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El mapa de los destinos

Por: Neftalí Coria

Era natural que en la novela Arlette fuese la misma que ahora estaba junto a mí ante aquellos restos de una novela hecha pedazos. Era ella, el mismo personaje que fue creado en la novela, porque el carácter y la personalidad de un ficticio, es para siempre, como lo es en las personas reales, aunque los reales tienen término: la muerte. Y por el contrario, los ficticios, pueden pervivir en las páginas de su mundo por siglos y como ejemplos, muchos.

Y ahí estaba la excepción: Arlette, que vivía en la realidad con el deseo de quedarse en ella y no volver nunca al mundo de la ficción. Desaparecería de la historia destruida, pero no de su carácter. Sería una persona que se trasponía de un mundo a otro y debía salir ilesa. A diferencia del modo de escribir la historia en la que Paura volviera a su mundo –que estaba claro que había sido mi invención–, ahora debía borrar del mundo de la ficción a Arlette a cambio de escribir otra novela que la olvidara, y encontrar su perfil distinto, por si acaso la historia me obligaba a sustituirla, aunque el hecho de suplantarla por otro personaje, no era conveniente, porque en el acto de suplantar a un personaje por otro, quedan astillas que ahí, uno ocupaba el lugar que otro personaje estuvo en el mismo sitio. Tampoco sería un proceso de transfiguración, ni de suplencia; debía partir de la nada, como debe ser en la invención. Entendí que debía desaparecerla, borrarla y llenar un espacio con un ser–protagonista totalmente nuevo, porque Arlette había sido la protagonista.

Era labor de confundir las palabras vivas. Llevarlas a una nueva dirección semántica y en ese acto, desviarlas, como nuevas palabras inaugurales para una novela nueva. Me estaba quedando claro en teoría, pero todavía no estaba clara la operación en  la práctica.

Me pregunté qué sería de mí en aquella aventura, sin saber bien por qué la había aceptado. Arlette estaba condenada a muerte y a punto de la desaparición de los dos mundos, y eso lo entendí en aquella petición sincera y en buen grado desesperada.

Era mi buena voluntad y mi generosidad las que me habían hecho aceptar, pero ¿Qué sucedería con mi alma, con mi sensibilidad y con mi personalidad autoral? Porque yo sé que en la escritura de una novela –si se es un escritor completo– también se juega la vida. ¿Cuál era el costo para mí y qué precio debía pagar? Me dio miedo de solo pensarlo, pero no se lo dije a Arlette antes de que sucediera todo. Y ahí estuvo el irremediable error que cometí y del que ni el mayor arrepentimiento lo pudo reparar y mucho menos borrarlo.

–La novela que nacerá de esta carnicería –habló Arlette y señaló la mesa de palabras–, se levantará desde su voz libre y los personajes, las situaciones, las anécdotas, los hechos, se irán tejiendo en una nueva y genuina trama, como sea que de su imaginación surjan.

–¿Se trata de escribir una nueva novela? –le pregunté.

–Podría decirse que sí, pero no de la manera que usted piensa.

Mientras encendimos un cigarro pensé: escribir es escribir, y yo no conozco otra manera de lograr cualquier género literario, sino escribiendo como sabemos que se escribe.

–Mire, las palabras ahora viven lo peor de la orfandad –dijo con solidez– y están hambrientas por reunirse e hilar una historia, y aunque no estoy segura que guarden restos de la novela anterior, ellas tienen experiencia ya de haberse reunido a narrar, porque lo necesitan. Y saben que para poder seguir vivas, la fuerza de la luna creciente de hoy, es vital para que no mueran, ni ellas allá, ni yo aquí.

–¿Y cómo someterlas y hacer que narren…?

–Usted contará una historia en comunión con ellas –me instruía–. Utilizará una música que usted ame. Luego debe trazar el mapa de los destinos, el buen principio como un dibujo a mano y las palabras, en la órbita de su cuerpo, llegarán solas a su gentil convocatoria. Se irán acomodando a órdenes del corazón y la lengua, que es el manantial de donde nace toda narración. El azar determina cuáles palabras  vendrán en los primeros resplandores narrativos. Y la historia comenzará en la animación que de su imaginación brote, como brota la sangre de una hemorragia.

–La novela así, sin orden, será un disparate Arlette.

–¡No, no! –casi gritó–. Le hablo de comunión sincera. Las palabras en el estado que están ahora, sufren y están ávidas por narrar. Hambrientas del vapor de una imaginación como la suya. Y no solo eso, sino son palabras obedientes, sedientas de narrar bajo el aliento de un novelista como usted, porque es claro que ellas están en el umbral de la muerte y ninguna palabra quiere morir cuando tiene cerca el abismo al que puede caer y en la caída, ya no significar nada, ni volver a abrir la boca jamás ¡Necesitan un padre! –Ahora me gritaba.

Yo sabía que las palabras se domestican, aunque como domar caballos salvajes, cuesta trabajo. Sabía que las palabras, ya domesticadas y quizás convencidas por las manos de la magia del arte, son nobles y siempre que sobre sus lomos, reciben la caricia de una imaginación deslumbrada, ceden como amantes dispuestas a recibir la belleza que con ellas un artista puede labrar. Obedecen y despierta su iniciativa de reconstruirse y buscan el canto o la narración. Las palabras, ungidas por las plumas húmedas de una imaginación que sepa amar la infinitud que ellas poseen, permiten que el artista las engendre. Y de ahí nace la obra, hija del pensamiento, la imaginación, la habilidad, el don creador y el ingenio.

¿Sería una novela de nadie, escrita por obra de una magia en la que mis manos solo iban a ser un vehículo transmisor? ¿De qué trataría? Lo único que me dijo Arlette, fue que aquella novela destruida, era de carácter fascistoide, lo que me dio la idea de buscar un nuevo rumbo y pensé que sería de vampiros, de nihilismo y de un amor triste que no era amor, sino una desdicha de los amantes. Y para eso, estaban Anabel (la muerte), Lord Anton (vampiros e inmortalidad), Roger el de la gabardina (Nihlismo) y Paura (el amor triste y desdichado).

Esa era la mejor idea: personajes con la voluntad de habitar de nuevo su mundo, pero hasta ese momento, no imaginaba lo que vendría después.

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