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Era el territorio de la ficción

Por: Neftalí Coria

Nada había que pudiera nombrarse ni identificar. Todo lo tangible –salvo nuestros cuerpos– estaba en no sé qué latitud de aquel mundo, porque ahí, todo había desaparecido, como por un ardid de los que suceden en la ficción.

El tiempo iba a ninguna parte y nada importaba.

Ella se acercaba y la podía ver más clara. No quise preguntarle nada a Arlette para no interrumpir su canto. Ya mi cuerpo la deseaba…

¿Dónde estaban las palabras que se habían posado sobre la piel de nuestros cuerpos, allá en la habitación de la casa de Arlette, antes del estruendo de la oscuridad y el abrazo? Ahora estaban totalmente borradas y no podía entender donde, por qué rumbo estaba la casa de Arlette, el bar, mi coche, mi casa, Vanessa, Paura. No podía ubicar punto cardinal que me orientara ¿Acaso no había puntos cardinales en aquel páramo vacío? Al menos en aquel momento de cercanía con Arlette así me pareció.

No podía comprender aquello que más tarde quedaría –para mi desgracia– contundentemente claro.

Sobre mi piel no había nada, y como la piel de Arlette, era tersa y palpitante.

El aire ya no se movía como cuando había serpientes y aves. El aire nos tocaba y se quedaba quieto en nuestra piel como una ventosa y tardaba en irse. Poco a poco –cuando estuvo muy cerca de mí, y dejó de cantar–, su cuerpo se fue apretando al mío y vino el estremecimiento, como el que sucede cuando despierta el amor en los cuerpos. Aunque ni ella ni yo nos amábamos, aquel instante era un arrebato de placer que estalló ante la juntura de los cuerpos desnudos y de frente. Y como por necesidad, nos fuimos penetrando a ojos cerrados con la libertad de construir una música que la piel ejecutaba como nunca antes había escuchado en el mundo.

Sin que nada lo pudiera evitar, los cuerpos estaban fundidos en un oleaje común que en su oscilación imitaban un mar bravo. Los cuerpos se besaban con un furor lento y una suavidad obediente. Hacíamos el amor en el aire y el vacío silencioso, en la obediencia, en la iluminación y el estruendo interior, el estallido silencioso de una alegría que se elevó como se elevan las aves al cielo.

Luego –y después del encuentro furtivo– vino el descenso al suelo invisible; caíamos con la suavidad de una pluma en el aire. Yo encima de ella, olía en su cuello el mismo aroma de alcohol afrutado que había en la habitación de las palabras hambrientas y vivas. Fue cuando vino la nueva oscuridad en la que volví a perderme durante no sé cuanto tiempo.

Luego de haberme despertado de aquel momento en el que, o dormí o morí por un tiempo inexplicable, desperté en la ausencia de Arlette y pude sentir una satisfacción en el corazón y el cuerpo. Sobre el piso invisible, había un pequeño papel rectangular con una letra geométrica escrita por ella: “Que su Dios le de la sabiduría de reconocerse en estos lugares que no serán verdad sin su imaginación deslumbrada. Todas las palabras de nuestros cuerpos, ahora viven en su ser. Nada debe preocuparse del pasado, todo lo resuelvo yo. Adiós. Suya, Arlette.”

Ya tenía en mi mano derecha la pluma que goteaba una tinta más negra que una piedra de obsidiana. En ese instante confundí la pluma con un puñal y no supe por qué. Era un puñal que volvía a mi mano después de abrir una herida y la negra tinta, era la sangre del cuerpo en el que se había clavado.

Fue el comienzo en el que lo pensado aparecía y así, también traje ropa a mi cuerpo y de pensar en una silla, allí estaba detrás mío. Así, descubriendo aquella operación, fui pensando en cada trasto que sin saber la razón exacta, llegaban a lo que de manera natural, sería la narración y el prodigio de comenzar la vida de una historia nueva. Comenzaba a entender: “En estos lugares que no serán verdad sin su imaginación deslumbrada…” me había dejado dicho Arlette y sin duda, a esto se refería.

En ese momento entendí donde estaba: era el territorio de la ficción, ni más ni menos.

Cada cosa que nombraba con el pensamiento y sumada la imaginación, podía aparecer tan real como sucede en toda escritura; igual que aparecían, las podía borrar, como siempre tuve el deseo de hacerlo en los hechos reales, allá en la lejanía de la realidad.

Vino una mesa al pensamiento y a un tiempo estaba ante mí y encima, una taza de café humeante. Las palabras de aquella mesa en la habitación de la casa de Arlette y las de los racimos que colgaban, eran yo y yo era ellas. En mí se había traspuesto aquel mapa desparpajado de la novela destruida por Arlette. Y ahora bastaba nombrar lo que desde su fondo, ellas se fueran enlazando. Ahora comprendía lo que era “un ser de palabras”[1]. Lo tenía todo para que la escritura comenzara. Con solo pensarlas, las tenía como herramientas precisas, que por otro lado no debía desperdiciar, sino era a favor de la historia que más tarde debía narrar como deseo del pensamiento y la imaginación.

Yo era un pueblo de palabras, aunque un pueblo informe aún, un pueblo virgen, al que como lo hizo Dios, había que hacerlo a imagen y semejanza de mi deseo y asistido –por supuesto– por el Dios de la mentira, al que ya conocía bien como debe conocerlo, quien vive en el arte de la novela. Era yo, en aquel paraje, un pueblo vivo y aún vacío –ciudad tal vez-, un lugar en el vacío, igual como estaba aquel páramo de la ficción.

Sabía que la imaginación debe ser precisa y el pensamiento no puede equivocarse; debía tener mucho cuidado con un error y afinar los sentidos para la exactitud que necesita la construcción de una novela por escribirse, para la que el capital de palabras con el que contaba, estaba bajo mi piel.

[1] De Octavio Paz

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