Dr. Alejandro Guzmán Mora
Hay una forma de violencia que no deja moretones visibles.
No alza la voz. No rompe vidrios.
Solo mira hacia otro lado, una y otra vez, hasta que el otro deja de existir en el mismo espacio. Esa persona puede estar sentado a la mesa, respirando el mismo aire que tú, y aun así estar completamente ausente para ti.
Porque tú decidiste sin palabras, sin intención a veces, que su dolor no cabe en tu agenda, que su silencio es comodidad, que su “bien” es verdad.
La invisibilidad no es accidental. Es una elección repetida: dar la espalda al alma que se asoma, cambiar de tema cuando el corazón intenta hablar, confundir la quietud con paz y el vacío con estabilidad.
Y el que es invisibilizado aprende rápido: “Si me callo, no molesto.
Si me desvanezco un poco, no estorbo.
Si me convierto en sombra, tal vez me dejen existir en paz.”
Pero no hay paz en ser fantasma. Solo hay un frío que se instala en el pecho, un eco que repite: “Nadie me ve. Nadie me ve de verdad.”
Esto pasa en la familia: el hijo deja de contar sus días porque sus palabras rebotan en paredes invisibles.
En la pareja: el que ya no pide un abrazo, una caricia, porque sabe que vendrá el “ahora no” o el silencio más largo.
Entre amigos: el que deja de escribir porque sus mensajes se pierden en el “visto y no contestado” eterno.
Entre padres e hijos adultos: el que ya no llama porque aprendió que su vida no interesa tanto como la rutina del otro.
Es la herida más sutil y la más profunda: ser visto físicamente, pero borrado emocionalmente. Estar ahí, pero no contar. Y lo más terrible: el que invisibiliza rara vez se da cuenta. Piensa que “todo está bien” porque no hay gritos, no hay drama, no hay explosión.
Pero dentro del otro, el mundo se ha vuelto gris, y el color sólo regresa cuando alguien, por fin, se detiene, mira de frente y dice: “Te veo. Aunque estés callado, aunque hayas aprendido a no pedir, te veo.”
Porque el antídoto de la invisibilidad no es solo presencia física. Es mirada intencional, escucha sin prisa, validación sin condiciones.
Retomemos los senderos del amor, el amor no es un sentimiento que se agota, ni una mirada que se desvanece para siempre. Es una fuerza terca, casi obstinada, que puede atravesar muros de silencio, capas de indiferencia y años de distancia emocional. Recordemos Corintios 13:4-7… El amor todo lo puede.
