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El primer piso del cielo

Por: Neftalí Coria

No tardó en aparecer la voz de Arlette a lo lejos y la niebla conducía el sonido con su movimiento informe. Sobre los hombros, sentí un peso inesperado ¿El cielo pesaba? Algo que no pude ver caía sobre mí. Era un peso desnudo ¿Lo había traído el sonido de la voz de Arlette? Porque era evidente que era la voz de Arlette cantando en latín, pero a ella no la veía por ningún lado. Ella no estaba. Tuve un miedo momentáneo de ser aplastado por una fuerza invisible que no se disipaba ni aumentaba; era un peso más del que ya había en mi cuerpo. ¿Qué demonios tenía qué ver aquella situación con la escritura de una puta novela? Tuve un ataque de rabia desesperada, pero no me atreví a hacer nada y solo apreté los dientes.

Volaban aquellos animales; eran aves y serpientes en vuelo, bestezuelas de las que pudieron guardarse en la memoria y me rodeaban, como si buscaran que les respondiera por qué estaban ahí y sin saber a dónde volar. Con sus movimientos en el aire me pedían que las guiara a donde podrían reconocerse, porque su vuelo era un completo extravío.

Tenía yo la mirada del perseguido y mis ojos parpadeaban involuntariamente, igual que lo hacen ante un camino desconocido cuando se camina de prisa, quizás huyendo bajo la persecución del espanto. Tuve la sensación de haber estado en aquella posición durante mucho tiempo, aunque no lo sabía; el momento de transición, el tiempo en el que había transgredido hacia el sitio donde estaba –que era la nada–, no hubiera podido cronometrarlo. Seguía desnudo, y como no tenía zapatos, mis pies pisaban sobre un suelo que no se veía, pero era como pisar sobre vidrio transparente.

Una ala volando muy grande sola y rota tocó con sus plumas mi frente y me manchó de sangre la cara. Se fue en vuelo goteando la sangre de su pájaro ausente; era un vuelo extrañísimo el de aquella ala desprendida de un pájaro que pude imaginar muy grande y blanco cuando desapareció. La extremidad plumada, fue –además de las aves y las serpientes–, la primera presencia física que me había tocado y recordé la escultura de una enorme ala sola, que un día vi en casa de un amigo escultor sobre un muro de su estudio, una obra hecha por las manos de aquel admirado amigo[1], que aún hoy, nunca he olvidado. Pero el ala sangrante que apareció en aquel momento, tampoco la olvido en su vuelo trunco, que tal vez sería un mensaje cifrado en aquel lugar que hasta entonces, no podía nombrar ni saber su nombre.

Frente a mí y a una distancia en la que pude reconocerla, apareció Arlette y de inmediato ya no me sentí solo y vino una esperanza de no quedarme en aquel vacío sin nadie que me lo explicara, porque lo que más quería, era saber dónde estaba y qué cosa iba a suceder conmigo.

Todo era algo que en otro tiempo, me hubiera parecido una locura de la fantasía, un exceso de la imaginación, pero no, ahí estaba físicamente y era yo. No podía negar aquel sitio que parecía ser el primer piso del cielo, quizás el primer piso de la creación.

Arlette venía hacia a mí, desnuda e inspirada. Tuve un estremecimiento, como cuando volaba detrás de ella y pegado a su cuerpo. Ella caminaba y su canto era hermoso. Era un resplandor en la neblina, como si la volatilidad de aquella figuración entre el humo de un incendio recién apagado, me fuera a salvar, aunque no sabía de qué debía salvarme. Arlette caminaba lento sobre una superficie de niebla. Se acercaba y yo la miraba con la sensación de estar protegido. No estaba solo en aquello que parecía ser el limbo o la ficción a la que Arlette no deseaba volver.

Entre más se acercaba, más resplandecía su cuerpo hermoso y eso me dio calma, como provoca la belleza cuando se está frente a ella.

¿En dónde estábamos? ¿A qué lugar habíamos llegado después de aquel abrazo fundido en la oscuridad que no atinaba a medir ni a entender en el tiempo? Ni ella ni yo llevábamos las palabras visibles en nuestros cuerpos ¿Dónde estaban aquellas sanguijuelas verbales? ¿A dónde habíamos llegado después que todo había desaparecido y yo viví la oscuridad como debe ser la muerte?

La memoria en cuanto pasaba el tiempo, despertaba con más claridad ¿Cómo fue que de la habitación de las palabras en la casa de Arlette, habíamos transgredido de manera fulminante la realidad donde creía vivir?

Ya no había nada, ni serpientes ni aves, que nunca supe cuándo se habían marchado. Tampoco había rastro del ala gigante y solitaria.

Pisaba sobre nada y pese a eso, tenía la sensación de estar sobre vidrio plano y suave, como ya lo he dicho y si acaso miraba hacia abajo, se veía el vacío y su infinitud inferior. No había dónde detener la mirada. Hacia el frente, hacia los lados o hacia atrás, podía dar pasos pero no había a dónde darlos ni punto que me atrajera para ir hacia un destino específico, salvo hacia donde venía Arlette cantando, pero no me moví, porque ella venía hacia a mí y me sentí obligado a esperarla.

Y si hubiera decidido caminar, lo haría con una notable pesadez en todo el cuerpo que me haría lento, porque comprendí que llevaba las palabras adentro de mi cuerpo. Me sostenía la nada, el vacío sólido y transparente –qué contradicción–. Y si acaso caminaba iría a cualquier parte donde no se veía horizonte alguno.

Arlette, más hermosa que antes, se acercaba a mí, ahora con los brazos abiertos. Y su desnudez, como la de un fruto maduro sin cáscara, ya me iluminaba.

Su canto resonaba con más fuerza en todo mi cuerpo.

[1] Javier Marín

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