La estereotomía del tiempo:

Resiliencia, madurez y acompañamiento docente.

Dr. Alejandro Guzmán Mora

 

La juventud se otorga a la mayoría… pero la vejez, solo a los elegidos.

 

Esta premisa, de apariencia poética, encierra una cruda verdad epistemológica cuando se extrapola al ámbito universitario. En los pasillos de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), el ímpetu juvenil desborda las aulas. Miles de estudiantes ingresan cada agosto, cargados de una energía inagotable, dispuestos a devorar el mundo mediante trazos, maquetas y renders, muy del campo disciplinar de la arquitectura. La juventud académica es, en efecto, una concesión masiva. Una efervescencia estadística. Sin embargo, la madurez intelectual, emocional y pedagógica (esa vejez académica de la que habla el adagio) es un territorio restringido. Un bastión para los resilientes.

No todos llegan. La academia es un filtro implacable. No todos resisten. Las madrugadas frente a la computadora, el escritorio o una mesa, la cultura del agotamiento crónico y la presión de los profesores configuran un ecosistema hostil. En este punto, resulta ineludible abordar el concepto de “malestar socioemocional”, entendido como la fricción psicológica derivada del choque entre las expectativas de rendimiento y las capacidades reales de afrontamiento del individuo en entornos de alta exigencia (Tardif, 2004, p. 82). Estudiantes y docentes sucumben ante esta presión. Algunos claudican. Abandonan la disciplina o, peor aún, permanecen en ella desde la amargura.

No todos aprenden. Hay quienes confunden la repetición irreflexiva de semestres con la adquisición de experiencia. No todos sanan. Las aulas están llenas de profesores que perpetúan dinámicas de violencia simbólica, proyectando en las nuevas

 

generaciones las frustraciones de sus propios fracasos profesionales, en una suerte de habitus destructivo. No todos vuelven a levantarse cuando el rigor del sistema educativo, la burocracia institucional o el simple peso de la vida los derrumba.

Llegar a la vejez, a la consolidación como maestro, en el sentido más hondo de la palabra, no es cuestión de suerte. Es, de facto, el resultado de una suma de batallas ganadas en el más absoluto silencio.

En la praxis docente Nicolaita, estas batallas rara vez ocurren en foros públicos. Tienen lugar en la soledad del cubículo, revisando una tesis de grado. Ocurren en la sutileza de un (acompañamiento docente) efectivo, donde el educador renuncia al protagonismo para sostener el andamiaje intelectual de un estudiante vulnerable. Las cicatrices de este proceso, que en la juventud académica causaban bochorno o inseguridad, en la madurez se portan con una dignidad de cantera. Ya no avergüenzan. Se transforman en la textura misma del conocimiento. El docente consolidado posee un corazón que, a pesar de las carencias presupuestales, los paros sindicales y las vicisitudes propias de una universidad pública en Michoacán, sigue siendo profundamente agradecido.

La encomienda para quien ha cruzado este umbral es diáfana: disfruta tu edad académica. Honra tu historia y la de los maestros que cimentaron los talleres de Ciudad Universitaria. Agradece cada día la posibilidad de pisar el aula. Porque mantener viva la vocación después de décadas de docencia no es solo acumular lustros o engrosar el currículum. Es un auténtico privilegio. Es un milagro.

La academia contemporánea, obsesionada con la producción inmediata, el tracking de citas y la hiperactividad, empuja a los docentes a una carrera frenética donde la pausa es penalizada. No obstante, no se debe tener prisa por emular esa juventud perpetua y ansiosa. Existe una belleza incomparable en ser un académico maduro. Entero. En paz. Una paz que surge al comprender que el diseño arquitectónico y la formación humana requieren de tiempos lentos, de decantación. Una paz reconciliada con el propio legado.

 

Vive la docencia desde esa trinchera. Agradece la oportunidad de moldear la mirada de quienes edificarán el entorno de México y más allá. Disfruta el proceso crítico sin la carga de probar tu valía en cada comentario. Ama la disciplina, no como un pedestal de arrogancia, sino como un servicio social. Y nunca dejes de brillar, porque esa luz es el faro que guía a los que apenas inician la travesía.

Porque quien ha llegado hasta aquí, sosteniendo la congruencia entre lo que proyecta y lo que enseña, ya no es solo un profesor. Es un guerrero frente al desgaste institucional. Una leyenda en la memoria de sus egresados. Un ejemplo vivo de que el verdadero acto arquitectónico es, en última instancia, la edificación del espíritu humano.

 

Deja un comentario