Autor: Dr. Alejandro Guzmán Mora.

El lenguaje, como vehículo de comunicación y constructor de realidades, ha sido utilizado a lo largo de la historia como una herramienta poderosa para moldear percepciones, influir en opiniones y consolidar el poder. En el contexto político, la manipulación del lenguaje, o lo que algunos especialistas (politologos) lo han denominado como el «terrorismo semántico1«, se ha convertido en un instrumento estratégico para dominar a las masas (¿el pueblo manda?). Este ensayo explora cómo el lenguaje político se manipula para controlar narrativas.

En México, varios autores han analizado la manipulación del lenguaje en el discurso político de la denominada “Cuarta Transformación” (4T), enfocándose en su dimensión geopolítica como proyecto nacional-popular que reconfigura identidades colectivas, polariza oposiciones y legítima reformas a través de narrativas históricas y emotivas, en un contexto de hegemonía ideológica y tensiones con el neoliberalismo global. Noé Hernández Cortez (2022), junto con Iván Jesús Manuel Soto Benítez y María Cristina

Recéndez Guerrero, examinaron cómo los discursos presidenciales de András Manuel López Obrador. ex presidente de México en su proyecto nacional-populista, construyó un marco hegemónico gramsciano2, utilizando categorías como el «Príncipe moderno» (MORENA) y guerras de posición para manipular el imaginario nacional, alineando la 4T con tradiciones antiimperialistas y soberanistas mexicanas. César Augusto Rodríguez Cano (2022), en Ensayos sobre comunicación gubernamental en la Cuarta Transformación: ¿cambio o continuidad?, desconstruye las mañaneras como espacios de propaganda computacional y polarización, destacando tácticas semánticas de desinformación ciborg que refuerzan la narrativa oficial contra élites globales, perpetuando un control discursivo en el ámbito geopolítico de la migración y la seguridad fronteriza. Maik Civeira (2025), en su ensayo Imaginación y praxis. Parte V: La Cuarta Transformación, critica la manipulación simbólica de AMLO como comunicador populista, que canaliza pasiones colectivas mediante un lenguaje ordinario y dicotomías («pueblo» vs. «fifís») para forjar cohesión interna, pero que desvía tensiones geopolíticas como la violencia y la desigualdad hacia culpas externas, evocando ciclos históricos de dominación. Finalmente, A. Chihu Amparan (2024), en Los marcos del discurso de la Cuarta Transformación, aplica el enfoque de framing de Snow y Benford para revelar cómo la 4T sustituye marcos corruptos por uno transformador, manipulando el lenguaje para inscribir el proyecto en rupturas históricas (Independencia, Reforma, Revolución), lo que legitima políticas soberanistas en un México insertado en dinámicas hemisféricas de poder y su impacto en la sociedad contemporánea.

El lenguaje político no es meramente un medio para transmitir ideas, sino un arma que puede distorsionar la realidad. A través de eufemismos, simplificaciones y repetición de consignas, los actores políticos logran que ideas complejas o controvertidas parezcan aceptables o inevitables. Por ejemplo, términos como «daños colaterales» en lugar de «muertes civiles» o «ajustes económicos» en vez de «recortes sociales» suavizan la percepción de hechos crudos, deshumanizando sus consecuencias. Esta práctica, no es nueva; desde las propagandas de regímenes totalitarios hasta los discursos modernos, el lenguaje se moldea para generar aceptación o resignación en la población. La manipulación semántica actúa como un filtro que distorsiona la verdad, haciendo que las decisiones políticas, incluso las más perjudiciales, sean más fáciles de aceptar.

Además, el uso de narrativas polarizadas es otra táctica recurrente. El lenguaje político a menudo divide a la sociedad en bandos opuestos: «nosotros» contra «ellos», «patriotas» contra «traidores». Esta dicotomía simplifica debates complejos y fomenta la lealtad ciega hacia un grupo o ideología, desalentando el pensamiento crítico. Como lo citan los autores anteriores, se puede inferir que esta estrategia busca desviar la atención de problemas estructurales, centrándose en conflictos emocionales o identitarios. Por ejemplo, durante campañas electorales, los políticos suelen emplear eslóganes que apelan a emociones básicas como el miedo o la esperanza, en lugar de ofrecer propuestas concretas. Frases como «juntos por el cambio» o «recuperemos nuestra grandeza» son vagas, pero efectivas para movilizar a las masas sin comprometerse con detalles específicos.

Otro aspecto crucial es la repetición y el control de los medios de comunicación. La reiteración constante de ciertas palabras o ideas, como se analiza en el contexto del «terrorismo semántico», crea una verdad aparente que se arraiga en el inconsciente colectivo. En la era digital, las redes sociales y plataformas como YouTube amplifican este fenómeno, permitiendo que los mensajes políticos se propaguen rápidamente.

Concluimos que la manipulación del lenguaje político es una herramienta de dominación que opera al distorsionar la percepción de la realidad, polarizar a la sociedad y consolidar narrativas que benefician a quienes detentan el poder. Como ciudadanos, es fundamental desarrollar un pensamiento crítico que nos permita cuestionar el lenguaje que consumimos. Reflexionemos sobre el poder de las palabras y asumamos un rol activo en la deconstrucción de las narrativas manipuladoras. Solo a través de la conciencia crítica y la educación podemos resistir el «terrorismo semántico» y construir una sociedad más informada y libre.


1 El terrorismo semántico se refiere al uso estratégico y deliberado del lenguaje para distorsionar la realidad, manipular percepciones y consolidar el poder, mediante tácticas como eufemismos, polarización, repetición de consignas y creación de narrativas emocionales. Este fenómeno busca controlar el imaginario colectivo, legitimar acciones políticas o violentas, y suprimir el pensamiento crítico, a menudo en contextos de propaganda, discursos políticos

2 Se refiere al pensamiento, las ideas o las teorías del intelectual marxista italiano Antonio Gramsci. Sus conceptos clave incluyen la hegemonía cultural (la capacidad de una clase de dominar a otras a través del consentimiento cultural y no solo por la fuerza)

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