Por: Neftalí Coria
Muchas veces he visto el olvido como una de las armas letales para no volver a sitios que no deseamos, a sucesos, a personas que nos hicieron tropezar, avergonzarnos, humillarnos, o al menos a situaciones que no queremos volver a vivir. Porque también hay que notar que las cosas que olvidamos, muchas no han de volver a presentarse, ni con la palabra que las nombra. Y aunque su palabra sea dicha en nuestra cercanía, aun así no han de volver. Esa es la verdadera muerte de algunos o muchos fragmentos de nuestra historia. Y habrá alguien más que tenga ese recuerdo nuestro borrado, muy claro en su memoria, y aunque no lo venga a referir, a relatar, no aparezca ni a empujones en la memoria nuestra.
Hace días conversaba con dos de mis hermanas y con uno de mis hermanos y por lo regular en esas reuniones, para comer o tomar café, suelen aparecer los recuerdos de la niñez o los acontecimientos de los que nos reímos o abundamos para traer lo vivido a nuestros momentos juntos.
Eva mi hermana recordó un pasaje que me impresiona y que me parece un momento casi trágico, que si bien estuvo en mi vida, no puedo percibirlo en la memoria: una noche, yo iba llorando a la llegada de una tormenta con truenos y relámpagos, y corría de su mano rumbo a la casa y aquella lluvia en la carrera sin abrigo alguno, me dificultaba la respiración. Estela y Polo mi hermano, refrescaron el recuerdo del que yo era el centro. Me veía un niño de cuatro, tal vez cinco años, llorando bajo la lluvia como un niño desamparado y luego en casa alrededor del fuego, aliviado. Les sorprendía que no podía recordar el hecho, más bien recordaba anteriores relatos familiares en los que se llegó a referir el mismo suceso.
La memoria me salvaba de aquel suceso que debió ser una herida en mi vida. Lo había borrado como otros sucesos se han borrado, sin que por eso cesara su efecto que solo el inconsciente reconoce y actúa. Aunque borrado, puedo hacer el retrato de mí, niño acechado por la muerte y más me impresiona y desconcierta. Y mientras escribo trato de imaginar la escena escuchando la Sinfonía número 3 de Henrik Gorecki. Y me interrumpo y me exalta. Y deseara que volviera el recuerdo para verlo y comprender un poco más. No, no vuelve y ni ha de volver y seguiré creyendo que la memoria me ha salvado o al menos me ha negado recordar un suceso trágico de mi vida del que sobreviví.
Lupita Campos, mi amiga, me preguntó el porqué en una entrevista que me hizo mi también amiga Rita Gironès, a su pregunta si me arrepentía del año en mi vida y mi respuesta fue: “Sí, me arrepiento de haber conocido y amado a ciertas personas”. A mi amiga, le inquietaba aquella respuesta y amablemente, me pedía una explicación. Se la di suscribiendo mi derecho a arrepentirme, incluso de arrepentirme de lo que en algún momento tuve que escribir. Pero en lo que en ese momento no pensé, fue en el olvido y el recuerdo de lo que mi arrepentimiento quería borrar de la memoria y conscientemente no lo lograba. La memoria es enemiga del arrepentimiento o de su contraria la nostalgia endulzada. Ahí podemos ver lo indomable de la memoria, ahí está lo imposible de recordar u olvidar lo que se ha vivido a capricho nuestro. La memoria pone en la mesa lo que puede parecer que otro ser, nos lo ha devuelto, o desaparece momentos de nuestra historia. Y muchas veces creo que –al escribir–, no inventamos, sino será la memoria que nos pone enfrente, algunos trastos de lo que no recordamos, y así, escribimos lo que creemos haber inventado, sin saber que aquello puede ser autobiográfico y emergido de lo que estaba en el olvido.
¿Cuántos momentos en los que sucedieron cosas, en los que hubo hechos importantes, ya no se recuerdan? ¿Y por qué vuelven otros que no nos importa su recuerdo?
Misteriosa memoria que devuelve o no lo que queremos recordar, o lo que no quisiéramos recordar. De ese misterio que está entre la memoria, imaginación y la habilidad técnica, está hecha la obra de un artista, porque sin preguntárselo, crean alguna pieza de la que nunca sabrán su origen. Aunque también –hay que decirlo–, no hace falta saberlo cuando esta ha sido terminada y tiene la belleza necesaria para ser una obra de arte. O bien, el origen es totalmente evidente, como el famoso cuadro “Guernica” de Pablo Picasso, que fue creada igual a cuando se copia una escena de la realidad. La pieza tuvo su origen en el bombardeo nazi al pueblo de Guernica por contubernio entre Franco y Hitler. Y cuando le preguntaron al artista si é había hecho el cuadro, Picasso respondió: “No, lo hicieron ustedes”. Y aquí me viene también la idea que cada obra tiene sus motivos, porque la memoria nos somete y “Guernica” es un cuadro que se opone al olvido y obliga a la memoria a que recuerde la infamia de dos monstruos que no debemos olvidar nunca para no permitir que vuelvan nuevos hombres que asesinen desde la infamia.
A veces la memoria es sabia y otras de una crueldad que no entendemos. La entenderán o no, otros que la estudian, mientras tanto me pregunto ¿Cuántas cosas he olvidado que hubiera querido recordar? ¿Y cuántas cosas recuerdo que no me sirven de nada, ni para la escritura, ni para la vida y desearía ponerlas en el basurero de mi historia?
Es extraño ese animal que nos acompaña o nos persigue: la memoria.
