crítica posmoderna al pensamiento moderno hubiese sido su sometimiento a las tecnociencias y la racionalidad y a favor de un pensamiento débil, el regreso de la ambigüedad, la complejidad, el mestizaje, la diversidad y el pastiche, la gran pregunta que deberíamos hacernos es ¿cómo la tecnología logra salir ilesa de esta discusión sin manchar su plumaje? Veamos.

Siguiendo a Michel Maffesoli, hace notar que un signo precursor que merece atención es la  estetización de la vida y el objeto adornado, a lo cualitativo de la existencia. Frente a la racionalidad de lo moderno se le opone el regreso de lo lúdico, la vitalidad de lujo y la sobreabundancia  generando lo que llama  “zonas de autonomía temporales” donde anida la intensidad del presente.

Resulta común a nuestra vida, la defensa de los apegos, los colores, los gustos, los sentimientos como nuestras luchas: la defensa de las tradiciones, con todo y bastones de mando y gallinas sacrificadas, el mundo de lo popular, de Iztapalapa para el mundo, las modas, los fanatismos religiosos, entre otros.

Así, el pensamiento tecnológico se transmuta en el milagro tecnológico del mundo digital; sin duda  alguna la entrada a la escena de la computadora que ha provocado un cambio en el campo de las percepciones, siguiendo a Patricia Clough, los modelos visuales de representación han sido sustituidos por modelos sensoriales neuronales de simulación, nos hemos convertidos en cuerpos “biomediados” de tal suerte, apunta Brandotti que esta mediación tecnológica es central para la nueva visión de la subjetividad. Al punto que hemos llegado al triunfo de la tecnología sobre la experiencia como una tecnomagia.

Al día de hoy, el milagro tecnológico se ha metido hasta nuestras casas, nuestras empresas, al mundo de la salud, del deporte, del arte, en una palabra, de todo. Más nos vale ingresar a las iglesias digitales que todo lo convierte en presentismo, esto ya no es el futuro, el internet de las cosas, el data lake, la inteligencia artificial y las computadoras cuánticas son hoy las grandes deidades del éxito, de la administración y del desarrollo, el milagro es para nosotros.

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