El Campanero Alegre
Juan F. Perales V.
La belleza del poblado se apreciaba desde lo alto del campanario. Rodeado de montañas y bendecido con un río que serpenteaba entre los campos de maíz, parecía una pintura del pasado.
Tomás Alpino, como de costumbre, limpiaba las campanas que parecían tragárselo con su enorme boca mientras se balanceaba entre ellas. Ese día se sentía feliz. Las mariposas lo envolvían y él, regocijado con el intrincado diseño de sus alas, jugueteaba con ellas mientras pulía el metal de las campanas hasta dejarlas brillantes, como si fueran de oro. Un halo de mariposas parecía envolverlo, señal de su pureza e inocencia.
El sol de la mañana pintaba aquella escena natural y, al ocultarse por ratos entre las nubes, daba pinceladas grises a la tela que, enmarcada en cantos celestiales, era testimonio de felicidad y vida eterna.
Tomás terminó orgulloso su faena y dispuesto estaba a bajar a la plazuela, cuyo jardín lleno de flores enmarcaba el esplendor de la parroquia, cuando escuchó una voz a sus espaldas. “Espera, Tomás, no te vayas”, le decía la voz que al retumbar entre el eco de las campanas parecía venir de otro mundo. Sorprendido, Tomás perdió el control y poco antes de caer, alcanzó a sujetarse del cordón de la campana más grande que, con su peso y movimientos, empezó a repicar como si a misa llamara.

En respuesta a la invitación, los pobladores, uno a uno, comenzaron a reunirse, convocados por los sonidos que, sin ritmo ni compás, parecían más un presagio que una celebración. Todos veían a Tomás, quien, con señas y agitando sus piernas, seguía el movimiento de la cuerda que lo sostenía.
La congregación se imaginó que la saludaba, y contestó con un profundo: “Mea culpa”, persignándose mientras Tomás se balanceaba. El cura salió apresurado: “No es hora de misa”, pensó extrañado mientras volteaba a ver a Tomás que, aturdido y espantado, luchaba por su vida.
En ese momento el cielo se abrió y el sol encandiló a los parroquianos que miraban hacia el cielo. Su sorpresa fue mayúscula al vislumbrar una parvada de golondrinas que volando bajo las nubes dibujaban una “S”. El cura, impresionado, se hincó al tiempo que decía:
—¡Milagro! El Señor se ha manifestado.
Enseguida, todos los demás se arrodillaron y comenzaron a rezar. Tomás, temiendo por su vida, manoteaba y pataleaba sin entender lo que sucedía y, fatigado, a punto de soltarse, imploró: “Dios mío, perdona mis pecados”. La voz, llena de calma, le contestó: “Tomás, ya puedes marcharte. Tu misión ha terminado”.
Las lágrimas de Tomás escurrieron por su rostro y cayeron desde lo alto, como preámbulo de la despedida de una corta vida entregada con amor al Señor. Ya no pudo más y, desfalleciendo, sus manos se abrieron y juntaron en gesto de oración, soltándose al mismo tiempo que el sol volvía a ocultarse, cayendo desde lo alto y muriendo con una hermosa sonrisa en su rostro. Las rosas rodeaban su cuerpo, como bendiciéndolo.
Desde ese día se celebra la misa del milagroso Campanero Alegre.
Nadie volvió a mencionar sus manos abiertas buscando auxilio. Con el tiempo, todos juraron haberlo visto rezar desde el principio.
Tomado de usos y costumbres de la vieja Valladolid, tomo 2, página 4.
Juan F. Perales V.
